jueves, 2 de abril de 2015
Crónicas de un amor platónico (parte 23)
Me resulta raro, después de estos últimos tres años juntos en la misma clase durante la ESO, que ahora vuelva a estar separado de Érika. Esta sensación es muy parecida a la que viví en el primer año de instituto, cuando llegué por primera vez al centro. Por aquel entonces no conocía a nadie salvo a mis antiguos compañeros y compañeras del colegio, a los cuales echaba mucho de menos. Pero ahora es muy distinto. Ahora ya no me preocupa no conocer a nadie, porque ya los conozco a prácticamente todos, al menos de vista. Y también porque todavía cuento con la amistad incondicional de mis amigas Laura y Mandy, desde el primer año hasta ahora. Sé que no estoy solo, y por eso ya no tengo miedo...porque cuento con buenos amigos que me apoyan.
Sin embargo, y por mucho que me lo paso bien en compañía de Mandy y Laura, en el fondo no puedo evitar sentir un poco de tristeza, cada vez que giro la cabeza en todas direcciones y no encuentro el rostro de esa persona especial. Siento una especie de vacío, un hueco libre y reservado para una única persona, que estoy seguro ninguna otra podrá llenar. Ese vacío lo noto cuando, estando en clase, no oigo la voz de Érika hablando con el de al lado, no la veo sentada en una de los asientos de primera fila, o simplemente no detecto su presencia dentro del mismo aula. Porque para alguien como yo, que siempre se ha fijado en ella, enseguida sabe cuándo esa persona en concreto no está.
Por eso, cada vez que la encuentro en los pasillos o la veo pasar por fuera de la ventana, mis ojos la buscan, y cuando la encuentran se mantienen quietos fijados en ella, disfrutando de cada segundo que la contemplan. Trato de permanecer detenido e inmóvil como una estatua congelada, esperando con paciencia la pequeña posibilidad de que Érika también me mire y se fije en mí. A veces nuestros ojos no coinciden, pero cuando lo hacen ambos nos quedamos mirándonos fijamente, durante unos pocos segundos, hasta que ella sigue caminando y desaparece, cortando la comunicación visual.
Esos breves instantes en que nuestras miradas se cruzan y permanecen conectadas, sin saludarnos ni decirnos nada, son para mí valiosos momentos que no cambiaría por nada en el mundo.
Nunca hubiera imaginado, si antes en la ESO solo nos separábamos una o dos horas a la semana por dos asignaturas opcionales, que ahora solo nos veríamos una o dos horas a la semana, en una única clase que los dos elegimos como opcional y en la que casualmente coincidimos: Acondicionamiento Físico. En esta asignatura propia y exclusiva de Bachillerato, continuación de la ya desde siempre mítica e insustituible Educación Física, ambos coincidimos en actividades propias como el calentar, correr, trotar y nadar. Bastante parecido a cómo lo hacíamos en el colegio y en la secundaria, a los dos nos toca competir nuevamente en diversas actividades, además de participar en otras más tranquilas y relajadas.
En una de ellas tenemos que correr un kilómetro tan rápido como podemos y en el menor tiempo posible, en una avenida fuera del centro escolar. Cuando todos salimos disparados de la línea de salida, y los chicos y chicas en mejor forma física se adelantan hasta desaparecer en la lejanía, yo mantengo un ritmo considerable durante todo el trayecto, procurando no correr muy rápido y siempre pendiente mirando atrás a Érika. Ella va a un ritmo muy lento, y se le nota por la expresión del rostro y su respiración agitada y entrecortada que no puede ir más ligera.
Cuando, pasado más de la mitad del recorrido y casi a punto de llegar al final, la veo pararse de pronto y sentarse en un banco cercano, jadeando y con una mano en el pecho, yo también decido parar de repente y volver atrás, a su encuentro. Cuando me siento a su lado y le pregunto si está bien, ella me mira sorprendida, pero sin sonreírme dice que está cansada y a continuación me da las gracias, antes de volver a levantarse y continuar andando los pocos metros que faltan para llegar a la línea de meta. La acompaño y juntos caminamos en silencio, sin decirnos nada. La noto seria, quizá debido al cansancio o quizá debido a mi compañía.
En otra ocasión, estando sentados toda la clase en círculo en el pabellón, uno de los chicos sentados al lado de Érika bromea con ella diciendo que es su novia, y la rodea con un brazo por encima de los hombros al mismo tiempo que se ríe. La chica no está de buen humor y enseguida le quita el brazo de encima, mientras el resto de la clase somos testigos de la conversación que mantienen en voz alta y prestamos atención a lo que sucede en esa esquina. Érika y yo cruzamos en ese momento por un segundo nuestros ojos, y enseguida desviamos rápidamente nuestras miradas, en esa ocasión incapaces de mantener el contacto visual.
