sábado, 13 de junio de 2015
Crónicas de un amor platónico (parte 30)
Tiempo de pensar, de meditar, de reflexionar. Es hora de estudiar y de cavilar sobre el propio futuro, pues hay momentos en la vida en los que es necesario hacerlo, antes de arrepentirse por una decisión equivocada. Entre esos momentos se encuentra desde luego el camino a seguir cuando se es adulto, cuando uno madura y se da cuenta de que ha llegado la hora de tomar una importante decisión: la de su trabajo, su profesión, su oficio, su futuro profesional...el puesto laboral al que aspira, y que con muchas probabilidades marcará el resto de su vida.
Han pasado más de dos semanas desde que terminó la PAU, y todavía hoy no tengo claro lo que quiero estudiar. He consultado infinitas veces la lista de carreras disponibles en una pequeña guía que nos entregaron durante la jornada de puertas abiertas, pero aún así no encuentro ninguna que me llame la atención. Debido a mi condición de Bachillerato de Ciencias y Humanidades, queda completamente descartada toda la lista perteneciente a la rama de conocimiento Ciencias de la Salud, entre las que se incluyen Medicina, Enfermería, Fisioterapia, Farmacia... Todas ellas constituyen las notas de corte más altas de acceso, por encima de 9 como nota media.
Teniendo en cuenta mi 8´7 tampoco pretendo aspirar a ninguna de ellas, de modo que me fijo únicamente en las opciones de la rama de conocimiento Ciencias Sociales y Jurídicas, entre las que están Periodismo, Trabajo Social, Turismo, Administración y Dirección de Empresas, Derecho, Relaciones Laborales, Contabilidad y Finanzas, Maestro de Educación Infantil y Primaria... Si bien todas ellas me vienen genial porque complementan mi formación de Bachillerato, también dispongo de otras ramas como la de Artes y Humanidades, Ingeniería y Arquitectura, y por último Ciencias. Al fijarme en estas ramas descubro con asombro que todas tienen de nota media 5, por lo que cualquiera que apruebe la PAU en realidad puede hacerlas sin preocuparse por la nota.
La rama de Artes y Humanidades no me decepciona. Tiene carreras que me agradan como por ejemplo Bellas Artes, Estudios Ingleses o Historia del Arte, pero tengo entendido que no se gana tanto dinero como en carreras de otras ramas como por ejemplo la de Ingeniería y Arquitectura, que cuenta con todo tipo de ingeniería como la informática, marina, náutica, radioelectrónica... Esta última rama no me llama nada en absoluto, al igual que la de Ciencias, en las que viene de saco Física, Química y Matemáticas. Yo mismo mejor que nadie sé que ni me gustan ni se me dan bien las matemáticas, y por supuesto todo lo relacionado con ellas.
De ese modo descarto igual las ramas de Ingeniería y Ciencias, incluyendo también la de Artes y Humanidades, quedando ahora solo la de Ciencias Sociales y Jurídicas.
Siguiendo mi viejo método de descarte, voy eliminando posibles opciones en función de mi desagrado por las mismas. Así quedan fuera de la lista Derecho, Contabilidad y Finanzas, Economía, Administración y Dirección de Empresas y Trabajo Social. Fuera de ella no tarda en sumarse también Periodismo, al ver que la nota media es de 9´5 (la más alta de esta rama). Por tanto, me quedan ahora tres posibles opciones: Turismo, Maestro de Educación Infantil y Maestro de Educación Primaria.
Pienso y reflexiono mucho. Medito sobre las ventajas y desventajas de las tres carreras, y sus pros y sus contras en el mundo laboral. Por un lado Turismo parece interesante ya que hay posibilidades de viajar mucho, pero la pega es que hay que estudiarse muchos idiomas. A mí solo se me da bien el inglés y paro de contar, ya que ni el francés ni el alemán me agradan lo más mínimo, y tener que estudiar idiomas que repugno no es que sea algo precisamente agradable. Por otro lado tengo las opciones de Maestro de Infantil o de Primaria, que a pesar de tratarse de profesiones socialmente vistas como "fáciles" y menospreciadas, además de tener muchos días de vacaciones, en ambas hay que aguantar a niños y niñas impertinentes.
Recuerdo de ver a mis maestros y maestras del colegio cuando me daban clase, y la sola idea de pensar en acabar como ellos gritando y perdiendo la paciencia como unos histéricos me echa para atrás. No quiero convertirme en una persona afónica y amargada, que infunde miedo mediante gritos y castigos para que los niños la respeten. Incluso también recuerdo perfectamente decir cuando era pequeño, por este mismo motivo: "¡No quiero! ¡Yo nunca seré maestro!". Sin embargo, ser profesor se encuentra ahora entre mis opciones de estudio, lo cual resulta bastante irónico.
