martes, 14 de julio de 2015
Crónicas de un amor platónico (parte 35)
Los días en el colegio pasan. Mi vida como maestro en prácticas continúa. Cada día los niños no solo aprenden de mí, sino que yo también aprendo de ellos. Aprendo de ellos a saber tratarlos, a enseñarlos, a educarlos, a regañarlos, a castigarlos sin recreo y en general a ser un maestro, en todos los sentidos de la palabra. Pero no solo aprendo de ellos sino también de los propios profesores, e incluso de mi compañera de prácticas.
Mi interacción con Érika aumenta estando los dos en el mismo colegio. La veo todos los días, y todos los días no puedo evitar fijarme en ella. A menudo la veo rodeada de los niños de su clase, todos llamándola cariñosamente por su nombre y abrazándola. Ella les corresponde y los saluda, acariciándoles la cabeza y preguntándoles qué tal están. Todos parecen quererla, y ella a su vez también parece quererlos a ellos. Cada vez que la miro pienso con seguridad que Érika va a ser una gran maestra, porque lo lleva por dentro. Es justo lo que quiere ser desde siempre, desde que era pequeña.
De ella igualmente aprendo muchas cosas, y a veces incluso intento imitarla. Así por ejemplo también pregunto por los niños, trato de prestarles más atención, dejo que cojan mi mano y caminen agarrados a ella, y sobretodo intento solucionar sus problemas, en la medida de lo posible. Todos esos pequeños gestos contribuyen en mayor medida a mi formación como docente, que enriquecen mi interacción social y me permite abrirme más al alumnado. Me viene bien puesto que voy a dedicar mi vida a educar a niños y niñas.
Son pocas las ocasiones en las que tengo oportunidad de estar con Érika, los dos en una misma clase. En esas ocasiones ambos enseñamos a uno o varios niños a hacer los deberes en diversas materias y a leer, corrigiendo sus fallos y premiándolos por sus logros. Los dos estamos pendientes de que lo hacen todo correctamente y procuramos hacer bien nuestro trabajo, de la misma forma en que lo hacía con nosotros nuestra tutora de Infantil mucho tiempo atrás.
Cuando la miro ejerciendo como maestra sonrío inconscientemente. Pero no una sonrisa cualquiera, sino la misma sonrisa que tenía hace muchos años, cuando la veía de pequeño. Es en esos instantes cuando de pronto me quedo perplejo y pensando "¿Pero qué estoy haciendo?", y enseguida bajo de las extrañas nubes en las que acabo de subir, sacudiendo la cabeza. Lo malo es que no me ocurre una sola vez sino muchísimas, y empiezo a temer lo peor.
Los indicios aumentan cuando paso diversos momentos junto a Érika. Entre ellos cuando ayudamos a un niño entre los dos, cuando colocamos los adornos para el festival de Navidad, cuando hacemos el informe de la universidad juntos, cuando me siento con ella en un banco y charlamos, cuando esperamos fuera la primera hora de la jornada, cuando la veo en el patio desde la ventana y al revés, cuando la encuentro en los pasillos o coincidimos en la sala de profesores haciendo fotocopias... Incluso una vez la acompaño un día de lluvia a última hora los dos bajo mi paraguas, para que llegue a su coche sin mojarse. Durante el camino tenemos que saltar un pequeño río y por accidente caemos con los pies en él, salpicando y empapándonos todos los pantalones hasta las rodillas. Ambos reímos y entonces seguimos corriendo, donde más adelante se encuentra su coche y me da las gracias por acompañarla.
Todos esos pequeños momentos, esos instantes que pasamos juntos y que suceden igual que lo hace una estrella fugaz, poco a poco hacen que mi corazón vuelva a latir cada vez a mayor velocidad. De la misma forma que solía hacerlo en el pasado. Al final y por mucho que trato de engañarme, por fin me doy cuenta de que no es ninguna coincidencia, no es ninguna ilusión, no es ninguna casualidad...realmente está ocurriendo. Y aunque nunca lo hubiera deseado desde el último año del instituto, en realidad me siento feliz por estar así.
Bastan solo siete semanas para darme cuenta de que un sentimiento que creía enterrado para siempre nunca desapareció del todo. Bastan solo siete semanas para que vuelva a nacer, para que vuelva a resurgir. Bastan solo siete semanas para que vuelva a ponerme nervioso y a sonreír como un idiota cada vez que me saluda. Bastan solo siete semanas para esquivarla, para esconderme de ella y pensar que me ha visto, muriéndome de vergüenza. Bastan solo siete semanas para temblar, para latir el corazón a toda velocidad, para comportarme de nuevo como un crío, para preocuparme por el qué pensara de mí...para convertir a esa persona en el centro de mi universo.
Cuando ya no tengo la menor duda decido hacerle un regalo, porque me apetece y porque quiero decirle algo importante. Así compro una cinta roja, se la ato alrededor del cuello a un osito de peluche color crema y le escribo una nota pegada en ella que dice: "¡Muchas gracias por todo, Érika!"
Así, el último día de prácticas y que coincide con el festival de Navidad, después de bailar incluso los dos solos en el escenario frente a los niños y sus padres, le regalo con nervios el osito a Érika. A primera vista parece gustarle y me da las gracias, antes de llevárselo con una sonrisa. Yo también sonrío y ambos decimos adiós una vez más a nuestro querido colegio y a sus profesores, quienes se alegran de ver que seremos maestros igual que ellos, e igualmente nos dan las gracias por todo.
