sábado, 25 de abril de 2015

Crónicas de un amor platónico (parte 25)


En todo amor platónico llega una etapa en la que el sentimiento de amor propiamente dicho se debilita, se reduce, cae hasta un nivel tan bajo que uno al principio no imagina que fuera a estar así. Ese decrecimiento surge cuando la persona enamorada por fin se da cuenta de que las cosas en realidad no son y nunca fueron tal y como las imaginaba. Se topa de frente con la triste y cruda realidad, descubre evidencias que demuestran lo contrario a todo lo que pensaba, y asimila de una vez que ya va siendo hora de dejar de soñar despierto, fantaseando con sueños infantiles.

Es a partir de esa etapa cuando, por primera vez, se debilita el amor platónico. En ocasiones cayendo poco a poco, y otras directo en picado y sin remedio.

En esa misma etapa me encuentro yo ahora, durante mis dos años como estudiante de Bachillerato. Estoy en pleno auge de trabajos, tareas, deberes y demás quehaceres propios de un estudiante de cursos superiores. Los profesores no hacen más que hablarnos de la dichosa PAU, de repetirnos lo importante que es para nuestro futuro profesional y laboral, y de mandarnos montones de tareas y deberes para hacer, por no hablar por supuesto de los también molestos exámenes. Entre una cosa y otra lo cierto es que últimamente no tengo tiempo para relajarme. Siempre hay algo que hacer, siempre hay algo que adelantar, siempre hay algo que estudiar...y estoy empezando a agobiarme un poco. Algo que no quería desde un principio.

Tengo la mente y la cabeza tan ocupadas en los estudios que noto ya no pienso tanto en Érika. Ni siquiera me acuerdo de mirarla cada vez que ella pasa o la veo de casualidad por los pasillos. A veces incluso ella misma me saluda y tardo un poco en reaccionar, pero porque no me doy cuenta de que está ahí, no noto su presencia hasta que me habla. Me da vergüenza pensar en lo maleducado que soy a veces si me dirige la palabra y no le respondo, ignorándola por completo, pero porque estoy concentrado pensando en otra cosa. Me sorprende el tremendo cambio radical de intensidad de mis sentimientos por ella, hasta hace unos pocos años tan alto que parecía no tener límites, pero ahora tan bajo que ya hasta incluso me da igual lo que haga o deje de hacer, como si no me importara.

Ya no me preocupo por arreglarme ni de ponerme guapo cuando sé que voy a pasar delante de ella, porque en realidad me da igual lo que piense. Después de tantos años por fin he llegado a la conclusión de que, para Érika, solo he sido siempre otro compañero de clase más, alguien normal y corriente, uno más del montón. Lo sé porque nunca ha pretendido dar un paso más allá, nunca ha intentado referirse a mí como algo más que un compañero, y desde luego tampoco algo más que un amigo. Porque eso es lo que somos y hemos sido siempre: simples compañeros de clase.

Me doy cuenta de pequeños detalles de los que antes no era consciente por mi amor cegado, y son los que finalmente me hacen abrir los ojos a la realidad. Ahora que ya no soy un crío ni tampoco un niño ingenuo, asimilo por fin lo evidente: que yo no le gusto a Érika. Y si alguna vez le gusté, ahora ya ha dejado de hacerlo. Ella también ha crecido, también ha madurado. Ya no es una niña sino toda una mujer. Y yo personalmente la considero madura para su edad.

Siempre he pensado en la posibilidad de que le gustara a Érika, pero eso lo hacía cuando era más pequeño, más inocente y más ingenuo. Cuando todavía creía en el amor platónico. Sin embargo, ahora que se ha enfriado tanto y ha dejado de ser como antes, mis sentimientos también se han debilitado, también han caído. Ahora que he visto la realidad y he descubierto lo que hay, ya no estoy tan enamorado como antes, ya no me importa que Érika me mire o no. Porque a decir verdad, ¿Por qué iba ella a fijarse en mí?

Con este pensamiento en mente me desmotivo y entristezco un poco, supongo que decepcionado por bajar de las nubes. Trato de mirar el lado positivo, que consiste en que éste es el primer paso para olvidar lo que una vez sentí por Érika. Me alegro porque ya por fin puedo decir adiós a este maldito amor platónico, que no va a ninguna parte y con el que llevo cargando más de siete años. Lo cierto es que estoy deseando olvidarme ya de Érika.

