martes, 23 de diciembre de 2014

Crónicas de un amor platónico (Parte 15)


Durante los siguientes meses no hablamos de otra cosa que no sea de la esperada excursión que nos toca: la famosa acampada durante tres días que vamos a hacer a finales de primavera. Después de toda la información que nos da el profesor responsable de la misma, nos enteramos de que tenemos que llevar todos los elementos necesarios para estar fuera de casa un par de días: esto incluye el pijama, cepillo de dientes, varias mudas de ropa cómoda y deportiva como chándal y camisas ligeras, todo lo básico para la higiene personal, y lo más importante: un saco de dormir.

Esta salida extraescolar en realidad se trata de la organización para ir a un "Aula en la naturaleza": una casa con todas las instalaciones necesarias para una correcta convivencia, y la cual se sitúa en medio del propio entorno natural, donde podemos aprender directamente de la naturaleza. Sin embargo, y para abreviarlo coloquialmente, nosotros lo llamamos "acampada".

Por supuesto para nosotros, y más especialmente para mi, es algo inédito, una experiencia total y completamente nueva. Es cierto que otras veces he salido de acampada con mis padres y hermanos, con mi familia...pero nunca antes con el centro escolar o con mis compañeros de clase. En ese sentido me siento un poco nervioso, al saber que voy a estar con mis amigos y amigas conviviendo juntos las veinticuatro horas del día. Por una parte me hace mucha ilusión, ya que podremos hablar y reír todo el día de paridas y chistes que solo nosotros entendemos, pero por otra me preocupan mis modales de convivencia.

Una de las preguntas que más se hacen es quién va a dormir con quién en las literas, y de si alguien ronca demasiado como para despertar a los demás. Yo no sé si ronco o no, porque nunca me oigo roncar cuando duermo, y tampoco le he preguntado a nadie si lo hago. Lo que sí está claro es que, si roncara y despertara a todo el mundo, me daría mucha vergüenza. Pero es un riesgo que inevitablemente debo enfrentar, lo quiera o no.

De esta forma, pasados los meses, me sorprendo al dejar mi maleta en el compartimento inferior e ir subiendo ya en el autobús, junto con el resto de los compañeros de mi clase. El tiempo pasa tan rápido que, antes de entrar en el vehículo, me doy la vuelta un momento para mirar atrás. La visión del instituto y de los padres que aguardan la partida de sus hijos en las proximidades es lo último que veo antes de volver a girar sobre mí mismo, y finalmente entrar en el medio de transporte.

Por fin, nuestro viaje ha comenzado.

Como de costumbre, suelo sentarme con Laura, quien ya se ha convertido en mi compañera de autobús particular. Al principio me duermo un poco, porque la pasada noche estaba tan nervioso que no podía conciliar el sueño, pero gracias a las ocasionales ocurrencias de Laura consigo despertar algo y mantenerme desvelado. Por si eso fuera poco, en el último tramo del camino donde nos deja el vehículo tenemos que ir a pie, y patearnos la montaña hasta la casa de acampada.

Durante el largo tramo de tres horas que nos lleva por en medio del bosque, paramos a descansar en dos ocasiones para beber agua. En una de ellas Érika, a quien a veces miro disimuladamente cuando ella va por delante y permanezco cerca de su grupo, se le ocurre la idea de hacerse una foto con sus amigos. Para ello me pide que haga de fotógrafo e inmortalice dicho momento, a lo cual accedo encantado y con mucho gusto.

El resto del camino lo dedicamos a continuar caminando, cagándonos en todo lo que se menea a cada paso que damos, y deseando ver la susodicha casa de una vez por todas. Algunos grupos de alumnos se adelantan y llegan antes que nosotros, a quienes perdemos de vista, mientras seguimos andando a nuestro ritmo. Esos son los que tienen una tremenda fuerza y energía, capaz de aguantar durante horas caminando sin parar.

Yo también podría estar quizá ahora mismo en el campamento, ya que tengo resistencia y aún me siento con suficientes fuerzas para ir más rápido, pero prefiero quedarme con el grupo de Érika, a pesar de que vayamos a menor ritmo. Su sola presencia es razón de más para quedarme con ella, sin importarme llegar antes o después al punto de destino, y procuro disfrutar del viaje estando a su vera.

Finalmente, y cuando ya creíamos que nunca encontraríamos la maldita casa, al terminar de subir una cuesta y ver a lo lejos unas instalaciones humanas, una tremenda sonrisa inconsciente se dibuja en nuestros rostros. Tras oír a alguien exclamar eufórico y señalando el campamento, de repente todos sacamos las fuerzas que hasta ese momento teníamos misteriosamente escondidas, y corremos como locos hacia la casa. Aquello es para nosotros como nuestro oasis en medio del desierto.

Somos los últimos en llegar, pero no nos importa. Enseguida bebemos de nuevo agua, como plantas sedientas que buscan la fuente de la vida, y nos sentamos a descansar, agotados y exhaustos por el largo camino recorrido.

Yo también estoy agotado, hay que decirlo, pero no me importa. Estar junto a Érika vaya a donde vaya para mí vale más que cualquier atajo rápido del mundo, y estoy dispuesto a seguir su ritmo sin importar el tiempo que tarde de más.

Pasar el tiempo con ella me anima, pero eso no es ni mucho menos lo más increíble que me pasa en la acampada. Todavía nos quedan tres memorables e inolvidables días de convivencia.

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