Sigo pensando y reflexionando. Pasan los días y las semanas. No encuentro una respuesta clara. Me deprimo al ver que faltan pocos días para hacer la prematrícula y aún no tengo una carrera decidida. Pienso en mis amigas Laura y Mandy, cada una con su futuro ya decidido y sin ninguna duda, mientras que yo todavía no sé cuál me depara el mío. Incluso reparo en la posibilidad de echarlo a suerte como último recurso cuando, a poco menos de tres días, mi madre me dice algo que me hace tener una pista acerca de mí mismo, algo en lo que no había caído ni había tenido en cuenta hasta ahora.
Sus palabras cálidas me dicen que me ve como maestro, debido a mi carácter tranquilo y paciente. Me dice que soy una persona que transmite paz y calma, y que tengo la suficiente paciencia como para enseñar a otros a ser personas. También me considera maduro y responsable, atento y cuidadoso, amable, dulce, valiente, justo y sobretodo buena persona. Las valora como cualidades perfectas para todo buen maestro, capaz de educar no solo a menores sino también a adultos, y cree ver en mí a un gran docente que asegura las niñas y los niños no olvidarán jamás.
Esas tiernas palabras logran tocarme por dentro y consiguen por fin alentarme a elegir una carrera. Bajo la excusa del probar un año dicha carrera, elijo como opción de prematrícula el Grado de Maestro en Educación Infantil. Sin embargo, la idea de aguantar a niños tan pequeños y casi bebés o el cambiar pañales y cuidar que se coman toda la comida, hacen que poco después finalmente me decante, en la matrícula, por el Grado de Maestro en Educación Primaria. Ahí al menos los niños y niñas son más mayores y más independientes, o al menos eso dicen.
Durante el verano sonrío feliz, porque ya he encontrado un camino que seguir para mi futuro. Voy con la certeza de que siempre puedo cambiar, ya que asisto a clase bajo la excusa de "probar el primer año". Si veo que no me gusta, siempre puedo dejarlo y estudiar otra cosa. Con ese pensamiento en mente, las preocupaciones que tenía hasta hace muy poco se desvanecen. Pienso que la vida de compone de riesgos, y que si uno no arriesga no gana nada.
Para mayor sorpresa, un día de ese mismo verano que paseo por la localidad me encuentro a una persona especial. Esa persona es ni más ni menos que Érika, que me saluda como compañeros de toda la vida y me pregunta por la PAU. Yo le respondo que bien y al hacerle la misma pregunta ella responde igual, tal y como imaginaba. A continuación me pregunta qué carrera o estudios superiores pienso estudiar, y después de contarle mi decisión final ella se sorprende con los ojos y la boca abierta. No entiendo su asombro hasta que me cuenta la increíble casualidad de sus palabras.
Érika y yo vamos a ser los dos Maestros de Educación Primaria.
miércoles, 3 de junio de 2015
Crónicas de un amor platónico (parte 29)
Han pasado dos años desde aquel día en que nos graduamos de 4º ESO. El mismo en que terminamos la educación secundaria obligatoria y dejamos de ser prácticamente chiquillos de instituto, para pasar a convertirnos en adolescentes ya adultos. Si bien dos años en realidad es mucho tiempo, para mí personalmente sí que ha pasado volando, en un abrir y cerrar de ojos. Quizá se debe a la cantidad de trabajo y el enorme esfuerzo realizado, que me ha mantenido tan ocupado durante estos meses y apenas me ha permitido dedicar parte del ocio a mi tiempo libre.
Hoy por fin ha llegado el auténtico, el verdadero día en que nos graduamos como alumnos de último año de Bachillerato. Con esto concluimos nuestro período de estudios pos-obligatorios, de la misma forma que también terminamos nuestro paso por el instituto. Hoy definitivamente es el día en que nos convertimos en adultos plenos y decimos adiós a todos nuestros profesores, a todas nuestras profesoras, a todos los pasillos, a todas las clases, a la cancha, al pabellón, a todo lo que concierne la vida y auge del centro de educación secundaria.
El sentimiento y la emoción nos invade, igual que hace dos años. Pero esta vez con la diferencia de que será la última graduación que hagamos en el instituto. Todos lo sabemos y somos conscientes, igual que los profesores que nos saludan y nos felicitan, algunos de ellos tratando de ocultar las lágrimas que no pueden contener.