De esa forma, y a partir de entonces durante los dos cursos de Bachillerato, noto de repente una terrible y desagradable sorpresa, algo que nunca había sucedido antes: que Érika parece haberse enfadado conmigo. Lo sé porque la noto más seria, más fría y más distante, y ya no me saluda tan a menudo como solíamos hacerlo antes. En lugar de eso ahora va más directa a su trabajo, se concentra en lo que hay que hacer y trata de cumplirlo cuanto antes, sin demora. Si antes la consideraba una estudiante ejemplar, ahora la veo metida de lleno en su trabajo y de una forma quizá más obligada de la que debería. Me pregunto si no será por sus notas y calificaciones, las cuales trata de mejorar para obtener un mejor expediente académico. Sería lo más lógico, teniendo en cuenta que tenemos la prueba de acceso a la universidad a la vuelta de la esquina.
En sus relaciones la sigo viendo igual a como siempre, rodeada de sus amigas y amigos y ahora saliendo del instituto en los recreos a comprar comida con ellos (lujo que tenemos únicamente los de Bachillerato). Todo sigue aparentemente igual.
Sin embargo, sigo teniendo la sensación de que algo no cuadra, de que algo no marcha bien. Quizá sea por los cambios de la edad, o tal vez por la madurez personal ante la visión de estar ya en los estudios superiores de la universidad, pero lo cierto es que ella, y en general creo que todos nosotros, estamos cambiando, estamos madurando.
Y lo que más me preocupa es tener la impresión de que cada día se aleje más de mí, como si me evitara o no quisiera verme, como si estuviera enfadada conmigo. Puede que quizá esté así con todo el mundo, o tal vez solo conmigo, pero la verdad es que me entristece ver lo fría que está ahora nuestra relación como compañeros de clase, muy distinta a la de hace tan solo unos pocos años.
Porque estoy seguro, por mi parte, de que yo no le he hecho nada, y tampoco se me ocurriría jamás hacerlo.
sábado, 21 de marzo de 2015
Crónicas de un amor platónico (parte 22)
Me siento un poco raro al empezar el nuevo curso pos obligatorio de Bachillerato, y no solo por la idea asimilada de que ya no somos críos adolescentes, sino por el hecho de haber empezado a elegir ya cada uno su propio camino académico. Atrás ha quedado la enseñanza secundaria obligatoria, el estudiar de forma casi obligada por los padres, y el de éstos de preocuparse porque su niña o niño no lleve los deberes hechos al aula. A poco más de dos años para ser ya adultos y mayores de edad, ahora somos nosotros los que debemos cargar con la responsabilidad de seguir estudiando y formándonos como personas, asumiendo a partir de ahora nuestros deberes y las consecuencias de nuestros actos.
Noto sobretodo la diferencia en las clases. Ahora, los mismos profesores que nos enseñaron en años anteriores ya no nos tratan como niños, sino como adultos. Ya no están pendientes y encima de nosotros como solían hacerlo antes, sino que nos advierten de no relajarnos demasiado y tampoco de bajar la guardia. La gran mayoría de docentes nos habla de nuestro próximo objetivo, para el cual debemos prepararnos y estudiar a fondo: la prueba de acceso a la universidad. Nos explican también la importancia de estudiar y de dar lo mejor de nosotros en esta nueva etapa, con buenas calificaciones, porque de ellas dependerá luego la nota final de dicha prueba (PAU, para abreviar), y que inevitablemente influirá en si se nos abrirán o no las puertas para estudiar lo que queramos en la universidad.
Todos mis amigos y compañeros de clase compartimos ese objetivo, al menos la gran mayoría que desea estudiar en la universidad. Muchos de ellos y ellas ya tienen claro lo que quieren hacer con sus vidas, lo que desean estudiar y a qué les gustaría dedicarse para su futuro laboral y profesional. Mandy, por ejemplo, quiere estudiar Bellas Artes, mientras que Laura Ingeniería Informática. Otros tantos conocidos profesiones relacionadas con el campo de la salud, como Farmacia, Veterinaria o Medicina, mientras que unos pocos prefieren tirar por Filología, Historia, Física, Matemáticas o ADE (administración y dirección de empresas). Me entero de todas estas cosas al preguntarlas y oírlas de mis compañeros, pero lo cierto es que cuando ellos me preguntan a mí les digo que aún estoy indeciso.
Porque todavía no sé qué quiero estudiar en la universidad.