Y mientras mantengo la cabeza fría ocupada con mis estudios, por fin llega el inevitable día para el que hemos estado preparándonos: la prueba de acceso a la universidad.

viernes, 10 de abril de 2015

Crónicas de un amor platónico (parte 24)



Los dos años de Bachillerato transcurren sin ningún tipo de momento o acontecimiento importante que destacar, salvo claro está los mismos estudios. Y resulta que es ahora cuando me doy cuenta de lo realmente importante que significa esta etapa para todas nosotras y nosotros, al contar con los estudios superiores pos obligatorios. Es ahora cuando de verdad siento la presión que supone estudiar en cursos avanzados, así como también la de prepararse para entrar en la universidad, objetivo hacia el que nos dirigimos la gran mayoría del alumnado.

Y hacia ese mismo fin también nos dirigen los profesores, quienes nos meten literalmente caña y nos ponen las pilas, mandándonos el doble de trabajo y el doble de esfuerzo. Lo noto principalmente en los ejercicios y los deberes, en las propuestas de trabajo y los seguimientos, en la cantidad de información y actividades específicas, en los exámenes y las pruebas de evaluación, y sobretodo en la repetida pronunciación de una palabra que de tanto oírla me tiene incluso hasta las mismísimas narices.

Sí. Todos los profesores y profesoras coinciden en la siempre cansina repetición de la existencia y próxima  cercanía de un monstruo llamado "PAU" (Prueba de Acceso a la Universidad), al cual nos preparan para enfrentarnos en menos de un año.

A pesar de que soy perfectamente consciente de que superar la PAU con una nota u otra cambiará mis posibilidades de estudios universitarios, lo cierto es que a diferencia de mis compañeros y compañeras, a mí no me asusta en absoluto. Mientras que los demás ya tienen claro lo que quieren estudiar y saben la nota mínima que deben alcanzar, yo por mi parte intento estudiar con tranquilidad y sin esforzarme demasiadas horas. Más o menos las mismas que dedicaba en la ESO, quizá un poco más o un poco menos, dependiendo de la ocasión y del examen en particular.
Como yo no tengo claro lo que voy a estudiar ni a qué me gustaría dedicarme, yo sigo estudiando a mi ritmo, sin prisa pero sin pausa, y sigo obteniendo las mismas notas que antes.

Mi plan es estudiar en la universidad una carrera a la que pueda aspirar con mi nota final obtenida en la PAU. Así de fácil y sencillo, sin complicarme la vida.

Y mientras sigo estudiando en un intento de tranquilidad, aunque desde luego más agobiado y con más presión que en la ESO, noto algo que me sorprende: que últimamente ya no pienso tanto en Érika. Pienso que debe de ser por los estudios, ya que al tener la cabeza ocupada de lleno en algo, apenas recuerdo pensar en ella. En cierta parte me parece bueno, porque al menos no sufro tanto pensando en lo poco que la veo, pero por otro lado también me resulta malo, ya que esto podría suponer el comienzo de olvidarme de ella, y quizá para siempre.

Sin embargo, algunas de las personas a las que hace años confesé mi amor por Érika todavía recuerdan las sinceras palabras de mi amor platónico. Y lo sé porque más de una me pregunta, si surge el típico tema de las relaciones de pareja años después, que si sigo enamorado de ella. A la gran mayoría les respondo con un rotundo no, afirmando que eso es cosa del pasado y que ya está olvidado, con la esperanza de que cierren el tema y me dejen de una vez en paz. Lo cierto es que no tengo ganas de seguir contando mi secreto a nadie, y por eso trato de cerrar el rumor vicioso para ir ganando fama de otra vez soltero y sin intenciones de compañía platónica.

No obstante, una de esas personas con las que tiempo atrás tuve más confianza, le respondo afirmativamente con un sí, declarando que aún estoy enamorado de ella. La pregunta que me hace a continuación, tras hacer cálculos y decirme que llevo ya más de siete años enamorado de la misma persona, me trastoca y me deja de pronto asombrado.

"¿Te gustaría tener hijos con ella?"

La pregunta me pilla por sorpresa, e inmediatamente respondo con una evasiva, mostrando aparente indiferencia. La verdad es que hasta ese momento nunca me he planteado la cuestión de un posible futuro con Érika, y mucho menos el de formar una familia con ella. A primera vista me parece un interrogante tan lejano que pienso todavía está a años luz, y que por supuesto tardará mucho en llegar. Aún soy demasiado joven para eso, y es algo de lo que desde luego todavía no debería preocuparme.
Además, como ahora mismo no estoy pensando tanto en Érika y no la veo igual que antes, en realidad la idea me echa un poco para detrás. Pienso que no es el momento de pensar en eso, y que ahora tengo otros asuntos mucho más importantes que tratar, como el terminar mis estudios. Y eso es en lo que debo concentrarme ahora.

