sábado, 12 de mayo de 2012

Capítulo 14: El legendario Cañón Cosmo


Capítulo XIV
EL LEGENDARIO CAÑÓN COSMO
Eduardo se encontraba de nuevo en la entrada a las ruinas de una ciudad fantasma. La reconoció enseguida y supo que ya había estado ahí antes, en un sueño. No dejaba de recordar que estaba en un desierto a punto de morir, y se preguntaba a sí mismo continuamente cómo había llegado allí. Pensó que quizá ya estaba muerto y aquel lugar era el portal de entrada al otro mundo, si es que lo había.
Mientras pensaba por dónde empezar a andar, sus ojos volvieron la mirada a un rayo de luz proveniente un poco más lejos. Se sorprendió al recordar que la otra vez que visitó aquel lugar también surgió una misteriosa luz, y se quedó sin palabras al comprobar que también provenía del centro de la ciudad. Le vino de nuevo esa sensación de miedo y terror, y corrió siguiendo el mismo camino por entre las calles de aquella ciudad en ruinas que había recorrido en sueños tiempo atrás.
Encontró, como imaginaba, el parque central de la ciudad, florecido, lleno de vida y color. En el centro de aquella belleza de fuentes, manantiales y cataratas de agua pura se encontraba Marina, subida en una pequeña plataforma superior. La chica rezaba aparentemente tranquila y de rodillas, con los ojos cerrados.
Eduardo recordó en ese entonces lo que a continuación ocurría en su sueño. Preocupado, observó por los alrededores buscando indicios malignos, y suspiró al ver que tras un par de segundos no sucedía nada.
Sin embargo, su tranquilidad se esfumó al comprobar con sus propios ojos que apareció un agujero de oscuridad frente a las escaleras que comunicaban con la plataforma. Tal y como recordaba, Asbel surgió del agujero oscuro vestido de negro y armado siniestramente con su gran espada hacha.
El chico hizo aparecer mágicamente la llave espada en su mano y corrió al ver que el espadachín de negro caminaba lentamente por las escaleras directo a Marina. Ya había visto lo que iba a hacer una vez, y no estaba dispuesto a permitir que volviera a ocurrir. Eduardo gritaba el nombre de su amiga para avisarla y decirle que huyera, pero ésta parecía no oírle. Estaba tan concentrada en su oración que permanecía ajena al peligro que le esperaba.
En aquella ocasión, el joven logró alcanzar a Asbel cuando llegó a la plataforma, y le atacó desprevenido por detrás con la llave espada. Sorprendido y sin palabras, el espadachín de negro bloqueó su ataque con su arma sin ni siquiera darse la vuelta. Dándole la espalda al chico, una poderosa fuerza que no había visto hasta ahora empujó a Eduardo y lo lanzó por los aires hasta acabar rodando por el suelo un poco más lejos.
El chico se levantó con esfuerzo y vio horrorizado nuevamente cómo su antiguo mentor de la esgrima atravesaba con su espada el estómago de la maga:
- ¡¡Marina!!- gritó Eduardo.
Ya era demasiado tarde. Al igual que la última vez, había fallado tratando de salvar a su amiga. No podía hacer nada frente al nuevo y oscuro poder de Asbel, que retiró su arma ensangrentada del cuerpo inerte de la maga, que cayó al suelo sin vida.
Llenó de rabia, el chico se puso en guardia con la llave espada en la mano, dispuesto a luchar contra el espadachín. No podía quedarse de brazos cruzados ante lo que acaba de hacer Asbel, y tampoco podía perdonarle por sus actos.
Su antiguo mentor dio media vuelta y le dirigió la mirada con sus ojos fríos y oscuros. Eduardo no lo dudó más. Estuvo a punto de dar el primer paso para correr a atacar a su enemigo cuando de repente apareció otra persona a su lado, que corrió directo hacia Asbel:
- ¿¡Jack!?- preguntó el chico, perplejo.
No le quedaban dudas, realmente era su amigo el mago, el mismo que le había salvado la vida a él y a Erika en la Tierra. Aquella vez tenía algo diferente. Su mirada llena de rabia y furia guiaba sus movimientos agresivos e impulsivos, algo poco frecuente en él:
- ¡¡Espera, Jack…no lo hagas!!- exclamó el joven.
Pero ya era demasiado tarde. El mago corría directamente hacia Asbel mientras empuñaba su bastón mágico para atacar al espadachín oscuro. La batalla final entre los dos eternos rivales era ya inevitable y estaba a punto de comenzar:
- ¡¡Parad, por favor…!!- gritaba Eduardo- ¡¡Ya basta!!
Antes de que los dos llegaran a colisionar en un duro enfrentamiento, el espacio se distorsionó y todo comenzó a dar vueltas. El chico recordó que pasó lo mismo la última vez justo en ese momento. En medio de la confusión, deseando que aquello fuera una pesadilla, cerró los ojos mientras todo a su alrededor se volvía negro hasta convertirse en la más profunda oscuridad.