Personalmente tengo claro que quiero hacer estudios superiores universitarios, pero como aún no sé el qué, estoy indeciso. Siempre me han encantado los animales, y recuerdo que de pequeño quería ser veterinario, pero luego de darme cuenta de que para eso necesito estudiar por ciencias, cosa que desde luego no hago, pues al final acabo descartándolo. Necesito pensar en otra cosa, otra alternativa que me guste y con la que me sienta cómodo, disponible claro está desde la rama de conocimiento de Humanidades y Ciencias Sociales. Pero como sigo pensando y no se me ocurre ninguna, al final me canso y llego a la conclusión de que, según la nota que obtenga en Bachillerato y en la PAU, estudio una de las carreras disponibles que se ajusten a mi calificación final.
Con ese pensamiento en mente, dejo de amargarme la vida y sigo estudiando con total normalidad, con un ritmo similar al que llevaba en la ESO. Trato de esforzarme un poco más teniendo en cuenta que estos son mis dos últimos años de instituto, y que de ellos seguramente dependerá mi futuro profesional. Pero para no volverme loco me tomo la vida con calma, hago lo que tengo que hacer y estudio lo que tengo que estudiar. De esa forma no me estreso y puedo disfrutar del presente.
En cuanto a mis compañeros de este nuevo curso, me entristece un poco separarme de Laura, que este año se va por ciencias, de la misma forma que Érika, también por la misma rama. Resulta curioso cómo, a diferencia del primer año del instituto, en esta ocasión no me siento tan triste por la separación de la que es y sigue siendo la persona especial para mí. Aquella vez era un niño que trataba de estar desesperadamente cerca de su amor platónico, pero ahora que he madurado y me he hecho mayor, me doy cuenta de que ya no necesito hacerlo, ya no necesito estar cerca de Érika para sentirme mejor. En lugar de eso ahora me conformo con verla por los pasillos o a la entrada y salida de la jornada escolar, donde a veces nos vemos y seguimos saludándonos. Lo bueno de ambos es que nunca perdemos las viejas costumbres,
Pero aún así, y a pesar de no sufrir tanto como antes, esta situación me recuerda inevitablemente a aquel primer año, en el que los dos salimos del colegio y llegamos por primera vez al instituto. Pensar ahora que ya hemos acabado la ESO y estamos haciendo el Bachillerato me hace ver, totalmente asombrado, lo rápido que pasa el tiempo. Y lo compruebo cuando, estando en los recreos todavía con Laura y Mandy y mis demás amigas, veo pasar a los niños nuevos de primer año, algunos con la misma cara de asombro e inseguridad de quien acaba de llegar nuevo a un lugar. A menudo me veo reflejado tanto a mi como a mis amigos en esas niñas y en esos niños, cuando teníamos su edad y nos conocimos por primera vez.
Era el primer año, el mismo en el que empezamos a hablar y a trabar amistades. Y ya han pasado más de cuatro desde entonces.
Ahora me doy cuenta de que somos los abuelos, los mayores del instituto. Un profesor nos lo dice en el aula con una sonrisa, el mismo que nos dio clase desde 1º de la ESO hasta ahora, y nos explica que como tales debemos dar un buen ejemplo a los más pequeños y recién llegados. Después de todo, ya casi somos adultos, y estamos a punto de abandonar el centro para seguir estudiando en la universidad o, en otros casos, empezar a trabajar en el mundo laboral.
Y mientras pasamos por esta nueva y decisiva etapa final, no dejo de preguntarme qué es lo que le gustaría estudiar a Érika en la universidad.
domingo, 15 de marzo de 2015
Crónicas de un amor platónico (parte 21)
Durante muchos años siempre he pensado en decirle a Érika todo lo que siento por ella. Desde el último año del colegio y el primero del instituto, no he dejado de darle vueltas a la cabeza sobre cuándo podría ser el mejor momento, si ahora o quizá dentro de un tiempo. Pienso en ambas opciones, en sus resultados, y sobretodo en sus consecuencias.
Si le dijera ahora que me gusta y estoy enamorado de ella, corro el riesgo de que me rechace. Y lo peor de todo no es el resultado, cuyo fatal desenlace ya lo tengo asimilado, sino el hecho de luego seguir viéndola, continuamente de lunes a viernes por la mañana. Lo cierto es que, de salir mal y seguir siendo compañeros de clase, me daría mucha vergüenza encontrarla en los pasillos, en los recreos o en las propias aulas. Creo que incluso no podría mirarla a la cara, de lo avergonzado que estaría.
Por eso, y para evitar situaciones incómodas y desagradables, prefiero no decirle nada, al menos por ahora. Después de mucho pensarlo, al final creo que el mejor momento es aquel en el que se separen nuestros caminos, aquel que suponga dejar de vernos diariamente, y que signifique el final de nuestra relación escolar. Llego a la conclusión de que ése es el mejor momento, porque si me acepta supongo que tendríamos un final feliz, y si me rechaza al menos dejaría de verla todos los días, y no sufriría por ello cada vez que la viera.