Sin embargo, en el preciso momento en que esa persona me hace la pregunta, no puedo evitar imaginarme por un instante la situación, y de pensar a continuación con lógica en mi cabeza:

"¿Érika, la madre de mis hijos? ¿Pero qué disparate es ése?"

jueves, 2 de abril de 2015

Crónicas de un amor platónico (parte 23)


Me resulta raro, después de estos últimos tres años juntos en la misma clase durante la ESO, que ahora vuelva a estar separado de Érika. Esta sensación es muy parecida a la que viví en el primer año de instituto, cuando llegué por primera vez al centro. Por aquel entonces no conocía a nadie salvo a mis antiguos compañeros y compañeras del colegio, a los cuales echaba mucho de menos. Pero ahora es muy distinto. Ahora ya no me preocupa no conocer a nadie, porque ya los conozco a prácticamente todos, al menos de vista. Y también porque todavía cuento con la amistad incondicional de mis amigas Laura y Mandy, desde el primer año hasta ahora. Sé que no estoy solo, y por eso ya no tengo miedo...porque cuento con buenos amigos que me apoyan.

Sin embargo, y por mucho que me lo paso bien en compañía de Mandy y Laura, en el fondo no puedo evitar sentir un poco de tristeza, cada vez que giro la cabeza en todas direcciones y no encuentro el rostro de esa persona especial. Siento una especie de vacío, un hueco libre y reservado para una única persona, que estoy seguro ninguna otra podrá llenar. Ese vacío lo noto cuando, estando en clase, no oigo la voz de Érika hablando con el de al lado, no la veo sentada en una de los asientos de primera fila, o simplemente no detecto su presencia dentro del mismo aula. Porque para alguien como yo, que siempre se ha fijado en ella, enseguida sabe cuándo esa persona en concreto no está.

Por eso, cada vez que la encuentro en los pasillos o la veo pasar por fuera de la ventana, mis ojos la buscan, y cuando la encuentran se mantienen quietos fijados en ella, disfrutando de cada segundo que la contemplan. Trato de permanecer detenido e inmóvil como una estatua congelada, esperando con paciencia la pequeña posibilidad de que Érika también me mire y se fije en mí. A veces nuestros ojos no coinciden, pero cuando lo hacen ambos nos quedamos mirándonos fijamente, durante unos pocos segundos, hasta que ella sigue caminando y desaparece, cortando la comunicación visual.

Esos breves instantes en que nuestras miradas se cruzan y permanecen conectadas, sin saludarnos ni decirnos nada, son para mí valiosos momentos que no cambiaría por nada en el mundo.

Nunca hubiera imaginado, si antes en la ESO solo nos separábamos una o dos horas a la semana por dos asignaturas opcionales, que ahora solo nos veríamos una o dos horas a la semana, en una única clase que los dos elegimos como opcional y en la que casualmente coincidimos: Acondicionamiento Físico. En esta asignatura propia y exclusiva de Bachillerato, continuación de la ya desde siempre mítica e insustituible Educación Física, ambos coincidimos en actividades propias como el calentar, correr, trotar y nadar. Bastante parecido a cómo lo hacíamos en el colegio y en la secundaria, a los dos nos toca competir nuevamente en diversas actividades, además de participar en otras más tranquilas y relajadas.

En una de ellas tenemos que correr un kilómetro tan rápido como podemos y en el menor tiempo posible, en una avenida fuera del centro escolar. Cuando todos salimos disparados de la línea de salida, y los chicos y chicas en mejor forma física se adelantan hasta desaparecer en la lejanía, yo mantengo un ritmo considerable durante todo el trayecto, procurando no correr muy rápido y siempre pendiente mirando atrás a Érika. Ella va a un ritmo muy lento, y se le nota por la expresión del rostro y su respiración agitada y entrecortada que no puede ir más ligera.
Cuando, pasado más de la mitad del recorrido y casi a punto de llegar al final, la veo pararse de pronto y sentarse en un banco cercano, jadeando y con una mano en el pecho, yo también decido parar de repente y volver atrás, a su encuentro. Cuando me siento a su lado y le pregunto si está bien, ella me mira sorprendida, pero sin sonreírme dice que está cansada y a continuación me da las gracias, antes de volver a levantarse y continuar andando los pocos metros que faltan para llegar a la línea de meta. La acompaño y juntos caminamos en silencio, sin decirnos nada. La noto seria, quizá debido al cansancio o quizá debido a mi compañía.

En otra ocasión, estando sentados toda la clase en círculo en el pabellón, uno de los chicos sentados al lado de Érika bromea con ella diciendo que es su novia, y la rodea con un brazo por encima de los hombros al mismo tiempo que se ríe. La chica no está de buen humor y enseguida le quita el brazo de encima, mientras el resto de la clase somos testigos de la conversación que mantienen en voz alta y prestamos atención a lo que sucede en esa esquina. Érika y yo cruzamos en ese momento por un segundo nuestros ojos, y enseguida desviamos rápidamente nuestras miradas, en esa ocasión incapaces de mantener el contacto visual.