Yo sonrío y me marcho feliz. Resulta irónico volver a enamorarse del mismo amor platónico de la infancia, justo en el mismo centro donde lo conoces por primera vez. Ahora por fin puedo afirmar sin lugar a dudas lo evidente...
Me estoy volviendo a enamorar de Érika.
lunes, 13 de julio de 2015
Crónicas de un amor platónico (parte 34)
De entre las muchas cosas que esperaba para el futuro, nunca imaginé que algún día volvería al colegio donde estudié siendo niño, pero convertido en maestro. Se trataba de una idea que hasta para mí me resultaba imposible, inaceptable, improbable e inconcebible. Ya tenía experiencia y hasta cierto punto incluso me imaginaba cómo debía de ser eso de dar clases, tratando con niños y educándolos para convertirlos en mejores personas. Al principio suena muy bonito, pero si luego se recuerdan los gritos, los reproches y los recreos castigados, además de las quejas del tutor y su agitado estrés de vida, lo cierto es que a más de uno se le quitan las ganas de ser profesor.
Por todas esas razones desde pequeño no quería ser maestro, y recuerdo perfectamente las veces que afirmaba, con toda la confianza y la seguridad del mundo, que nunca en mi vida iba a ser uno. Lo tenía más claro que el agua.
Y sin embargo me encuentro aquí, ahora, en el mismo colegio donde estudié, rodeado de todas mis maestras y maestros que alguna vez me enseñaron, acompañado además de mi compañera de clase de toda la vida Érika. Ambos somos ahora maestros de prácticas, estudiando para lo mismo que ellos, y cuyo objetivo laboral es estar algún día en pie delante de una pizarra, al frente de un aula llena de niños y niñas que, como nosotros en el pasado, también deberemos enseñar y educar para convertirlos en personas.
Así recibimos la bienvenida al centro por parte del nuevo director, distinto al que teníamos en nuestra infancia, del equipo directivo y del conjunto general del profesorado. Todos nos ayudan y nos explican lo fundamental para ser docente, conforme acudimos cada día y nos ponemos en la piel de un auténtico maestro de primaria. Por primera vez en mi vida también entro en la sala de profesores y descubro los entresijos que esconde el colegio, totalmente desconocidos a cuando era niño. En general vuelvo a ver todo lo que ya conocía y explorando cosas nuevas, pero no ya desde los ojos de un alumno sino desde los ojos de un maestro.
Por supuesto, aún permanecen en el centro algunas de las profesoras y profesores que nos dieron clase a Érika y a mí siendo pequeños, y que se alegran de volver a vernos convertidos ya en adultos. Se llevan una gran sorpresa conmigo, ya que de mi compañera sabían que quería ser maestra, antes de abandonar el colegio. Me acuerdo de todos ellos y de los momentos que pasaba en sus clases, todavía muy presentes en mi memoria. También coincide con nosotros la tutora que tuvimos en Infantil con cinco años, la misma que fue a vernos en la graduación del último año del instituto. Los dos deseamos volver a su misma clase con ella.
Érika y yo nos dividimos en distintos cursos, y cada semana cambiamos de una clase a otra para intentar conocer los tres ciclos de Primaria, además de Infantil y alguna que otra aula especial. Recorro los pasillos, las clases, la cancha, el patio, los despachos de secretaría y del director, y no puedo evitar pensar en la nostalgia. Cada vez que lo hago me veo a mí mismo diez años atrás caminando por ellos, sentado en una de las sillas mirando la pizarra, haciendo fila para salir del aula, o corriendo en la cancha jugando en los recreos. Cancha que por cierto han derruido para construir en su lugar un nuevo pabellón de deportes, y que le quita cierto encanto al recuerdo.
Por otro lado, la tutora de Infantil también me provoca esa misma sensación, cuando me encuentro con ella en su clase. Me presenta a sus nuevos niños, quienes me miran con curiosidad y no dejan de hacerme preguntas. Más de uno se piensa que no soy adulto sino adolescente, y me pregunta si vengo del instituto, debido a mi apariencia juvenil. Se quedan asombrados con la boca abierta cuando la profesora les dice que vengo de la universidad y que Érika y yo fuimos alumnos suyos cuando teníamos su edad. Los niños lo flipan con la noticia y se emocionan, hasta que la tutora los manda a callar y de nuevo retomar la clase.
Durante las mismas la profesora me explica muchos de los trucos de la profesión, algunas facilidades y dificultades, y sobretodo formas y métodos para hacer que los menores me respeten. Incluso a veces me deja a mí al cargo de la clase cuando ella se tiene que ir unos minutos por cualquier motivo, dejándome las instrucciones previamente explicadas. En algunas de esas ocasiones leo un cuento con ellos, hacemos ejercicios y actividades en la pizarra, e incluso propongo algún que otro juego como premio por haber terminado los deberes. A veces la tutora también observa cómo doy la clase y corrige mis fallos, comentándolos y siempre interviniendo cuando ve que sus niños se pasan de la raya. Me dice que soy demasiado bueno con ellos y que no debo dejar que se me suban a la cabeza, porque si les ofrezco una mano agarran el brazo entero. También me dice que un maestro no debe nunca perder el control de la clase, o de lo contrario todo se desmorona.
A estas alturas me asombra ver que la misma tutora que me educó siendo pequeño me sigue enseñando, no solo con cinco sino también con veinte años. Quién lo diría.