Y, por supuesto, el mejor momento ideal para una declaración de amor es, sin duda, durante la graduación.
Así pasan los meses, y cuando por fin me doy cuenta, ya estamos en la fiesta de graduación del instituto. Tras cuatro años de estudio de la enseñanza secundaria obligatoria, finalmente completamos la etapa estudiantil necesaria para todos los jóvenes. Y como no podía ser de otra forma, lo celebramos en un acto formal ceremonial en el hall del instituto, al que los miembros de todas nuestras familias están claramente invitados.
Sentado en una de las sillas situadas en medio del recinto, luzco mi traje formal de camisa de botones azules, con corbata azul marino y pantalones de vestir también del mismo tono. Llevo además una chaqueta oscura, que refuerza la importancia del ir bien vestido para una ocasión especial. A ambos lados, e igualmente por delante y por detrás, estoy rodeado de todos mis compañeros y compañeras de clase, de todos los cursos de mi generación, sentados cada uno en su silla. Todos los chicos lucen chaqueta y corbata, y todas las chicas preciosos vestidos de gala de diferentes colores. En general todos estamos guapos y guapas, y así nos lo dicen nuestros profesores, que sonríen al vernos tan bien vestidos. Lo cierto es que ya parecemos personas adultas.
Por supuesto, Laura y Mandy también lucen muy elegantes con sus vestidos, al igual que Érika, de la que me quedo prendado y con la mirada boba y perdida al verla la primera vez. Se me hace raro verla vestida así porque no estoy acostumbrado, y aunque oigo en un par de ocasiones comentarios negativos o de desagrado sobre su traje, a mí me parece perfecta tal cual está. Creo que es preciosa.
Bajo la atenta mirada de nuestros compañeros, de nuestros profesores y de nuestros padres, que sonríen con orgullo, subimos uno a uno a recoger el título y el diploma del graduado. Recibimos no solo la felicitación de nuestros tutores y del director del centro, sino también un cálido y emotivo abrazo por parte de ambos. En medio de los vítores y de los aplausos de la multitud, más de uno llora, incapaz de contener tanta alegría en un día tan especial.
Y como música de fondo, para añadir la guinda al pastel, otros jóvenes estudiantes del centro tocan con flauta el tema musical de Elton John, "Can you feel the love tonigh", tema mítico y honorífico de una de las grandes películas de mi infancia: El Rey León.
Son muchas las emociones que se viven en este día, pero una de ellas en concreto es la que más me asalta: ¿Debería decírselo ya a Érika? Lo pienso en el momento en que se acerca a mí y me felicita con dos besos en las mejillas, diciéndome además lo guapo que estoy con mi chaqueta y traje de corbata, y sonriendo como solo ella sabe hacer. Yo le devuelvo el cumplido con mi mejor sonrisa, y cuando me pregunta por qué rama de conocimiento seguiré estudiando el año que viene, entonces tengo la respuesta clara.
Decido no decírselo todavía.
Porque, tal y como compruebo el siguiente año, los dos aún seguimos estudiando en el mismo centro. Pero eso sí, por ramas separadas: ella estudia por el Bachillerato de Ciencias, y yo por el Bachillerato de Humanidades o letras.
Lo cual significa, claro está, que Érika y yo volvemos a separarnos otra vez.
sábado, 7 de marzo de 2015
El blog cumple 3 años + disculpas atrasadas
¡Hola, bloggers! Sí, lo sé. han pasado ya dos semanas desde la última vez que publiqué algo, y que tal abandono por mi parte sin avisar ni nada no tiene perdón.
El motivo de la entrada de hoy es que, como bien habréis leído más arriba, el website cumple hoy 3 añitos. Una cifra corrientemente normal para la edad de un blog, pero que nunca está de más celebrarla. Tal día como hoy hace tres años, después de varios días anteriores retocando los escritos, por fin me decidí a crear un website para mi pequeño fanfiction, donde publiqué los tres primeros capítulos seguidos uno detrás de otro.
Tres años después desde entonces, y con la historia ya acabada, en realidad ahora el blog ya no tiene mucho sentido, puesto que para lo que fue creado ya está cumplido. Sin embargo, y como menciono en anteriores entradas, ahora me he propuesto continuar el fanfic haciendo una secuela, así que supongo que tampoco lo he dejado del todo, al menos por el momento.
No es para nadie ningún secreto decir que soy un estudiante universitario en su último año de carrera, y que como tal debe cumplir una serie de responsabilidades académicas que ponen en juego sus propios estudios, durante la recta final. Esto se traduce como una "época de estrés y agobio nunca antes vista", para que os hagáis una idea.