De esa forma, y a partir de entonces durante los dos cursos de Bachillerato, noto de repente una terrible y desagradable sorpresa, algo que nunca había sucedido antes: que Érika parece haberse enfadado conmigo. Lo sé porque la noto más seria, más fría y más distante, y ya no me saluda tan a menudo como solíamos hacerlo antes. En lugar de eso ahora va más directa a su trabajo, se concentra en lo que hay que hacer y trata de cumplirlo cuanto antes, sin demora. Si antes la consideraba una estudiante ejemplar, ahora la veo metida de lleno en su trabajo y de una forma quizá más obligada de la que debería. Me pregunto si no será por sus notas y calificaciones, las cuales trata de mejorar para obtener un mejor expediente académico. Sería lo más lógico, teniendo en cuenta que tenemos la prueba de acceso a la universidad a la vuelta de la esquina.

En sus relaciones la sigo viendo igual a como siempre, rodeada de sus amigas y amigos y ahora saliendo del instituto en los recreos a comprar comida con ellos (lujo que tenemos únicamente los de Bachillerato). Todo sigue aparentemente igual.

Sin embargo, sigo teniendo la sensación de que algo no cuadra, de que algo no marcha bien. Quizá sea por los cambios de la edad, o tal vez por la madurez personal ante la visión de estar ya en los estudios superiores de la universidad, pero lo cierto es que ella, y en general creo que todos nosotros, estamos cambiando, estamos madurando.

Y lo que más me preocupa es tener la impresión de que cada día se aleje más de mí, como si me evitara o no quisiera verme, como si estuviera enfadada conmigo. Puede que quizá esté así con todo el mundo, o tal vez solo conmigo, pero la verdad es que me entristece ver lo fría que está ahora nuestra relación como compañeros de clase, muy distinta a la de hace tan solo unos pocos años.

Porque estoy seguro, por mi parte, de que yo no le he hecho nada, y tampoco se me ocurriría jamás hacerlo.

sábado, 21 de marzo de 2015

Crónicas de un amor platónico (parte 22)


Me siento un poco raro al empezar el nuevo curso pos obligatorio de Bachillerato, y no solo por la idea asimilada de que ya no somos críos adolescentes, sino por el hecho de haber empezado a elegir ya cada uno su propio camino académico. Atrás ha quedado la enseñanza secundaria obligatoria, el estudiar de forma casi obligada por los padres, y el de éstos de preocuparse porque su niña o niño no lleve los deberes hechos al aula. A poco más de dos años para ser ya adultos y mayores de edad, ahora somos nosotros los que debemos cargar con la responsabilidad de seguir estudiando y formándonos como personas, asumiendo a partir de ahora nuestros deberes y las consecuencias de nuestros actos.

Noto sobretodo la diferencia en las clases. Ahora, los mismos profesores que nos enseñaron en años anteriores ya no nos tratan como niños, sino como adultos. Ya no están pendientes y encima de nosotros como solían hacerlo antes, sino que nos advierten de no relajarnos demasiado y tampoco de bajar la guardia. La gran mayoría de docentes nos habla de nuestro próximo objetivo, para el cual debemos prepararnos y estudiar a fondo: la prueba de acceso a la universidad. Nos explican también la importancia de estudiar y de dar lo mejor de nosotros en esta nueva etapa, con buenas calificaciones, porque de ellas dependerá luego la nota final de dicha prueba (PAU, para abreviar), y que inevitablemente influirá en si se nos abrirán o no las puertas para estudiar lo que queramos en la universidad.

Todos mis amigos y compañeros de clase compartimos ese objetivo, al menos la gran mayoría que desea estudiar en la universidad. Muchos de ellos y ellas ya tienen claro lo que quieren hacer con sus vidas, lo que desean estudiar y a qué les gustaría dedicarse para su futuro laboral y profesional. Mandy, por ejemplo, quiere estudiar Bellas Artes, mientras que Laura Ingeniería Informática. Otros tantos conocidos profesiones relacionadas con el campo de la salud, como Farmacia, Veterinaria o Medicina, mientras que unos pocos prefieren tirar por Filología, Historia, Física, Matemáticas o ADE (administración y dirección de empresas). Me entero de todas estas cosas al preguntarlas y oírlas de mis compañeros, pero lo cierto es que cuando ellos me preguntan a mí les digo que aún estoy indeciso.

Porque todavía no sé qué quiero estudiar en la universidad.