De ese modo me encuentro sentado en mi silla, rodeado una vez más por el resto de compañeras y compañeros de mi promoción, todos mirando al frente. Todos vamos bien vestidos y arreglados, además de guapos: chicos con traje y corbata, y chicas con bonitos vestidos de gala. Alrededor de nosotros los profesores y nuestros padres, que admiran con orgullo la graduación de sus hijas e hijos ya adultos, convertidos en hombres y mujeres de provecho.
El discurso por parte del director y la jefa de estudios, la entrega de diplomas, la música de fondo, los vítores, los aplausos, las felicitaciones, la emoción, el sentimiento de la despedida...todo me recuerda a hace dos años. Y mientras oigo mi nombre por los altavoces, me levanto, camino hasta la tarima y recojo mi diploma, no puedo evitar recordar en un breve flashback todos los recuerdos que he vivido en el instituto: desde mi inocente llegada como un niño a 1º de la ESO hasta culminar en este mismo momento en que me gradúo como un hombre de 2º de Bachillerato. Lo cierto es que me recuerda mucho a esa expresión que oigo en las películas, cuando alguien afirma ver pasar toda una vida en pocos segundos frente a sus ojos.
Así me lo dice mi tutora al oído, cuando me abraza tras el director y me susurra al oído diciendo "Has crecido, Eduardo. Ya eres todo un hombre". Luego, tras el aplauso de mis compañeros y compañeras y del resto de padres que me observan, bajo de nuevo sonriendo de la tarima, con una agradable sensación de alegría pero a la vez triste nostalgia. Porque siento que este es el final de una etapa.
Por supuesto Laura y Mandy también suben a la tarima y recogen sus diplomas, además de recibir aplausos y felicitaciones por parte del público en general. Las dos visten muy guapas y elegantes con sus vestidos de gala, y los tres nos abrazamos de alegría. No podemos creer que ya haya acabado todo.
La sensación de nostalgia se incrementa y hace mayor cuando, ya en el exterior y cada uno hablando con su familia y sacándose fotos, me encuentro con la que había sido mi tutora en infantil, cuando tenía nada más y nada menos que 5 años. Junto a ella también se encuentra Érika y otros cinco alumnos más: los mismos siete niños a los que dio clase hace más de 10 años, y todos ellos antiguos compañeros míos en el colegio. No resulta para nada sorprendente que la mujer se alegre de vernos ya crecidos, y enseguida oigo la voz de Érika llamándome para salir todos en una foto con ella.
De esa forma, colocado al lado de Érika y, por muy raro que parezca, sin ponerme nervioso, los siete nos ponemos para una foto especial, en cuyo centro se sitúa la misma mujer que nos dio clase cuando éramos pequeños. Al acabar ella misma sonríe de alegría y afirma diciendo "¡Aquí van mis siete estrellas!"
Durante la cena y la fiesta de esa noche, son varias las ocasiones en que me fijo en Érika. A pesar de estar bailando y hablando con mis amigos y amigas, por dentro no dejo de pensar en lo que hace bastante tiempo me he propuesto: decirle toda la verdad. Porque tal día como hoy es el ideal para confesar lo que siento por ella: es el final del instituto y nuestros caminos se separan. No corro el riesgo de seguir viéndola todos los días si me rechaza, de modo que en realidad no tengo nada que perder.
Sin embargo los últimos meses, y puede que quizá los dos últimos años de Bachillerato, me han mantenido tan alejado de ella que ahora dudo de la fidelidad de mis sentimientos. Lo noté antes cuando nos hicimos la foto con la tutora del colegio, y siento que por dentro ya no me pongo nervioso cuando ella está cerca. Mi corazón tampoco late de la misma forma que lo hacía antes, y en realidad no me importa demasiado lo que haga o no. A veces la ignoro inconscientemente, y creo que por eso mismo ya puedo afirmar lo evidente: que Érika ya ha dejado de gustarme.
Por eso mismo pasa la noche con total normalidad. Ella a su rollo, yo al mío y todos felices. Dudo mucho que merezca la pena decirle que estoy enamorado de ella cuando en realidad siento que no es así. Sería mentirle, y no solo a Érika sino también a mí mismo.
Sin embargo, por alguna razón aún siento un incómodo nudo en el estómago...
sábado, 16 de mayo de 2015
Crónicas de un amor platónico (parte 28)
Han pasado más de dos semanas desde que terminaron los exámenes de la PAU. Un período de tres días consecutivos para mí más fuertes incluso que todos estos años juntos de instituto. Se trata de menos exámenes que un trimestre entero, está claro, pero vaya señoras pruebas que están hechas las de la universidad. Lo cierto es que no cualquiera puede presentarse a ellas sin ir muy bien preparado, a no ser que quiera suspender de pleno. Incluso yo mismo en algunos de los exámenes, a pesar de haberlo machacado durante dos años en Bachillerato, he dudado de que fuera a aprobar.