En mi caso particular, lo cierto es que cuento con alrededor de entre 8 - 10 horas diarias de trabajo, sumando aparte el tiempo que pierdo de transporte o los pequeños recados de compra o taxista que me toca hacer cuando no puede nadie más (entre 1 - 2 horas). Mientras que por las mañanas me voy al colegio como profesor de prácticas, por las tardes o voy a la escuela de idiomas (sí, por el inglés) o a hacer deporte.de arte marcial.
Si a todo lo demás le sumamos igualmente las reuniones que tengo en los seminarios con los profes (de obligada asistencia) algunas tardes, el desarrollo y la escritura de tres informes gigantes sobre las prácticas, o el mismísimo trabajo de fin de carrera que tengo que terminar para mayo, lo cierto es que el tiempo de ocio y relax se me disminuye en apenas unas 2 - 3 horas diarias, como mucho.
Como podéis imaginar, y después de hacer algunas de esas labores todas juntas y en un solo día, cuando llego a mi casa a veces por la noche se me quitan las ganas de hacer nada. Muchas veces incluso solo miro el correo y leo algunas novedades rápidas, antes de volver a apagar el pc e irme a dormir a la cama.
Esta es la rutina que llevo últimamente estas semanas, y por desgracia también la que llevaré durante los próximos meses, antes del verano. Se acerca la peor tormenta jamás conocida que he vivido como estudiante en toda mi vida.
Es por eso que me gustaría pediros disculpas por no habéroslo dicho antes, pero entre una cosa y otra siempre acababa olvidándome de hacerlo.
Yo por mi parte tampoco he perdido el tiempo, en las escasas horas libres de relax que tengo, y las he aprovechado de la mejor manera posible: escribiendo los capítulos de la secuela. Como buena noticia de este entrada, al menos puedo deciros que ya llevo los dos primeros capítulos escritos (los correspondientes a Enero y Febrero), y que a mi parecer son mucho mejores que los dos primeros de FF: MP. Intentaré seguir haciéndolo poco a poco y a este ritmo, porque llevan su trabajo redactarlos, y porque presiento que la secuela va a ser mejor que la primera (eso es lo que me anima y motiva).
Como resumen a todo lo contado en esta entrada, os aviso de que a partir de ahora no podré actualizar mucho el website, y que también intentaré esforzarme para tratar de seguir publicando las crónicas, que son mi principal objetivo ahora además de los capítulos. Me encuentro ahora en la recta final de la carrera universitaria, y por ello os pido paciencia para soportar la espera.
Gracias a todos por vuestra comprensión y... ¡nos leemos en la próxima entrada! ;D
sábado, 21 de febrero de 2015
Crónicas de un amor platónico (parte 20)
¿Es verdad eso de que los sueños, si crees en ellos, tarde o temprano se cumplen? ¿Realmente pueden hacerse realidad?
Siempre he creído, a lo largo de toda mi vida, que los sueños existen para cumplirse, y lo más importante para que esto suceda es tener el valor de atreverse a hacerlos, además de no perder nunca la esperanza. Porque si esto último se pierde, los sueños también mueren con ella, por mucho valor que uno tenga.
Cierto día en clase, en una hora libre en la que nos aburrimos y no sabemos qué hacer o de qué hablar, a Laura se le ocurre la idea de invitarme a participar en el próximo baile típico de nuestra tierra, organizado por el instituto para el día especial de nuestra comunidad autónoma, que se celebra muy pronto. La verdad es que al principio no me agrada la idea, pero luego de contarme que andan escasos de bailarines y que necesitan más chicos varones para emparejarlos con la tremenda cantidad de chicas que participan, pues al final me decido a apuntarme.
Laura lleva ya un tiempo en el grupo de baile, así que como ando medio perdido y tampoco es que sea un buen bailarín, pues bromeo diciéndole que ojalá me toque con ella, que es amiga mía, antes que bailar con cualquier otra desconocida.
Durante las primeras sesiones aprendo los pasos básicos, además de saber moverme con un mínimo de decencia, empleando para ello muchas veces las horas de descanso de los recreos. Para no llegar tarde a las sesiones incluso Laura y yo comemos rápido nuestro desayuno de media mañana, para luego ir corriendo al pabellón a ensayar. Durante esos días apenas descansamos en los recreos, pues falta muy poco tiempo para el gran día, y para lo cual Mandy también nos desea buena suerte.
Sin embargo, la verdadera sorpresa ocurre en una de esas sesiones, cuando estoy bailando y tengo como pareja a la misma profesora de educación física, que me está enseñando los nuevos pasos más difíciles. En eso que me está explicando dónde y cómo colocar los pies, de repente llega otra alumna para pedirle ayuda, ya que también tiene problemas, interrumpiéndonos a ambos. La profesora se dirige a ella y, al ver que el asunto no se resuelve con una simple respuesta, decide ayudarla igual que lo está haciendo conmigo.