Respecto a los niños, igualmente descubro que han cambiado. Ya no son a como lo éramos la generación de Érika y la mía, quince años atrás. Ahora se han vuelto más caprichosos, más maleducados y sobretodo más impertinentes. Nosotros no éramos así con esa edad, que yo recuerde. Por poner un ejemplo un niño malcriado me empareja con la profesora de Educación Física, afirmando que tengo relaciones sexuales con ella. Otro me arroja varias veces los materiales de su mesa, en ataques de ira. Algunos me llaman cabrón e hijo de puta. Otros simplemente hacen el corte de manga u obscenos gestos con las manos. En definitiva pienso que los niños están cada vez peor, teniendo en gran medida la culpa los propios padres.
Gracias a este tipo de casos aprendo de igual modo a cómo no educar a un niño, conocimiento que puede serme útil si el día de mañana decido ser padre. Esto de ser maestro también tiene sus ventajas.
Sin embargo, no todos son tan malos. Muchos de ellos también son buenos. Incluso yo diría que unos auténticos ángeles en miniatura. Cometen sus travesuras, como todo niño en su infancia, pero travesuras sanas. También son muy cariñosos y agradecidos. Algunos siempre que me ven corren a abrazarme en grupo, gritando con cariño mi nombre. Una vez casi logran tirarme al suelo cuando se agarran a mis piernas y por poco pierdo el equilibrio. Otros me regalan preciosos dibujos en los que salimos ellos y yo, en tamaño grande y rodeado por todos más pequeños. Cada vez que los veo sonrío y pienso si me verán como una segunda figura paterna.
Los más grandes, como los del tercer ciclo, son más despegados e independientes. Es normal puesto que son preadolescentes. No me regalan abrazos y son más reticentes. Sus travesuras van más enfocadas al ámbito del amor y las relaciones de pareja. Se enfadan si se propaga el rumor de que a alguien le gusta otro alguien, y la noticia corre como la pólvora en el resto de la clase. También critican lo guapo o feo que es un chico o una chica, y lo vanaglorian en función de sus atributos corporales. El ejemplo de este caso son un par de niñas de sexto que se acercan un día y me dicen que estoy muy bueno, para luego salir corriendo entre risas tontas.
También tienen la mala costumbre de emparejar profesores, sobretodo los más pequeños. Y eso mismo hace uno cuando nos ve a Érika y a mí sentados un día en un banco durante el recreo, preguntándonos que si somos novios. Érika y yo nos miramos al mismo tiempo y echamos a reír. Luego le decimos que no, que solo somos amigos.
En general la experiencia como maestro me agrada, no me arrepiento de estar aquí en un colegio dando clase.
Y lo declara el que una vez dijo que nunca iba a ser maestro.
domingo, 5 de julio de 2015
Crónicas de un amor platónico (parte 33)
Mi vida universitaria transcurre con total normalidad, igual que lo ha hecho siempre desde el colegio y el instituto: acudir a clases por la mañana y estudiar por la tarde. Sin embargo, la diferencia es que ahora dedico más tiempo a otras cosas de suma importancia, como por ejemplo ir a la autoescuela para conseguir el carné de conducir, o asistir a la escuela de idiomas para mejorar mi nivel de inglés. Incluso me apunto a un nuevo deporte recomendado por mis amigos, un arte marcial llamado Taekwondo, en la escuela municipal de mi localidad. Gracias a esto ahora hago ejercicio y me mantengo en forma, ya que hace muchos años que no me inscribo en ningún deporte, y además también aprendo técnicas de defensa personal, que siempre viene bien contra personas que intenten atacarme.
Mi amistad con mis antiguos compañeros del instituto prácticamente se ha perdido. Todos los chicos y chicas con los que hace un año compartía clase ya los he perdido no solo de vista sino también de contacto. La gran mayoría porque no los trataba mucho, pero con los más cercanos simplemente porque cada uno ha elegido su propio camino, en el que conoce a nueva gente y por supuesto nuevas amistades, las cuales reemplazan a las anteriores. Es bastante similar al cambio del colegio al instituto, pero lo cierto es que no me importa. Ahora conozco a gente y nuevos compañeros también divertidos, pero a decir verdad aún sigo echando de menos a Laura y Mandy, entre otras de mis amigas. Las risas y bromas que compartía con ellas no las hago con la nueva gente madura que me rodea.
A pesar de tener a Érika y a nuestra compañera particular en la misma facultad, no estamos en la misma clase. Es exactamente igual que el primer año de instituto, cuando nos separaron en distintas aulas, solo que en la matrícula acabamos en cursos diferentes. Aunque sí es cierto que me hubiera gustado tenerla como compañera de clase, en realidad con mis nuevas compañeras y compañeros tampoco estoy tan mal. Al menos, la veo por las mañanas y en alguna que otra ocasión en el viaje de vuelta en autobús.
El tiempo pasa. El primer año se acaba. Apruebo todo con buenas notas. Y lo mejor de todo es que ya por fin consigo el carné de conducir. Eso cuenta con la ventaja de que ya no seguiré dependiendo de nuestra compañera de facultad, ya que conduzco mi propio coche, pero también significa dejar de ver a Érika por las mañanas. Por suerte ella también logra conseguir el carné, varios meses antes que yo, y ambos compartimos la nueva letra "L" en la ventanilla trasera de nuestros vehículos, durante nuestro primer año como conductores noveles.