Supongo que eso es lo que tiene el querer acceder a estudios superiores. No es nada fácil.
Ahora, después de haber pasado la tormenta, mis amigos y yo estamos un poco más relajados, intentando descansar y recuperarnos del agotado esfuerzo mental que ha supuesto dicha prueba. Nos reunimos en casa de alguno y jugamos a la play, o bien salimos y paseamos por la calle. Cualquier actividad nos vale mientras nos mantenga distraída y despejada la cabeza, y sobretodo evitamos hablar de la dichosa PAU, la cual nos tiene hasta las mismísimas narices.
Y por supuesto, también hay una razón por la que no hablamos del tema...la nota final.
Nos encontramos ahora en el período crucial, el momento en el que debemos estar mordiéndonos las uñas y deseando al mismo tiempo aprobar con la nota deseada. Casi todos nuestros compañeros y compañeras de promoción nos recuerdan todos los días que mueren por saber de una maldita vez la nota que han obtenido, y que últimamente no paran de sufrir un sin vivir. Nosotros, por el contrario, evitamos pensar en ello, y procuramos relajarnos haciendo algo que desde hace mucho llevamos deseando: hacer el vago.
Disfrutamos no hacer nada de trabajo, echarnos cómodamente en casa, comer galletas, refresco y patatas fritas, ver películas y series anime, leer y prestarnos tomos de manga, gozar de los pequeños placeres como jugar un par de partidas en la Playstation 3 y cantar juntos en el Singstar, o simplemente reunirnos para hablar y hacer el bobo. Cualquier cosa que nos guste y que hacen prácticamente todos los adolescentes otakus de nuestra edad. Logramos desconectar de tal forma que incluso ni siquiera se nos pasa por la cabeza el que hayamos hecho hace nada la PAU, o también que seamos estudiantes pre-universitarios. Se trata de un merecido descanso que, estamos seguros, necesitamos para relajarnos y olvidar. Olvidar y ser felices, por el poco tiempo que sea.
Sin embargo, por desgracia no se puede escapar durante mucho tiempo de la realidad.
Pasan los días, y por fin se publican las notas finales. Todas nuestras compañeras y compañeros permanecen asombrados, algunos de sorpresa y euforia, y otros de pura decepción y tristeza, por la nota final que han obtenido en la PAU. Me entero por boca de otros, por el móvil y por las redes sociales, de algunas de las notas conseguidas de mis compañeros de clase.
Hay gente de todo: personas que logran sacar su nota deseada y pueden estudiar lo que quieren, personas que aprueban pero no les alcanza la nota para su carrera, personas que suspenden, personas que al final no se presentaron...son pocos los casos particulares de suspensos, ya que la gran mayoría de gente que conozco aprueba.
En mi caso en concreto, me entero decepcionado que el único examen que suspendo es el de Filosofía, con un mísero 2´5 (¡Maldito Kant, te juro que a partir de ahora voy a odiarte el resto de mi vida!), y eso me resta notablemente en la media final. Por ende, y como resultado a todos los exámenes hechos durante la PAU y mi nota de Bachillerato, mi calificación final es de 8´7 (de un máximo de 14)
En comparación con las notas de por ejemplo mis amigas Laura (11´4) y Mandy (10´3), la mía es considerablemente más baja, y eso me resta posibilidades a la hora de elegir una carrera. Laura, después de todo su esfuerzo, logra obtener la nota mínima para estudiar Ingeniería Informática, y Mandy, por su parte, hace lo mismo con Historia del Arte. Ambas consiguen alcanzar la nota para estudiar lo que siempre han deseado, y eso es algo que por dentro me llena de alegría y felicidad. Me siento bien al saber que ellas son felices.
Yo, sin embargo, todavía no tengo claro lo que quiero estudiar, y con la nota que tengo lo cierto es que me deprime saber que me cierra muchas posibilidades. Y lo peor de todo es que no tengo mucho tiempo para pensarlo: tan solo 1 mes antes de las preinscripciones.
Me pregunto qué tal le habrá ido a Érika en la PAU, y de si ella también habrá conseguido la nota mínima para estudiar lo que quiere.
sábado, 9 de mayo de 2015
Crónicas de un amor platónico (parte 27)
Los dos siguientes días me tocan las restantes pruebas que me quedan para terminar la PAU. Y una vez hechas, por fin habré acabado la prueba de acceso a la universidad.