Para ello me deja solo y se va con ella, indicándole a quien esa chica tiene como pareja que se venga conmigo a seguir bailando. De esa forma nos cambiamos de parejas.
Y de repente me sorprendo y quedo mudo, con el corazón latiéndome con fuerza, al descubrir en ese momento que mi nueva pareja es nada más y nada menos que Érika.
Ella se acerca y los dos nos quedamos solos, frente a frente y mientras las demás parejas siguen bailando a nuestro alrededor, hasta que por fin nos agarramos como corresponde a cada uno y empezamos a movernos. Enseguida noto que Érika sabe perfectamente los pasos de baile, al moverse con soltura, y le pido que por favor vayamos despacio, para seguirla y tratar de imitar sus pasos. Ella accede y los dos bailamos un poco más lento y despacio, enseñándome cada uno de los movimientos. Me resulta muy difícil no temblar y trato de disimularlo, a la vez que bailo, mientras me fijo en los pies de Érika y en cómo se mueven.
Me cuesta creer de verdad lo que estoy haciendo con ella.
Al acabar nos despedimos y cada uno va por su lado, aparentemente normal, cuando se acaba la sesión. Sin embargo, durante los siguientes días, me emociono al seguir teniéndola a ella como pareja, que se acerca diciéndome que la profe va a seguir ayudando a la otra chica con problemas. De esa manera acabo aprendiendo los pasos del baile con Érika, que a medida que acudo a las sesiones cada vez bailamos más rápido y lo hacemos mejor.
Y con ese mismo disimulo de estar siempre con ella, al final la profesora nos ve tantas veces juntos que decide ponernos como pareja fija para el gran día, algo en lo que Érika parece estar de acuerdo y asimila comentando con su ya típica sonrisa: "Si es que al final, después de tanto bailar juntos, tenías que ser mi pareja, ¿no?"
Sonrío de inmensa felicidad, incluso cuando llega el gran día. Me siento tan feliz que incluso soy capaz de ocultar el nerviosismo que tengo, antes de salir al escenario y de que empiece nuestro turno. Vestidos con nuestros trajes de gala típicos de nuestra tierra, para la ocasión, por fin bailamos lo ensayado delante de todo el instituto. A mi alrededor siento las cientos de miradas del resto de cursos, de los profesores, de nuestros amigos y compañeros de clase, y de nuestros padres. Incluso Laura, que está bailando con su propia pareja, y Mandy, observándonos desde el público, me miran muy asombradas por estar bailando con el que ha sido desde siempre mi amor platónico.
Al igual que cada persona debe estar pendiente de su pareja, Érika y yo también estamos pendientes el uno del otro, mirándonos y listos para realizar cada uno de los movimientos ensayados. El resultado no puede ser mejor, moviéndonos a veces juntos y a veces separados, pero en ambos casos estando en perfecta sincronización con el ritmo y los pasos al mismo tiempo. Además pienso que somos una de las parejas más observadas, no solo por nuestros trajes típicos más elaborados, sino también por nuestra danza y manera de movernos. Resaltamos con el resto de parejas presentes a nuestro alrededor.
Al acabar el baile, el público nos aplaude y grita por el espectáculo. Todos los participantes despejamos el escenario y volvemos a los baños a cambiarnos, momento en el que, estando solo, por fin sonrío de pura y auténtica felicidad. Tardo en creerme lo que acaba de pasar hasta que, ya en la salida del instituto y con ropa normal, Érika me felicita por el buen trabajo, y con la misma se despide de mí caminando hasta el coche de sus padres. La veo alejarse hasta desaparecer en la lejanía, y sonrío dulcemente con una agradable sensación de paz y bienestar, como nunca antes la he sentido.
Porque ese día, ese momento, para mí, es como un sueño hecho realidad. Porque creo haber vivido una de las fantasías infantiles con las que soñaba de pequeño, y que después de tantos años deseándolo, por fin se ha cumplido. Y gracias en gran parte a Laura, que ajeno a sí lo tenía todo planeado o no desde un principio, lo cierto es que este evento me ha hecho tan feliz que siempre lo recuerdo como uno de los momentos más felices de mi vida.
Sea o no un plan tuyo, te doy igualmente las gracias, Laura, ya que sin ti y sin tu invitación a que me apuntara al grupo de baile, nunca hubiera podido bailar con Érika. En ese sentido siempre te estaré enormemente agradecido.
Porque como acabo de comprobar con mis propios ojos y experiencia, los sueños también pueden hacerse realidad.
sábado, 14 de febrero de 2015
¡Feliz día de San Valentín!