El segundo año de carrera universitaria sigue igual que el primero. Nuevas asignaturas, nuevos profesores, nuevos temarios y contenidos, nuevo alumnado y por supuesto nuevas amistades. Es en este segundo año (curiosamente el mismo que en el instituto) cuando conozco a dos nuevas chicas con las que trabo amistad: Lidia y Paula, ambas también aspirantes a maestras de primaria. Enseguida no tardamos en conectar y darnos cuenta de que tenemos los mismos gustos y aficiones, como que los tres somos otakus y nos gusta todo lo relacionado con Japón o el anime y el manga, además de los videojuegos. Compartimos risas y bromas propias, y nos lo pasamos bien juntos. En ese sentido me recuerdan mucho a Laura y Mandy, a quienes apenas veo ya debido a mi cambio de transporte.
Junto a ellas también conozco a dos chicas más, muy originales y divertidas, por no hablar de un par de hermanos gemelos muy agradables y simpáticos que en más de una ocasión nos hacen reír con sus payasadas. En total los siete formamos un grupo de lo más variopinto y singular, cada uno con sus particularidades, pero compartiendo en común nuestro amor por Japón y por quien consideramos el rey de la animación: Hayao Miyazaki. Incluso exponemos un trabajo sobre él y sus películas en relación a la educación, ante el resto de la clase.
Lidia y Paula empiezan poco a poco a ocupar los lugares de Laura y Mandy, y aún a pesar de que todavía sigo hablando a veces con ambas, las cosas ya no son como antes. El cambio de estudios y el que estemos tantos ciclos separados hace que con el tiempo nuestra relación se enfríe, hasta el punto de que incluso las bromas que hacíamos antes ya no tienen la misma gracia ahora. Las conversaciones son ahora más formales, menos divertidas, más apagadas, más ordinarias. Todo se vuelve repentinamente más normal y corriente, como si habláramos con cualquier persona desconocida de la calle.
Los tiempos cambian, igual que las relaciones y las amistades. Cada uno madura de distinta manera, y muchas veces ese resultado de maduración a menudo no encaja con el de otras personas, bien sea porque los gustos y las aficiones cambian, o bien porque las formas de ser y estilos de vida no son compatibles. En cualquier caso noto que la amistad que tengo con Laura y Mandy ya no es la misma de antes, y eso es algo innegable.
Algo similar me pasa con Érika, con quien a pesar de no haber tenido una gran amistad como las anteriores, en este segundo año de carrera también he perdido el contacto. Es normal, puesto que ya no quedamos a las siete de la mañana ni tampoco vamos en el mismo coche de nuestra compañera. Además cada uno ya tiene su propio carné, de modo que cogemos nuestro coche y vamos y volvemos de clase por separado. Sí que seguimos saludándonos cada vez que nos vemos y con una gran sonrisa, pero no es como antes en primer año. Lo cierto es que hecho de menos esos momentos cotidianos que vivía con ella.
Sin embargo, no es hasta el siguiente tercer año de carrera cuando por fin volvemos a coincidir en la misma clase, aguardándonos a su vez una inesperada sorpresa. Siendo en tercer año el primero en el que hacemos las prácticas externas, los dos fijamos el objetivo en un mismo centro escolar para ejercer por fin como maestros de prácticas.
Ése objetivo no resulta ser otro que el mismo colegio de Educación Primaria en el que estudiamos los dos siendo pequeños. Y también el mismo en el que nos conocimos por primera vez siendo niños de tres años de edad.
viernes, 3 de julio de 2015
Crónicas de un amor platónico (parte 32)
Los siguientes días y semanas se convierten en una extraña serie de sucesos que cambian mi interacción y forma de ver a Érika. Si antes la trataba poco ahora lo hago más, ya que coincidimos en varios momentos del día, en su mayoría por la mañana. Durante esas ocasiones hablamos más que cuando lo hacíamos estando en el colegio o en el instituto, y es precisamente en esos momentos cuando tengo oportunidad de conocer mejor a la que hasta hace poco era la persona que me gustaba.
Al ser el primer año y todavía sin carné de conducir, Érika y yo nos ponemos de acuerdo con una compañera común que también va a la misma facultad, que se ofrece a llevarnos en su coche y con quien vamos por las mañanas. Me levanto temprano y acudo puntual a las siete de la mañana frente a la puerta de su casa, donde también aguarda Érika. Allí esperamos los dos de pie, hablando, mientras contemplamos a esa hora los colores cálidos en el cielo del bonito amanecer por la mañana, junto a la playa.
A media jornada también suelo encontrarla por los pasillos, en reprografía o por los alrededores de la facultad. Siempre que nos vemos paramos a saludarnos y a comentar que tal nos va en nuestros estudios, nos preguntamos dudas, o simplemente criticamos a algún que otro profesor y sus manías. A veces incluso vamos a desayunar juntos, en compañía de nuestra amiga común, a la espera de la siguiente hora de clase.
Los encuentros terminan en el viaje de vuelta, cuando finaliza la jornada. Son varios los días que encuentro a Érika en el autobús de regreso a nuestra localidad, que está a más de veinte kilómetros de la universidad. Siempre que me ve me saluda y sonríe, y nos sentamos juntos al lado de la ventana. Durante el viaje hablamos un poco de todo, desde temas de estudio y del curso hasta nuestras propias metas y aspiraciones personales. En uno de esos viajes Érika me explica que desde muy pequeña siempre ha querido ser maestra, y que lo tenía muy claro desde hace muchos años. Yo también le cuento mi aspiración infantil de ser veterinario, pero que por causas de ramas de estudio al final me decanté por la docencia. También le confieso que mi madre tuvo mucho que ver en la decisión final, ya que fue ella la que me abrió los ojos.