El examen de Inglés es tal y como lo esperaba: la combinación típica de "reading" + "listening", acompañado de varias preguntas de comprensión lectora relacionadas con el texto en el mismo idioma. Para acabar, un nuevo "writing" de aproximadamente 150 palabras con dos posibles opciones como tema a elegir. De las dos posibilidades que tengo escojo la primera, "Advantages and disadvantages of to use to much the mobile phone", la que me parece más fácil y con la que también puedo dar rienda suelta a la imaginación. Después de todo, no es tan difícil averiguar las ventajas y desventajas del uso del móvil. Termino el examen con la confianza y la seguridad de quien sabe que puede aprobar algo, pues dicha lengua extranjera siempre se me ha dado bien, al menos desde que tengo uso de razón. No recuerdo haber suspendido nunca ningún examen de inglés en toda mi vida.
Mayor dificultad encuentro en el examen de Latín, en el cual no falta la conjugación de palabras con las distintas declinaciones y conjugaciones, además de por supuesto la ya incluida traducción de un texto en dicha lengua muerta. Esta asignatura no es de mis favoritas, y lo cierto es que siempre nos hemos llevado mal debido a las continuas traiciones que sufro durante sus traducciones, las cuales en más de una ocasión me han jugado el aprobado de un examen. Total, que al final hago los ejercicios propuestos en la hoja, pero sin demasiada convicción como en el anterior examen de inglés.
Dispongo de un examen más relajado y "light" con el de Historia del Arte, en el cual debo soltar toda la teoría aprendida sobre una obra pictórica o estructura arquitectónica. Por suerte me tocan dos obras conocidas: "Las Meninas" de Diego Velázquez y "Las Señoritas de Avignon" de Pablo Picasso, ambos de pintores famosos españoles. Tengo que escribir todo lo que sepa sobre una de las dos obras, pero eso no supone ningún problema ya que la teoría de ambas me resulta muy fácil. Al final me decanto por "Las Meninas" de Velázquez, un cuadro bastante famoso dentro del mundo del Arte en general, y que redacto con la seguridad de que me va a salir bien.
Por último, el examen de Economía, al que por suerte ya voy previamente preparado. Algunas de las preguntas que en esta prueba se plantean son, entre otras, las funciones de dirección, las estrategias de marketing, el organigrama, los departamentos comerciales, la estructura organizativa de una empresa...es casi todo teoría pura y dura, salvo claro está los problemas de análisis financiero, o el balance económico de las cuentas de resultado de una empresa. Para hacer dichos problemas la gente suele tener calculadoras científicas de última generación, las cuales presentan con orgullo encima de la mesa.
Yo en cambio, uso una calculadora básica barata de color naranja comprada en los chinos a última hora.
Es en este último examen cuando sin darme cuenta, tal vez por los nervios o la ansiedad de pensar que tal vez voy a suspender la PAU, escribo mi nombre en la hoja, cosa de la que nos habían advertido desde el primer día y que está terminantemente prohibido. Enseguida me doy cuenta del error, y como tampoco se permite el uso del typex en los exámenes, no puedo corregirlo. Cuando termino mi examen y camino bajando los escalones hasta la tarima, le comento mi pequeño error al encargado de la mesa, quien inmediatamente se molesta y me regaña diciendo en voz baja que si no había oído las reglas de los exámenes. Empieza a soltarme la charla ya oída sobre la enumeración de las pruebas, que ya están codificadas según nuestro número de identidad PAU, y que bajo ningún concepto se debe escribir el nombre en las hojas. Se trata de la primera regla en un examen PAU, al menos en esta universidad.
Con ese mismo cabreo manda llamar a otra mujer al aula, quien se acerca a mí. Tras coger mi examen con el nombre escrito me pide que la acompañe, directos a la secretaría del edificio central. Por el camino me alegra ver que, al contrario que el antipático de antes, ella no se muestra molesta o enfadada. Me advierte con suavidad que preste atención y tenga más cuidado la próxima vez, animándome con palabras seguras y convincentes, y afirmando también que ya soy un estudiante universitario, pero bastante despistado. Aún sin haber acabado la PAU, lo cierto es que esa afirmación logra alentarme y pensar que sí voy a aprobar, con mucha más seguridad de la que tenía en un principio.
Ya en secretaría, al final mi pequeño error consigue solucionarse, y lo que antes me preocupaba ahora ya ha dejado de hacerlo. Me siento un poco estúpido por haber cometido tal fallo a estas alturas de la PAU, pero enseguida se me pasa al volver a ver a Laura y Mandy en el exterior del campus general. Al igual que yo, ellas también se han esforzado mucho haciendo los exámenes, y por eso todos sonreímos y gritamos de alegría. Sentados en un banco y rodeados de nuestro grupo de amigos y amigas, por fin celebramos lo que desde hace ya más de 72 horas llevamos deseando...