Personalmente tengo claro que quiero hacer estudios superiores universitarios, pero como aún no sé el qué, estoy indeciso. Siempre me han encantado los animales, y recuerdo que de pequeño quería ser veterinario, pero luego de darme cuenta de que para eso necesito estudiar por ciencias, cosa que desde luego no hago, pues al final acabo descartándolo. Necesito pensar en otra cosa, otra alternativa que me guste y con la que me sienta cómodo, disponible claro está desde la rama de conocimiento de Humanidades y Ciencias Sociales. Pero como sigo pensando y no se me ocurre ninguna, al final me canso y llego a la conclusión de que, según la nota que obtenga en Bachillerato y en la PAU, estudio una de las carreras disponibles que se ajusten a mi calificación final.

Con ese pensamiento en mente, dejo de amargarme la vida y sigo estudiando con total normalidad, con un ritmo similar al que llevaba en la ESO. Trato de esforzarme un poco más teniendo en cuenta que estos son mis dos últimos años de instituto, y que de ellos seguramente dependerá mi futuro profesional. Pero para no volverme loco me tomo la vida con calma, hago lo que tengo que hacer y estudio lo que tengo que estudiar. De esa forma no me estreso y puedo disfrutar del presente.

En cuanto a mis compañeros de este nuevo curso, me entristece un poco separarme de Laura, que este año se va por ciencias, de la misma forma que Érika, también por la misma rama. Resulta curioso cómo, a diferencia del primer año del instituto, en esta ocasión no me siento tan triste por la separación de la que es y sigue siendo la persona especial para mí. Aquella vez era un niño que trataba de estar desesperadamente cerca de su amor platónico, pero ahora que he madurado y me he hecho mayor, me doy cuenta de que ya no necesito hacerlo, ya no necesito estar cerca de Érika para sentirme mejor. En lugar de eso ahora me conformo con verla por los pasillos o a la entrada y salida de la jornada escolar, donde a veces nos vemos y seguimos saludándonos. Lo bueno de ambos es que nunca perdemos las viejas costumbres,

Pero aún así, y a pesar de no sufrir tanto como antes, esta situación me recuerda inevitablemente a aquel primer año, en el que los dos salimos del colegio y llegamos por primera vez al instituto. Pensar ahora que ya hemos acabado la ESO y estamos haciendo el Bachillerato me hace ver, totalmente asombrado, lo rápido que pasa el tiempo. Y lo compruebo cuando, estando en los recreos todavía con Laura y Mandy y mis demás amigas, veo pasar a los niños nuevos de primer año, algunos con la misma cara de asombro e inseguridad de quien acaba de llegar nuevo a un lugar. A menudo me veo reflejado tanto a mi como a mis amigos en esas niñas y en esos niños, cuando teníamos su edad y nos conocimos por primera vez.

Era el primer año, el mismo en el que empezamos a hablar y a trabar amistades. Y ya han pasado más de cuatro desde entonces.

Ahora me doy cuenta de que somos los abuelos, los mayores del instituto. Un profesor nos lo dice en el aula con una sonrisa, el mismo que nos dio clase desde 1º de la ESO hasta ahora, y nos explica que como tales debemos dar un buen ejemplo a los más pequeños y recién llegados. Después de todo, ya casi somos adultos, y estamos a punto de abandonar el centro para seguir estudiando en la universidad o, en otros casos, empezar a trabajar en el mundo laboral.

Y mientras pasamos por esta nueva y decisiva etapa final, no dejo de preguntarme qué es lo que le gustaría estudiar a Érika en la universidad.

domingo, 15 de marzo de 2015

Crónicas de un amor platónico (parte 21)


Durante muchos años siempre he pensado en decirle a Érika todo lo que siento por ella. Desde el último año del colegio y el primero del instituto, no he dejado de darle vueltas a la cabeza sobre cuándo podría ser el mejor momento, si ahora o quizá dentro de un tiempo. Pienso en ambas opciones, en sus resultados, y sobretodo en sus consecuencias.

Si le dijera ahora que me gusta y estoy enamorado de ella, corro el riesgo de que me rechace. Y lo peor de todo no es el resultado, cuyo fatal desenlace ya lo tengo asimilado, sino el hecho de luego seguir viéndola, continuamente de lunes a viernes por la mañana. Lo cierto es que, de salir mal y seguir siendo compañeros de clase, me daría mucha vergüenza encontrarla en los pasillos, en los recreos o en las propias aulas. Creo que incluso no podría mirarla a la cara, de lo avergonzado que estaría.

Por eso, y para evitar situaciones incómodas y desagradables, prefiero no decirle nada, al menos por ahora. Después de mucho pensarlo, al final creo que el mejor momento es aquel en el que se separen nuestros caminos, aquel que suponga dejar de vernos diariamente, y que  signifique el final de nuestra relación escolar. Llego a la conclusión de que ése es el mejor momento, porque si me acepta supongo que tendríamos un final feliz, y si me rechaza al menos dejaría de verla todos los días, y no sufriría por ello cada vez que la viera.