¡Hola, bloggers! Como cada año, me paso nuevamente para felicitaros y desearos a todos un feliz y próspero día del amor y de la amistad. Porque yo lo considero también un día dedicado no solo a las parejas, sino también a los amigos y compañeros en general. Y porque como suele decirse, "Love is in the air"(¡No hay que discriminar a los solteros! xD)
Sobra decir que, para todos los que me conocen, no es ningún secreto revelar que este día es de mis favoritos del año, personalmente porque soy una persona muy romántica. Me enternece ver a las parejas demostrar su amor regalándose bombones o dedicándose románticas sorpresas inesperadas, al igual que los amigos y las familias felicitándose por un sentimiento compartido que los une: el amor.
Y existen además muchos tipos de amor, no solo el de pareja que casi todos conocemos, sino además otros muy variados, como por ejemplo el amor familiar, el fraternal o el de amigos en general (más conocido como "amistad"). Y es que, a pesar de ser todos diferentes y de demostrarse de distintas maneras, lo cierto es que todos ellos comparten el mismo sentimiento que impulsa y mejora el desarrollo de la humanidad, el que hace que nos queramos unos a otros independientemente de la persona.
El sentimiento del amor es la fuerza más poderosa jamás conocida, cuyo poder no conoce límites, y también es capaz de cambiarlo todo, a veces en cuestión de años, y otras en cuestión de segundos. El sentimiento del amor es lo que mueve a las personas a hacer lo que más les gusta, a justificar sus propias decisiones y opiniones, así como también a hacer felices a otras haciendo lo que más les gusta. Porque sienten que regalando amor se recibe amor.
Los seres humanos somos, salvo por alguna siempre oportuna excepción, seres amorosos por naturaleza, lo que nos convierte básicamente en osos de peluche de carne y hueso (extraño símil, ¿verdad? xD). Da igual lo que digamos, porque siempre repartimos amor en mayor o menor medida, ya sea a nuestra pareja y familia, como a amigos o compañeros lejanos. Incluso las acciones más pequeñas y seguramente menos insospechadas, como un simple saludo o despedida, un abrazo o una sonrisa, son muestras de cariño y afecto.
Por ello, y después de este pequeño testamento sobre dicho sentimiento, os invito a todos a que hoy repartáis amor a vuestro paso. Da igual con quien y a quien os dirijáis, o la forma en que lo hagáis. Ya sea con un abrazo, una sonrisa, o un simple saludo con la mano, esas personas os lo agradecerán. Y no solo ellas se verán beneficiadas sino también vosotros, al sentir que estáis regalando amor, y os sentiréis interiormente bien con vosotros mismos. Porque el amor anima y refuerza la autoestima.
Como regalo por mi parte en este día de san valentín, yo os regalo amor con un vídeo de WhiteLiolynx, un "Animash" con personajes de Disney, Universal y Lionsgate, cuya canción interpretada por Kesha lleva el título de "Your love is my drug". ¡Disfrutadlo! ^^
¡Sin más, os deseo a todos un muy feliz y romántico día de San Valentín! <3
¡Nos leemos en la próxima entrada! ;D
Crónicas de un amor platónico (parte 19)
No pasa mucho tiempo antes de que me dé cuenta, sorprendido, de que a los pocos meses realizamos dos nuevos viajes: uno de ellos a una fría región del norte, nevada, mientras que el otro a una nueva isla para mí inexplorada, a una nueva aula en la naturaleza. A pesar de ser todavía el mes de Abril, para nosotros el primero se trata, prácticamente, del esperado viaje de fin de curso, adelantado antes de tiempo. Al principio me emociono con la sola idea de viajar de nuevo, ya que no lo hago desde segundo año, y más aún sabiendo que iremos a una región donde posiblemente nieva, porque nunca antes he visto nevar en toda mi vida.
Mis ganas y mi motivación por embarcar aumentan al saber que emprenderé este nuevo viaje junto a mis amigos y amigas, junto a Laura y Mandy, y por supuesto también junto a Érika. No sé qué pensará ella al respecto, ni tampoco si ya habrá tenido antes la suerte de estar en una región nevada, pero para mí esto se trata de una nueva y emocionante aventura por descubrir, una nueva oportunidad única. Y también me doy cuenta de que, si está ella, su sola presencia me motiva y anima de una forma increíble. Porque vaya a donde vaya, si también está Érika, no me importa llegar hasta los confines más inhóspitos del mundo.
Así pues, nos alojamos en un gran albergue juvenil, al amparo en el centro de una pequeña localidad de Zaragoza, muy cerca de la cordillera de los pirineos. En esta ocasión comparto habitación con otros tres chicos, dos de ellos nuevos este año, y aunque al principio echo de menos la compañía nocturna de Laura y Mandy, no tardo en acostumbrarme a mis nuevos compañeros de habitación, que en realidad son buenos chicos. Una noche incluso llego a tener tanta confianza y a intimar con uno de ellos que al final acabamos hablando de nuestros amores platónicos, y le confieso una vez más a alguien mi amor secreto por Érika.