En general hablamos más, y gracias a eso tengo la oportunidad de conocerla mejor, como nunca antes lo había hecho.
Cada vez que lo pienso no puedo evitar recordar a mis "yo" del pasado: tanto el niño como el adolescente. Ambos habrían dado lo que fuera por estar viviendo esos momentos, como por ejemplo ir con Érika en el autobús, desayunar en la cafetería, reír con ella a la espera de la siguiente hora, o lo que es mejor: contemplar los dos juntos un bonito amanecer a las siete de la mañana. Estoy seguro de que a los dos nos les habría importado madrugar para vivir esos instantes, que habrían considerado sacados de un verdadero y dulce sueño.
Pero claro, eso es lo que habrían pensado mis "yo" del pasado. Mi "yo" del presente no lo ve de la misma forma ahora. Ya asimilé desde hace tiempo que no me gusta Érika, y por eso no la veo con los mismos ojos de antaño. Tampoco me pongo nervioso cuando estoy con ella, y eso es una señal positiva. Quiero dejar de sentirme preso de un amor platónico que no va a ninguna parte, y que además estoy seguro no tiene ni tampoco tendrá futuro.
Sin embargo, siempre surgen complicaciones. A decir verdad me siento a gusto con su compañía, no ya como amor platónico, sino como compañera de estudios. Me doy cuenta de que estoy descubriendo cosas de ella que me gustan y me agradan, y por primera vez otras que no tanto pero no me importan. Estoy conociéndola más y mejor de lo que en nuestros dieciocho años hemos estado como compañeros de clase en el colegio y el instituto.
Pero claro, conocer mejor a una persona conlleva también un importante riesgo: el de enamorarse de ella. Y ése es el riesgo que estoy viviendo ahora, a pesar de repetirme una y otra vez que voy a olvidarme de Érika.
Del mismo modo, casualmente encuentro en estos días una estropeada caja en el trastero, con todas mis viejas pertenencias del instituto. Entre ellas descubro los 41 capítulos escritos de una historia fanfiction de Final Fantasy, a la que había titulado "Final Fantasy: Memories of a Promise". Desde el momento en que la veo no puedo evitar recordar a mis amigas Laura y Mandy, con sus respectivos fanfics de Pokémon y Kingdom Hearts, y una tremenda nostalgia invade mi memoria. Desde luego, hace bastante tiempo que dejamos de escribir esas historias infantiles, igual que yo con la mía.
Releo algunas de sus páginas, rememorando aquellos tiempos en los que leíamos nuestros capítulos y comentábamos lo guays que eran, así como también la espera para seguir leyendo el siguiente. Ahora que leo el mío, en realidad me parece muy infantil. Recuerdo el último capítulo escrito, el 41, y por dónde había dejado la historia. Lo cierto es que llevaba más de la mitad escrita.
De repente me acuerdo de los blogs y de las páginas web donde se publican este tipo de cosas, escritas por fans, y una bombilla se enciende inmediatamente en mi cabeza. ¿Por qué no publicar yo también mi propio fanfic? Alomejor le gusta a alguien. Y, ¿quién sabe? ¿Y si la continuo y la termino? Faltan poco más de diez capítulos, ¿por qué no intentarlo?
De esa forma cojo la caja, la subo a mi habitación y empiezo a releer el primer capítulo. "No me gusta nada"- pienso- "Hay que retocarlo". Hago lo mismo con el segundo y tercer capítulo y, en menos de 3 días, por fin los termino. "Si veo que no le gusta a nadie, lo dejo"- vuelvo a pensar.
Así creo mi primer blog, llamado "Memories of a Promise" en honor a su título, y publico mi primera entrada.
Nace el sitio web dedicado a mi fanfic, a mi historia.
sábado, 20 de junio de 2015
Crónicas de un amor platónico (parte 31)
El primer año en la universidad resulta ser todo un nuevo mundo para mí. No solo me doy cuenta de que las cosas son muy distintas a las del instituto, sino que también la formación y el calendario del curso difieren bastante de igual modo al anterior centro de educación secundaria. No me extraña, puesto que ahora ya me encuentro en los estudios superiores, en los estudios propios de los adultos. Ya no estudio en un centro para adolescentes, sino que me estoy formando y especializando en una auténtica facultad, empezando el camino para el que será mi futuro puesto laboral: el de profe o maestro de un colegio.
Lo primero que más me llama la atención es el alumnado. En la universidad, sin distinción, hay personas de todas las edades, tanto jóvenes de mi edad como también mayores de cuarenta o cincuenta años, casadas y con hijos. Algunos de mis nuevos compañeros de clase son puretas que vienen para conseguir un título universitario, y otros estudian aprovechando que están en el paro y desempleados, aunque la gran mayoría son jóvenes como yo aspirantes a maestras y maestros. Lo cierto es que hay caras y rostros de una gran variedad y diversidad. Al lado de algunos incluso sigo pareciendo un chiquillo de instituto, a pesar de tener la misma edad.
Otro aspecto importante son los profesores. A diferencia del instituto, en la universidad ninguno se preocupa por el ritmo de aprendizaje del alumnado. Se dedican a explicar sus asignaturas y a evaluarnos, sin más intervención que la de cumplir con su trabajo. Nos tratan como a adultos, y como tales somos los únicos responsables interesados en nuestra formación, de modo que si dejamos de acudir a alguna tutoría o faltamos a algún examen, es problema nuestro bajo cualquier excusa. Después de todo estamos aquí porque queremos, sin ninguna obligación, y pagamos por ello.