Y, por supuesto, el mejor momento ideal para una declaración de amor es, sin duda, durante la graduación.

Así pasan los meses, y cuando por fin me doy cuenta, ya estamos en la fiesta de graduación del instituto. Tras cuatro años de estudio de la enseñanza secundaria obligatoria, finalmente completamos la etapa estudiantil necesaria para todos los jóvenes. Y como no podía ser de otra forma, lo celebramos en un acto formal ceremonial en el hall del instituto, al que los miembros de todas nuestras familias están claramente invitados.

Sentado en una de las sillas situadas en medio del recinto, luzco mi traje formal de camisa de botones azules, con corbata azul marino y pantalones de vestir también del mismo tono. Llevo además una chaqueta oscura, que refuerza la importancia del ir bien vestido para una ocasión especial. A ambos lados, e igualmente por delante y por detrás, estoy rodeado de todos mis compañeros y compañeras de clase, de todos los cursos de mi generación, sentados cada uno en su silla. Todos los chicos lucen chaqueta y corbata, y todas las chicas preciosos vestidos de gala de diferentes colores. En general todos estamos guapos y guapas, y así nos lo dicen nuestros profesores, que sonríen al vernos tan bien vestidos. Lo cierto es que ya parecemos personas adultas.

Por supuesto, Laura y Mandy también lucen muy elegantes con sus vestidos, al igual que Érika, de la que me quedo prendado y con la mirada boba y perdida al verla la primera vez. Se me hace raro verla vestida así porque no estoy acostumbrado, y aunque oigo en un par de ocasiones comentarios negativos o de desagrado sobre su traje, a mí me parece perfecta tal cual está. Creo que es preciosa.

Bajo la atenta mirada de nuestros compañeros, de nuestros profesores y de nuestros padres, que sonríen con orgullo, subimos uno a uno a recoger el título y el diploma del graduado. Recibimos no solo la felicitación de nuestros tutores y del director del centro, sino también un cálido y emotivo abrazo por parte de ambos. En medio de los vítores y de los aplausos de la multitud, más de uno llora, incapaz de contener tanta alegría en un día tan especial.

Y como música de fondo, para añadir la guinda al pastel, otros jóvenes estudiantes del centro tocan con flauta el tema musical de Elton John, "Can you feel the love tonigh", tema mítico y honorífico de una de las grandes películas de mi infancia: El Rey León.

Son muchas las emociones que se viven en este día, pero una de ellas en concreto es la que más me asalta: ¿Debería decírselo ya a Érika? Lo pienso en el momento en que se acerca a mí y me felicita con dos besos en las mejillas, diciéndome además lo guapo que estoy con mi chaqueta y traje de corbata, y sonriendo como solo ella sabe hacer. Yo le devuelvo el cumplido con mi mejor sonrisa, y cuando me pregunta por qué rama de conocimiento seguiré estudiando el año que viene, entonces tengo la respuesta clara.

Decido no decírselo todavía.

Porque, tal y como compruebo el siguiente año, los dos aún seguimos estudiando en el mismo centro. Pero eso sí, por ramas separadas: ella estudia por el Bachillerato de Ciencias, y yo por el Bachillerato de Humanidades o letras.

Lo cual significa, claro está, que Érika y yo volvemos a separarnos otra vez.

sábado, 7 de marzo de 2015

El blog cumple 3 años + disculpas atrasadas


¡Hola, bloggers! Sí, lo sé. han pasado ya dos semanas desde la última vez que publiqué algo, y que tal abandono por mi parte sin avisar ni nada no tiene perdón.

El motivo de la entrada de hoy es que, como bien habréis leído más arriba, el website cumple hoy 3 añitos. Una cifra corrientemente normal para la edad de un blog, pero que nunca está de más celebrarla. Tal día como hoy hace tres años, después de varios días anteriores retocando los escritos, por fin me decidí a crear un website para mi pequeño fanfiction, donde publiqué los tres primeros capítulos seguidos uno detrás de otro.

Tres años después desde entonces, y con la historia ya acabada, en realidad ahora el blog ya no tiene mucho sentido, puesto que para lo que fue creado ya está cumplido. Sin embargo, y como menciono en anteriores entradas, ahora me he propuesto continuar el fanfic haciendo una secuela, así que supongo que tampoco lo he dejado del todo, al menos por el momento.

No es para nadie ningún secreto decir que soy un estudiante universitario en su último año de carrera, y que como tal debe cumplir una serie de responsabilidades académicas que ponen en juego sus propios estudios, durante la recta final. Esto se traduce como una "época de estrés y agobio nunca antes vista", para que os hagáis una idea.