Hemos terminado la prueba de acceso a la universidad.
domingo, 3 de mayo de 2015
Crónicas de un amor platónico (parte 26)
La universidad resulta ser muchísimo más grande de lo que imaginaba. Es cierto que ya la había visitado antes una vez, durante la jornada de puertas abiertas, en el que acudimos con el instituto para asistir a la presentación de algunas de las carreras que nos interesara estudiar. Era una especie de breve introducción a lo que nos depara si decidimos estudiar tal o cual cosa. Ese día nos dividimos todas y todos y cada uno se fue a las presentaciones que le interesaban, a diferentes horas. Recuerdo que fui a la charla de presentación de turismo y filología inglesa, acompañando a Laura y otras de mis amigas. Íbamos por simple curiosidad, aunque en realidad casi todos ya teníamos claro lo que queríamos estudiar.
Todos excepto yo.
El primer día de la prueba de acceso a la universidad me pierdo de manera tan rotunda y patética que hasta la profesora de historia tiene que llamarme al móvil, para averiguar mi posición e ir a buscarme. Encima lo peor de todo es que llego tarde, con cinco minutos de retraso, y cuando ella me encuentra ambos salimos corriendo como locos hacia el interior del edificio general. Resulta que me había metido en otra facultad distinta, y estaba buscando donde no era. La profesora me insta a correr más rápido, alegándome por el camino qué hora es esta para llegar a la PAU, y a la vez deseando que todavía no sea demasiado tarde.
Cuando por fin llegamos a la puerta del aula correspondiente donde voy a hacer mis tres primeros exámenes, el encargado de vigilarla me mira con desaprobación y, tras ojear mi solicitud de prueba y mi carné de identidad, al final me deja pasar. Es ahí donde me despido entonces de la profe de historia y me desea suerte, antes de abandonarla y entrar en el aula.
La concentración en la enorme sala de gradas es impresionante, y el silencio abismal. Nunca antes he visto a tantos estudiantes juntos y reunidos en una sola clase, haciendo un examen. La sola idea de estar ante la prueba que posiblemente determinará mi futuro me encoge, y tanto mi cuerpo como mi corazón tiemblan de miedo y de nervios. Siguiendo las indicaciones de uno de los supervisores del aula, camino ascendiendo por los escalones hasta mi fila, y ya por fin me siento en mi asiento vacío designado.
Un minuto después me presentan encima de la mesa la hoja de la primera prueba de la mañana: un comentario de texto de Lengua. Bufo de resignación al ver los dos temas disponibles, pero uno a elegir. No me gusta ninguno. Al final opto por la segunda opción, que es con la que quizá tengo algo más de conocimiento y puedo defenderme bien. Así que desenfundo mi lápiz y goma, además del bolígrafo azul, y a continuación comienzo a escribir.
Tras la hora del almuerzo llega la segunda prueba del día: Historia de España, que consiste en otro comentario de texto pero esta vez sobre un escrito histórico. A decir verdad nunca me ha gustado esta asignatura, y recuerdo que siempre solía pensar en las musarañas en lugar de atender a las explicaciones de la profesora. Me parece una materia tan pesada y tan aburrida que estoy seguro la inmensa mayoría de nosotros no se acordará de nada de ella. Por suerte me fijo en que una de las opciones de comentario es sobre la Constitución de 1812, y no lo dudo ni por un momento. Es uno de los temas a mi parecer más fáciles y de mejor manejo en lo que se refiere a Historia de España. Creo que en este voy a tener suerte.
El último examen del día no resulta ser otro que el de Filosofía, una asignatura traicioneramente subestimada. Encima como autores filósofos tengo que escribir sobre Kant y Nietzsche. El segundo no me importa porque es fácil, pero al primero siempre lo he odiado. Nunca he entendido del todo la filosofía del dichoso Kant, y dudo mucho que algún día logre entenderla. Total, que al final escribo lo que recuerdo sobre ellos, poniendo más énfasis en la redacción de Nietzsche pero dejando muy floja la de Kant. En fin, espero que el mostacho exagerado de Nietzsche logre hacer que apruebe este examen, porque lo veo pendiendo peligrosamente de la cuerda floja.
Al final del día acabo con la cabeza saturada de tanto pensar y a punto de explotar. Nunca antes me he sentido tan agotado y fatigado mentalmente, y mi cerebro me exige urgentemente un estado de desconexión, el cual le permito sin dudarlo. Pero no tardo en darme cuenta de que es el primer día de los dos siguientes que quedan, todavía con más exámenes por hacer.