El calendario del curso también resulta diferente. Las épocas de exámenes son únicamente en dos meses: en Enero y en Junio / Julio, dependiendo de la convocatoria a la que se desea presentarse. El resto del tiempo nos dedicamos a realizar trabajos e informes, entre otras cosas, como parte del esfuerzo de las asignaturas. Aunque en teoría se debería ir estudiando poco a poco todos los días, en realidad lo que hace la gente es estudiar el mes antes de los exámenes, algo muy normal teniendo en cuenta la pereza de tocar los apuntes cuando se puede dejar para el día siguiente. Igual que el resto, yo también caigo en la misma rutina, con otro importante deber además de la carrera. Mientras que por las mañanas acudo a clase, por las tardes aprovecho para ir a la autoescuela. Así de paso me saco el carné de conducir, que ya tengo edad para tenerlo.
En general la universidad es todo un nuevo mundo para mí, que voy descubriendo a medida que pasan los primeros días y las primeras semanas, conforme me voy acostumbrando al nuevo sistema.
Echo de menos a mis antiguos compañeros de clase del instituto, y por supuesto a mis amigas Laura y Mandy. Echo de menos sus bromas, sus conversaciones, el intercambiar opiniones sobre temas que nos gustan, y sobretodo su compañía. A pesar de estar en la misma universidad, cada uno se encuentra ahora en facultades distintas. Laura por ejemplo está en la facultad de Ingeniería Informática, Mandy en el Campus Central y yo en la facultad de Educación, las tres separadas unas de otras. A veces, cuando a primera hora no tengo clase, voy caminando hasta los centros donde están ellas e incluso me acoplo en sus aulas, para saludarlas y hacerles compañía. También me hago pasar por un estudiante de dichas facultades, durante la primera hora.
Igual que el primer año de instituto, en clase hago nuevos amigos, la mayoría compañeros de trabajo. Conozco a gente experimentada de todo tipo, y ese contacto con personas tan diferentes y tan maduras me hace madurar a mí también, en el sentido de que descubro nuevas personalidades, nuevos casos particulares y en general nuevos puntos de vista. Todo ello me permite desde luego abrir la mente y expandirla hasta superar los límites a los que me ceñía siendo adolescente. Estoy dando grandes saltos de madurez personal, tanto que descubro cosas de mí mismo que antes desconocía.
Se trata de un año de cambios, y lo noto no solo a nivel de formación profesional sino también, e incluso quizá mucho más notorio, a nivel personal.
Esos cambios no vienen solos sino también acompañados de otras personas. Entre ellas la de Érika, con quien tengo más tiempo de pasar debido a que vamos a la misma facultad, estudiamos lo mismo e inevitablemente coincidimos en ocasiones que menos esperamos. Después de todo somos los dos únicos alumnos de nuestra promoción de instituto que elegimos estudiar Magisterio de Educación Primaria. Supongo que no me queda más remedio que verla, aunque en realidad eso ya me da igual.
Total, como ya no sigo enamorado de ella, ¿de qué debería preocuparme?
sábado, 13 de junio de 2015
Crónicas de un amor platónico (parte 30)
Tiempo de pensar, de meditar, de reflexionar. Es hora de estudiar y de cavilar sobre el propio futuro, pues hay momentos en la vida en los que es necesario hacerlo, antes de arrepentirse por una decisión equivocada. Entre esos momentos se encuentra desde luego el camino a seguir cuando se es adulto, cuando uno madura y se da cuenta de que ha llegado la hora de tomar una importante decisión: la de su trabajo, su profesión, su oficio, su futuro profesional...el puesto laboral al que aspira, y que con muchas probabilidades marcará el resto de su vida.
Han pasado más de dos semanas desde que terminó la PAU, y todavía hoy no tengo claro lo que quiero estudiar. He consultado infinitas veces la lista de carreras disponibles en una pequeña guía que nos entregaron durante la jornada de puertas abiertas, pero aún así no encuentro ninguna que me llame la atención. Debido a mi condición de Bachillerato de Ciencias y Humanidades, queda completamente descartada toda la lista perteneciente a la rama de conocimiento Ciencias de la Salud, entre las que se incluyen Medicina, Enfermería, Fisioterapia, Farmacia... Todas ellas constituyen las notas de corte más altas de acceso, por encima de 9 como nota media.
Teniendo en cuenta mi 8´7 tampoco pretendo aspirar a ninguna de ellas, de modo que me fijo únicamente en las opciones de la rama de conocimiento Ciencias Sociales y Jurídicas, entre las que están Periodismo, Trabajo Social, Turismo, Administración y Dirección de Empresas, Derecho, Relaciones Laborales, Contabilidad y Finanzas, Maestro de Educación Infantil y Primaria... Si bien todas ellas me vienen genial porque complementan mi formación de Bachillerato, también dispongo de otras ramas como la de Artes y Humanidades, Ingeniería y Arquitectura, y por último Ciencias. Al fijarme en estas ramas descubro con asombro que todas tienen de nota media 5, por lo que cualquiera que apruebe la PAU en realidad puede hacerlas sin preocuparse por la nota.