En mi caso particular, lo cierto es que cuento con alrededor de entre 8 - 10 horas diarias de trabajo, sumando aparte el tiempo que pierdo de transporte o los pequeños recados de compra o taxista que me toca hacer cuando no puede nadie más (entre 1 - 2 horas). Mientras que por las mañanas me voy al colegio como profesor de prácticas, por las tardes o voy a la escuela de idiomas (sí, por el inglés) o a hacer deporte.de arte marcial.
Si a todo lo demás le sumamos igualmente las reuniones que tengo en los seminarios con los profes (de obligada asistencia) algunas tardes, el desarrollo y la escritura de tres informes gigantes sobre las prácticas, o el mismísimo trabajo de fin de carrera que tengo que terminar para mayo, lo cierto es que el tiempo de ocio y relax se me disminuye en apenas unas 2 - 3 horas diarias, como mucho.

Como podéis imaginar, y después de hacer algunas de esas labores todas juntas y en un solo día, cuando llego a mi casa a veces por la noche se me quitan las ganas de hacer nada. Muchas veces incluso solo miro el correo y leo algunas novedades rápidas, antes de volver a apagar el pc e irme a dormir a la cama.

Esta es la rutina que llevo últimamente estas semanas, y por desgracia también la que llevaré durante los próximos meses, antes del verano. Se acerca la peor tormenta jamás conocida que he vivido como estudiante en toda mi vida.

Es por eso que me gustaría pediros disculpas por no habéroslo dicho antes, pero entre una cosa y otra siempre acababa olvidándome de hacerlo.

Yo por mi parte tampoco he perdido el tiempo, en las escasas horas libres de relax que tengo, y las he aprovechado de la mejor manera posible: escribiendo los capítulos de la secuela. Como buena noticia de este entrada, al menos puedo deciros que ya llevo los dos primeros capítulos escritos (los correspondientes a Enero y Febrero), y que a mi parecer son mucho mejores que los dos primeros de FF: MP. Intentaré seguir haciéndolo poco a poco y a este ritmo, porque llevan su trabajo redactarlos, y porque presiento que la secuela va a ser mejor que la primera (eso es lo que me anima y motiva).

Como resumen a todo lo contado en esta entrada, os aviso de que a partir de ahora no podré actualizar mucho el website, y que también intentaré esforzarme para tratar de seguir publicando las crónicas, que son mi principal objetivo ahora además de los capítulos. Me encuentro ahora en la recta final de la carrera universitaria, y por ello os pido paciencia para soportar la espera.

Gracias a todos  por vuestra comprensión y... ¡nos leemos en la próxima entrada! ;D

sábado, 21 de febrero de 2015

Crónicas de un amor platónico (parte 20)


¿Es verdad eso de que los sueños, si crees en ellos, tarde o temprano se cumplen? ¿Realmente pueden hacerse realidad?

Siempre he creído, a lo largo de toda mi vida, que los sueños existen para cumplirse, y lo más importante para que esto suceda es tener el valor de atreverse a hacerlos, además de no perder nunca la esperanza. Porque si esto último se pierde, los sueños también mueren con ella, por mucho valor que uno tenga.

Cierto día en clase, en una hora libre en la que nos aburrimos y no sabemos qué hacer o de qué hablar, a Laura se le ocurre la idea de invitarme a participar en el próximo baile típico de nuestra tierra, organizado por el instituto para el día especial de nuestra comunidad autónoma, que se celebra muy pronto. La verdad es que al principio no me agrada la idea, pero luego de contarme que andan escasos de bailarines y que necesitan más chicos varones para emparejarlos con la tremenda cantidad de chicas que participan, pues al final me decido a apuntarme.
Laura lleva ya un tiempo en el grupo de baile, así que como ando medio perdido y tampoco es que sea un buen bailarín, pues bromeo diciéndole que ojalá me toque con ella, que es amiga mía, antes que bailar con cualquier otra desconocida.

Durante las primeras sesiones aprendo los pasos básicos, además de saber moverme con un mínimo de decencia, empleando para ello muchas veces las horas de descanso de los recreos. Para no llegar tarde a las sesiones incluso Laura y yo comemos rápido nuestro desayuno de media mañana, para luego ir corriendo al pabellón a ensayar. Durante esos días apenas descansamos en los recreos, pues falta muy poco tiempo para el gran día, y para lo cual Mandy también nos desea buena suerte.