Me mareo con la sola idea de pensar en más exámenes, de modo que nada más llegar a mi cama cierro los ojos y caigo de lleno en un profundo y merecido sueño.
sábado, 25 de abril de 2015
Crónicas de un amor platónico (parte 25)
Es a partir de esa etapa cuando, por primera vez, se debilita el amor platónico. En ocasiones cayendo poco a poco, y otras directo en picado y sin remedio.
En esa misma etapa me encuentro yo ahora, durante mis dos años como estudiante de Bachillerato. Estoy en pleno auge de trabajos, tareas, deberes y demás quehaceres propios de un estudiante de cursos superiores. Los profesores no hacen más que hablarnos de la dichosa PAU, de repetirnos lo importante que es para nuestro futuro profesional y laboral, y de mandarnos montones de tareas y deberes para hacer, por no hablar por supuesto de los también molestos exámenes. Entre una cosa y otra lo cierto es que últimamente no tengo tiempo para relajarme. Siempre hay algo que hacer, siempre hay algo que adelantar, siempre hay algo que estudiar...y estoy empezando a agobiarme un poco. Algo que no quería desde un principio.
Tengo la mente y la cabeza tan ocupadas en los estudios que noto ya no pienso tanto en Érika. Ni siquiera me acuerdo de mirarla cada vez que ella pasa o la veo de casualidad por los pasillos. A veces incluso ella misma me saluda y tardo un poco en reaccionar, pero porque no me doy cuenta de que está ahí, no noto su presencia hasta que me habla. Me da vergüenza pensar en lo maleducado que soy a veces si me dirige la palabra y no le respondo, ignorándola por completo, pero porque estoy concentrado pensando en otra cosa. Me sorprende el tremendo cambio radical de intensidad de mis sentimientos por ella, hasta hace unos pocos años tan alto que parecía no tener límites, pero ahora tan bajo que ya hasta incluso me da igual lo que haga o deje de hacer, como si no me importara.
Ya no me preocupo por arreglarme ni de ponerme guapo cuando sé que voy a pasar delante de ella, porque en realidad me da igual lo que piense. Después de tantos años por fin he llegado a la conclusión de que, para Érika, solo he sido siempre otro compañero de clase más, alguien normal y corriente, uno más del montón. Lo sé porque nunca ha pretendido dar un paso más allá, nunca ha intentado referirse a mí como algo más que un compañero, y desde luego tampoco algo más que un amigo. Porque eso es lo que somos y hemos sido siempre: simples compañeros de clase.
Me doy cuenta de pequeños detalles de los que antes no era consciente por mi amor cegado, y son los que finalmente me hacen abrir los ojos a la realidad. Ahora que ya no soy un crío ni tampoco un niño ingenuo, asimilo por fin lo evidente: que yo no le gusto a Érika. Y si alguna vez le gusté, ahora ya ha dejado de hacerlo. Ella también ha crecido, también ha madurado. Ya no es una niña sino toda una mujer. Y yo personalmente la considero madura para su edad.
Siempre he pensado en la posibilidad de que le gustara a Érika, pero eso lo hacía cuando era más pequeño, más inocente y más ingenuo. Cuando todavía creía en el amor platónico. Sin embargo, ahora que se ha enfriado tanto y ha dejado de ser como antes, mis sentimientos también se han debilitado, también han caído. Ahora que he visto la realidad y he descubierto lo que hay, ya no estoy tan enamorado como antes, ya no me importa que Érika me mire o no. Porque a decir verdad, ¿Por qué iba ella a fijarse en mí?
Con este pensamiento en mente me desmotivo y entristezco un poco, supongo que decepcionado por bajar de las nubes. Trato de mirar el lado positivo, que consiste en que éste es el primer paso para olvidar lo que una vez sentí por Érika. Me alegro porque ya por fin puedo decir adiós a este maldito amor platónico, que no va a ninguna parte y con el que llevo cargando más de siete años. Lo cierto es que estoy deseando olvidarme ya de Érika.
Y mientras mantengo la cabeza fría ocupada con mis estudios, por fin llega el inevitable día para el que hemos estado preparándonos: la prueba de acceso a la universidad.
viernes, 10 de abril de 2015
Crónicas de un amor platónico (parte 24)
Los dos años de Bachillerato transcurren sin ningún tipo de momento o acontecimiento importante que destacar, salvo claro está los mismos estudios. Y resulta que es ahora cuando me doy cuenta de lo realmente importante que significa esta etapa para todas nosotras y nosotros, al contar con los estudios superiores pos obligatorios. Es ahora cuando de verdad siento la presión que supone estudiar en cursos avanzados, así como también la de prepararse para entrar en la universidad, objetivo hacia el que nos dirigimos la gran mayoría del alumnado.