La rama de Artes y Humanidades no me decepciona. Tiene carreras que me agradan como por ejemplo Bellas Artes, Estudios Ingleses o Historia del Arte, pero tengo entendido que no se gana tanto dinero como en carreras de otras ramas como por ejemplo la de Ingeniería y Arquitectura, que cuenta con todo tipo de ingeniería como la informática, marina, náutica, radioelectrónica... Esta última rama no me llama nada en absoluto, al igual que la de Ciencias, en las que viene de saco Física, Química y Matemáticas. Yo mismo mejor que nadie sé que ni me gustan ni se me dan bien las matemáticas, y por supuesto todo lo relacionado con ellas.
De ese modo descarto igual las ramas de Ingeniería y Ciencias, incluyendo también la de Artes y Humanidades, quedando ahora solo la de Ciencias Sociales y Jurídicas.
Siguiendo mi viejo método de descarte, voy eliminando posibles opciones en función de mi desagrado por las mismas. Así quedan fuera de la lista Derecho, Contabilidad y Finanzas, Economía, Administración y Dirección de Empresas y Trabajo Social. Fuera de ella no tarda en sumarse también Periodismo, al ver que la nota media es de 9´5 (la más alta de esta rama). Por tanto, me quedan ahora tres posibles opciones: Turismo, Maestro de Educación Infantil y Maestro de Educación Primaria.
Pienso y reflexiono mucho. Medito sobre las ventajas y desventajas de las tres carreras, y sus pros y sus contras en el mundo laboral. Por un lado Turismo parece interesante ya que hay posibilidades de viajar mucho, pero la pega es que hay que estudiarse muchos idiomas. A mí solo se me da bien el inglés y paro de contar, ya que ni el francés ni el alemán me agradan lo más mínimo, y tener que estudiar idiomas que repugno no es que sea algo precisamente agradable. Por otro lado tengo las opciones de Maestro de Infantil o de Primaria, que a pesar de tratarse de profesiones socialmente vistas como "fáciles" y menospreciadas, además de tener muchos días de vacaciones, en ambas hay que aguantar a niños y niñas impertinentes.
Recuerdo de ver a mis maestros y maestras del colegio cuando me daban clase, y la sola idea de pensar en acabar como ellos gritando y perdiendo la paciencia como unos histéricos me echa para atrás. No quiero convertirme en una persona afónica y amargada, que infunde miedo mediante gritos y castigos para que los niños la respeten. Incluso también recuerdo perfectamente decir cuando era pequeño, por este mismo motivo: "¡No quiero! ¡Yo nunca seré maestro!". Sin embargo, ser profesor se encuentra ahora entre mis opciones de estudio, lo cual resulta bastante irónico.
Sigo pensando y reflexionando. Pasan los días y las semanas. No encuentro una respuesta clara. Me deprimo al ver que faltan pocos días para hacer la prematrícula y aún no tengo una carrera decidida. Pienso en mis amigas Laura y Mandy, cada una con su futuro ya decidido y sin ninguna duda, mientras que yo todavía no sé cuál me depara el mío. Incluso reparo en la posibilidad de echarlo a suerte como último recurso cuando, a poco menos de tres días, mi madre me dice algo que me hace tener una pista acerca de mí mismo, algo en lo que no había caído ni había tenido en cuenta hasta ahora.
Sus palabras cálidas me dicen que me ve como maestro, debido a mi carácter tranquilo y paciente. Me dice que soy una persona que transmite paz y calma, y que tengo la suficiente paciencia como para enseñar a otros a ser personas. También me considera maduro y responsable, atento y cuidadoso, amable, dulce, valiente, justo y sobretodo buena persona. Las valora como cualidades perfectas para todo buen maestro, capaz de educar no solo a menores sino también a adultos, y cree ver en mí a un gran docente que asegura las niñas y los niños no olvidarán jamás.
Esas tiernas palabras logran tocarme por dentro y consiguen por fin alentarme a elegir una carrera. Bajo la excusa del probar un año dicha carrera, elijo como opción de prematrícula el Grado de Maestro en Educación Infantil. Sin embargo, la idea de aguantar a niños tan pequeños y casi bebés o el cambiar pañales y cuidar que se coman toda la comida, hacen que poco después finalmente me decante, en la matrícula, por el Grado de Maestro en Educación Primaria. Ahí al menos los niños y niñas son más mayores y más independientes, o al menos eso dicen.
Durante el verano sonrío feliz, porque ya he encontrado un camino que seguir para mi futuro. Voy con la certeza de que siempre puedo cambiar, ya que asisto a clase bajo la excusa de "probar el primer año". Si veo que no me gusta, siempre puedo dejarlo y estudiar otra cosa. Con ese pensamiento en mente, las preocupaciones que tenía hasta hace muy poco se desvanecen. Pienso que la vida de compone de riesgos, y que si uno no arriesga no gana nada.
Para mayor sorpresa, un día de ese mismo verano que paseo por la localidad me encuentro a una persona especial. Esa persona es ni más ni menos que Érika, que me saluda como compañeros de toda la vida y me pregunta por la PAU. Yo le respondo que bien y al hacerle la misma pregunta ella responde igual, tal y como imaginaba. A continuación me pregunta qué carrera o estudios superiores pienso estudiar, y después de contarle mi decisión final ella se sorprende con los ojos y la boca abierta. No entiendo su asombro hasta que me cuenta la increíble casualidad de sus palabras.