Sin embargo, la verdadera sorpresa ocurre en una de esas sesiones, cuando estoy bailando y tengo como pareja a la misma profesora de educación física, que me está enseñando los nuevos pasos más difíciles. En eso que me está explicando dónde y cómo colocar los pies, de repente llega otra alumna para pedirle ayuda, ya que también tiene problemas, interrumpiéndonos a ambos. La profesora se dirige a ella y, al ver que el asunto no se resuelve con una simple respuesta, decide ayudarla igual que lo está haciendo conmigo.
Para ello me deja solo y se va con ella, indicándole a quien esa chica tiene como pareja que se venga conmigo a seguir bailando. De esa forma nos cambiamos de parejas.

Y de repente me sorprendo y quedo mudo, con el corazón latiéndome con fuerza, al descubrir en ese momento que mi nueva pareja es nada más y nada menos que Érika.

Ella se acerca y los dos nos quedamos solos, frente a frente y mientras las demás parejas siguen bailando a nuestro alrededor, hasta que por fin nos agarramos como corresponde a cada uno y empezamos a movernos. Enseguida noto que Érika sabe perfectamente los pasos de baile, al moverse con soltura, y le pido que por favor vayamos despacio, para seguirla y tratar de imitar sus pasos. Ella accede y los dos bailamos un poco más lento y despacio, enseñándome cada uno de los movimientos. Me resulta muy difícil no temblar y trato de disimularlo, a la vez que bailo, mientras me fijo en los pies de Érika y en cómo se mueven.
Me cuesta creer de verdad lo que estoy haciendo con ella.

Al acabar nos despedimos y cada uno va por su lado, aparentemente normal, cuando se acaba la sesión. Sin embargo, durante los siguientes días, me emociono al seguir teniéndola a ella como pareja, que se acerca diciéndome que la profe va a seguir ayudando a la otra chica con problemas. De esa manera acabo aprendiendo los pasos del baile con Érika, que a medida que acudo a las sesiones cada vez bailamos más rápido y lo hacemos mejor.

Y con ese mismo disimulo de estar siempre con ella, al final la profesora nos ve tantas veces juntos que decide ponernos como pareja fija para el gran día, algo en lo que Érika parece estar de acuerdo y asimila comentando con su ya típica sonrisa: "Si es que al final, después de tanto bailar juntos, tenías que ser mi pareja, ¿no?"

Sonrío de inmensa felicidad, incluso cuando llega el gran día. Me siento tan feliz que incluso soy capaz de ocultar el nerviosismo que tengo, antes de salir al escenario y de que empiece nuestro turno. Vestidos con nuestros trajes de gala típicos de nuestra tierra, para la ocasión, por fin bailamos lo ensayado delante de todo el instituto. A mi alrededor siento las cientos de miradas del resto de cursos, de los profesores, de nuestros amigos y compañeros de clase, y de nuestros padres. Incluso Laura, que está bailando con su propia pareja, y Mandy, observándonos desde el público, me miran muy asombradas por estar bailando con el que ha sido desde siempre mi amor platónico.

Al igual que cada persona debe estar pendiente de su pareja, Érika y yo también estamos pendientes el uno del otro, mirándonos y listos para realizar cada uno de los movimientos ensayados. El resultado no puede ser mejor, moviéndonos a veces juntos y a veces separados, pero en ambos casos estando en perfecta sincronización con el ritmo y los pasos al mismo tiempo. Además pienso que somos una de las parejas más observadas, no solo por nuestros trajes típicos más elaborados, sino también por nuestra danza y manera de movernos. Resaltamos con el resto de parejas presentes a nuestro alrededor.

Al acabar el baile, el público nos aplaude y grita por el espectáculo. Todos los participantes despejamos el escenario y volvemos a los baños a cambiarnos, momento en el que, estando solo, por fin sonrío de pura y auténtica felicidad. Tardo en creerme lo que acaba de pasar hasta que, ya en la salida del instituto y con ropa normal, Érika me felicita por el buen trabajo, y con la misma se despide de mí caminando hasta el coche de sus padres. La veo alejarse hasta desaparecer en la lejanía, y sonrío dulcemente con una agradable sensación de paz y bienestar, como nunca antes la he sentido.

Porque ese día, ese momento, para mí, es como un sueño hecho realidad. Porque creo haber vivido una de las fantasías infantiles con las que soñaba de pequeño, y que después de tantos años deseándolo, por fin se ha cumplido. Y gracias en gran parte a Laura, que ajeno a sí lo tenía todo planeado o no desde un principio, lo cierto es que este evento me ha hecho tan feliz que siempre lo recuerdo como uno de los momentos más felices de mi vida.

Sea o no un plan tuyo, te doy igualmente las gracias, Laura, ya que sin ti y sin tu invitación a que me apuntara al grupo de baile, nunca hubiera podido bailar con Érika. En ese sentido siempre te estaré enormemente agradecido.

Porque como acabo de comprobar con mis propios ojos y experiencia, los sueños también pueden hacerse realidad.