Para entonces me doy cuenta de que, además de las dos primeras chicas, ya hay más personas que conocen mi secreto, fuera incluso de mi círculo principal de amistades. En realidad me doy cuenta de que eso no es bueno, ya que cualquiera de ellos puede decírselo a Érika en cualquier momento. Pero lo cierto es que ya hace bastante de eso, y si por algún casual alguien ya se lo ha dicho y lo sabe, que no me extrañaría, la verdad es que la misma Érika no me ha comentado nada al respecto. No sé si ya sabe que estoy enamorado de ella o no, pero sigue tratándome como siempre: como compañeros de clase. Todo sigue aparentemente igual.
De este modo, a veces junto a ella y otras no, ambos vivimos varios momentos y aventuras en la nueva región nevada. Además de pasear montados a caballo, de conducir quads, de esquiar o de patinar sobre hielo, también realizamos excursiones a diversos sitios de interés cultural. En cada una de esas experiencias comparto con ella algún instante de saludo, de exclamación de sorpresa o de felicitación por hacer algo bien. Uno de esos claros ejemplos ocurre estando en la pista de hielo, cuando oigo a Érika felicitarme por lo bien que patino. Varios de mis compañeros también hacen lo mismo al verme patinar, considerando que lo hago bien, cosa que aprovecho para intentar lucirme haciendo movimientos "profesionales".
Otra anécdota muy graciosa y que recuerdo con bastante gracia es el momento que nos cuenta Mandy, durante su experiencia en el esquí. Estando ella caminando con los esquís puestos, de repente oye a sus espaldas el ruido del motor de una moto de nieve. Al girarse de da cuenta de que va directa hacia ella, de modo que acelera el paso moviéndose a trompicones, a la vez que la expresión de su rostro va cambiando a terror. Sigue caminando todo lo rápido que puede, mientras la moto sigue acercándose peligrosamente a ella.
Ya apurada, y viéndose a punto de ser atropellada por la espalda, al final no lo piensa más y se lanza a un lado de cabeza en la nieve, dispuesta a apartarse del camino de la moto. Pero cuál fue su sorpresa que, al levantar la cabeza, descubre enfadada que ésta da media vuelta y se va por donde vino, haciendo que su acción épica y heróica resultase bochornosamente vergonzosa.
Cierta noche también tengo que colarme en la habitación de Laura, Mandy y otras dos chicas para matar un insecto que hay en el baño, porque ninguna se atreve a hacerlo. A la pobre Laura la pilla en medio de la ducha y sale corriendo de la misma, no sin antes taparse con una toalla. Para cuando entro en el baño, grita y me dice que lo aplaste rápido, mientras retrocede y se aparta a un lado. Lo cierto es que la escena me recuerda mucho a esas de las pelis en las que una chica grita para que alguien acabe con el bicho que la provoca.
Entre los momentos que vivo con Érika recuerdo especialmente cuatro: el quedarnos los dos solos en el ascensor, darnos las buenas noches con una dulce sonrisa antes de irnos cada uno a su habitación, bailar en pleno pasillo del albergue con un grupito de diez compañeros de clase queriendo marcha, y el ver nevar por primera vez en nuestras vidas. Porque esa misma noche, estando ya con el pijama puesto, cuando alguien grita exclamando que está nevando, no lo pensamos dos veces.
Así mismo tal cual estamos, nos ponemos un abrigo y salimos fuera al aire libre, emocionados. Mi asombro sobrepasa con creces cualquier sorpresa que he vivido antes, al levantar la vista al cielo y poder ver y sentir caer en mi nariz los copos de nieve. También me fascina poder expulsar el aire gélido por la boca, el vapor al exhalar oxígeno, ya que no estoy acostumbrado a ello. Sonrío igual que Mandy y Laura, los tres emocionados por el fenómeno atmosférico que por primera vez en nuestras vidas tenemos la oportunidad de ver, tocar y sentir.
Para rememorar dicho momento especial Mandy y yo nos sacamos una foto mirando arriba, al cielo, mientras a nuestro alrededor caen los copos de nieve. Y por supuesto, cómo no, también me armo de valor y le pido por primera vez a Érika una foto con ella.
Estos son algunos de los recuerdos que me llevo del viaje a la región nevada, y que constituye otra importante aventura vivida junto a mis compañeros, amigos y amigas, a quienes aprecio mucho y quiero un montón.
Me siento muy feliz y agradecido con la vida.
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