Y hacia ese mismo fin también nos dirigen los profesores, quienes nos meten literalmente caña y nos ponen las pilas, mandándonos el doble de trabajo y el doble de esfuerzo. Lo noto principalmente en los ejercicios y los deberes, en las propuestas de trabajo y los seguimientos, en la cantidad de información y actividades específicas, en los exámenes y las pruebas de evaluación, y sobretodo en la repetida pronunciación de una palabra que de tanto oírla me tiene incluso hasta las mismísimas narices.
Sí. Todos los profesores y profesoras coinciden en la siempre cansina repetición de la existencia y próxima cercanía de un monstruo llamado "PAU" (Prueba de Acceso a la Universidad), al cual nos preparan para enfrentarnos en menos de un año.
A pesar de que soy perfectamente consciente de que superar la PAU con una nota u otra cambiará mis posibilidades de estudios universitarios, lo cierto es que a diferencia de mis compañeros y compañeras, a mí no me asusta en absoluto. Mientras que los demás ya tienen claro lo que quieren estudiar y saben la nota mínima que deben alcanzar, yo por mi parte intento estudiar con tranquilidad y sin esforzarme demasiadas horas. Más o menos las mismas que dedicaba en la ESO, quizá un poco más o un poco menos, dependiendo de la ocasión y del examen en particular.
Como yo no tengo claro lo que voy a estudiar ni a qué me gustaría dedicarme, yo sigo estudiando a mi ritmo, sin prisa pero sin pausa, y sigo obteniendo las mismas notas que antes.
Mi plan es estudiar en la universidad una carrera a la que pueda aspirar con mi nota final obtenida en la PAU. Así de fácil y sencillo, sin complicarme la vida.
Y mientras sigo estudiando en un intento de tranquilidad, aunque desde luego más agobiado y con más presión que en la ESO, noto algo que me sorprende: que últimamente ya no pienso tanto en Érika. Pienso que debe de ser por los estudios, ya que al tener la cabeza ocupada de lleno en algo, apenas recuerdo pensar en ella. En cierta parte me parece bueno, porque al menos no sufro tanto pensando en lo poco que la veo, pero por otro lado también me resulta malo, ya que esto podría suponer el comienzo de olvidarme de ella, y quizá para siempre.
Sin embargo, algunas de las personas a las que hace años confesé mi amor por Érika todavía recuerdan las sinceras palabras de mi amor platónico. Y lo sé porque más de una me pregunta, si surge el típico tema de las relaciones de pareja años después, que si sigo enamorado de ella. A la gran mayoría les respondo con un rotundo no, afirmando que eso es cosa del pasado y que ya está olvidado, con la esperanza de que cierren el tema y me dejen de una vez en paz. Lo cierto es que no tengo ganas de seguir contando mi secreto a nadie, y por eso trato de cerrar el rumor vicioso para ir ganando fama de otra vez soltero y sin intenciones de compañía platónica.
No obstante, una de esas personas con las que tiempo atrás tuve más confianza, le respondo afirmativamente con un sí, declarando que aún estoy enamorado de ella. La pregunta que me hace a continuación, tras hacer cálculos y decirme que llevo ya más de siete años enamorado de la misma persona, me trastoca y me deja de pronto asombrado.
"¿Te gustaría tener hijos con ella?"
La pregunta me pilla por sorpresa, e inmediatamente respondo con una evasiva, mostrando aparente indiferencia. La verdad es que hasta ese momento nunca me he planteado la cuestión de un posible futuro con Érika, y mucho menos el de formar una familia con ella. A primera vista me parece un interrogante tan lejano que pienso todavía está a años luz, y que por supuesto tardará mucho en llegar. Aún soy demasiado joven para eso, y es algo de lo que desde luego todavía no debería preocuparme.
Además, como ahora mismo no estoy pensando tanto en Érika y no la veo igual que antes, en realidad la idea me echa un poco para detrás. Pienso que no es el momento de pensar en eso, y que ahora tengo otros asuntos mucho más importantes que tratar, como el terminar mis estudios. Y eso es en lo que debo concentrarme ahora.
Sin embargo, en el preciso momento en que esa persona me hace la pregunta, no puedo evitar imaginarme por un instante la situación, y de pensar a continuación con lógica en mi cabeza:
"¿Érika, la madre de mis hijos? ¿Pero qué disparate es ése?"
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