Érika y yo vamos a ser los dos Maestros de Educación Primaria.
miércoles, 3 de junio de 2015
Crónicas de un amor platónico (parte 29)
Han pasado dos años desde aquel día en que nos graduamos de 4º ESO. El mismo en que terminamos la educación secundaria obligatoria y dejamos de ser prácticamente chiquillos de instituto, para pasar a convertirnos en adolescentes ya adultos. Si bien dos años en realidad es mucho tiempo, para mí personalmente sí que ha pasado volando, en un abrir y cerrar de ojos. Quizá se debe a la cantidad de trabajo y el enorme esfuerzo realizado, que me ha mantenido tan ocupado durante estos meses y apenas me ha permitido dedicar parte del ocio a mi tiempo libre.
Hoy por fin ha llegado el auténtico, el verdadero día en que nos graduamos como alumnos de último año de Bachillerato. Con esto concluimos nuestro período de estudios pos-obligatorios, de la misma forma que también terminamos nuestro paso por el instituto. Hoy definitivamente es el día en que nos convertimos en adultos plenos y decimos adiós a todos nuestros profesores, a todas nuestras profesoras, a todos los pasillos, a todas las clases, a la cancha, al pabellón, a todo lo que concierne la vida y auge del centro de educación secundaria.
El sentimiento y la emoción nos invade, igual que hace dos años. Pero esta vez con la diferencia de que será la última graduación que hagamos en el instituto. Todos lo sabemos y somos conscientes, igual que los profesores que nos saludan y nos felicitan, algunos de ellos tratando de ocultar las lágrimas que no pueden contener.
De ese modo me encuentro sentado en mi silla, rodeado una vez más por el resto de compañeras y compañeros de mi promoción, todos mirando al frente. Todos vamos bien vestidos y arreglados, además de guapos: chicos con traje y corbata, y chicas con bonitos vestidos de gala. Alrededor de nosotros los profesores y nuestros padres, que admiran con orgullo la graduación de sus hijas e hijos ya adultos, convertidos en hombres y mujeres de provecho.
El discurso por parte del director y la jefa de estudios, la entrega de diplomas, la música de fondo, los vítores, los aplausos, las felicitaciones, la emoción, el sentimiento de la despedida...todo me recuerda a hace dos años. Y mientras oigo mi nombre por los altavoces, me levanto, camino hasta la tarima y recojo mi diploma, no puedo evitar recordar en un breve flashback todos los recuerdos que he vivido en el instituto: desde mi inocente llegada como un niño a 1º de la ESO hasta culminar en este mismo momento en que me gradúo como un hombre de 2º de Bachillerato. Lo cierto es que me recuerda mucho a esa expresión que oigo en las películas, cuando alguien afirma ver pasar toda una vida en pocos segundos frente a sus ojos.
Así me lo dice mi tutora al oído, cuando me abraza tras el director y me susurra al oído diciendo "Has crecido, Eduardo. Ya eres todo un hombre". Luego, tras el aplauso de mis compañeros y compañeras y del resto de padres que me observan, bajo de nuevo sonriendo de la tarima, con una agradable sensación de alegría pero a la vez triste nostalgia. Porque siento que este es el final de una etapa.
Por supuesto Laura y Mandy también suben a la tarima y recogen sus diplomas, además de recibir aplausos y felicitaciones por parte del público en general. Las dos visten muy guapas y elegantes con sus vestidos de gala, y los tres nos abrazamos de alegría. No podemos creer que ya haya acabado todo.
La sensación de nostalgia se incrementa y hace mayor cuando, ya en el exterior y cada uno hablando con su familia y sacándose fotos, me encuentro con la que había sido mi tutora en infantil, cuando tenía nada más y nada menos que 5 años. Junto a ella también se encuentra Érika y otros cinco alumnos más: los mismos siete niños a los que dio clase hace más de 10 años, y todos ellos antiguos compañeros míos en el colegio. No resulta para nada sorprendente que la mujer se alegre de vernos ya crecidos, y enseguida oigo la voz de Érika llamándome para salir todos en una foto con ella.
De esa forma, colocado al lado de Érika y, por muy raro que parezca, sin ponerme nervioso, los siete nos ponemos para una foto especial, en cuyo centro se sitúa la misma mujer que nos dio clase cuando éramos pequeños. Al acabar ella misma sonríe de alegría y afirma diciendo "¡Aquí van mis siete estrellas!"
Durante la cena y la fiesta de esa noche, son varias las ocasiones en que me fijo en Érika. A pesar de estar bailando y hablando con mis amigos y amigas, por dentro no dejo de pensar en lo que hace bastante tiempo me he propuesto: decirle toda la verdad. Porque tal día como hoy es el ideal para confesar lo que siento por ella: es el final del instituto y nuestros caminos se separan. No corro el riesgo de seguir viéndola todos los días si me rechaza, de modo que en realidad no tengo nada que perder.
Sin embargo los últimos meses, y puede que quizá los dos últimos años de Bachillerato, me han mantenido tan alejado de ella que ahora dudo de la fidelidad de mis sentimientos. Lo noté antes cuando nos hicimos la foto con la tutora del colegio, y siento que por dentro ya no me pongo nervioso cuando ella está cerca. Mi corazón tampoco late de la misma forma que lo hacía antes, y en realidad no me importa demasiado lo que haga o no. A veces la ignoro inconscientemente, y creo que por eso mismo ya puedo afirmar lo evidente: que Érika ya ha dejado de gustarme.
Por eso mismo pasa la noche con total normalidad. Ella a su rollo, yo al mío y todos felices. Dudo mucho que merezca la pena decirle que estoy enamorado de ella cuando en realidad siento que no es así. Sería mentirle, y no solo a Érika sino también a mí mismo.
Sin embargo, por alguna razón aún siento un incómodo nudo en el estómago...
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