En ese momento en que no veía nada, una misteriosa y cálida voz le habló diciendo:
- Escúchame, joven elegido de la llave espada…todavía no ha llegado tu hora, no puedes morir aquí. Debes salvar este mundo junto a la elegida de la vara mágica.
- ¿Quién…eres?- preguntó el chico, con esfuerzo y delirando.
- Sólo cuando lo hayas hecho, el destino decidirá tu muerte…hasta entonces, debes permanecer con vida.
El joven no podía pronunciar palabra. Se encontraba muy cansado y exhausto. La voz que le hablaba le dijo con eco en sus últimas palabras:
- Despierta, Eduardo…despierta…

El chico abrió poco a poco los ojos. Estaba tumbado en una especie de cama de hojas. Observó con los ojos cansados y pesados la estancia en la que se encontraba. Le resultó curioso observar que estaba en una pequeña cueva iluminada por diminutos agujeros de la parte superior por los que entraba la luz del sol:
- ¿Dónde…estoy?- balbuceó delirando- ¿Qué ha…pasado?
Al girar la cabeza lentamente vio a alguien conocido al otro lado de la habitación. Un perro sentado a espaldas suyas miraba pacientemente por la ventana. No tardó en reconocer su silueta:
- ¿Rex?
Éste se giró y su rostro sonrió al ver despertar al chico. Exclamó de furor:
- ¡Eduardo, estás bien, qué alegría!
- ¿Dónde estamos?
El perro sonrió de nuevo diciendo:
- Estamos a salvo en mi hogar, mi pueblo natal.
- ¿Quieres decir qué…?
Rex asintió con la cabeza:
- Sí, hemos llegado al Cañón Cosmo.
El chico se sorprendió al oír aquello. Después de todo lo que habían pasado, no podía creérselo. Creía que se trataba de otra de las tantas ilusiones que había visto mientras vagaba por el desierto de Geonyria. Tras palparse con las manos la cara y el torso, y el hocico del can a su lado para asegurarse, sonrió de oreja a oreja y supo que no era un sueño. Realmente estaba a salvo.
Tenía ganas de gritar y saltar de alegría, y de contarles a sus amigos todo por lo que había pasado. En ese mismo instante se acordó de los dos magos:
- ¡Espera! ¿Y los demás?- preguntó de repente, preocupado.
- Tranquilo, están bien- respondió Rex- un poco agotados por el viaje, pero de una pieza.
En ese momento aparecieron por la entrada de la pequeña cueva Jack y Marina, quienes también se alegraron de ver al joven despierto:
- ¡Ya era hora, hombre!- exclamó Jack.
- Al fin despiertas, dormilón- sonrió Marina- llevas durmiendo más de tres días. Pensábamos que no saldrías de ésta.
Eduardo sonrió feliz al ver que sus amigos seguían vivos. Suspiró aliviado sabiendo que, a pesar de soportar los peligros de Geonyria, habían logrado atravesar el desierto y llegar a su objetivo.
Su felicidad duró poco al sentir que aún faltaba alguien. Pálido al recordar a esa persona y lo mucho que había sufrido durante su compañía, preguntó bastante preocupado:
- ¡Esperad! ¿¡Dónde está Erika!?
Todos bajaron sus rostros, con el semblante oscuro. Aquello hizo que el chico palideciera todavía más, hasta ver el miedo reflejado en su cara. Tembló al pensar que no habían encontrado a su amiga en el desierto, o quizá algo peor:
- Sigue durmiendo en otra habitación- contestó la maga- su estado es más grave que el tuyo, y los curanderos de esta aldea aún no saben si se recuperará.
- ¿¡Qué!?- exclamó Eduardo, perplejo- ¡no puede ser, tengo que verla!
El joven trato de levantarse, pero un fuerte dolor le hizo quejarse impidiéndole el movimiento:
- ¿¡Eduardo, qué haces!?- le reprochó Jack- ¡Todavía no estás en condiciones de levantarte!
- ¡Me da igual!- decía mientras se retorcía de dolor- ¡no puedo quedarme…!
- ¡¡Sí que puedes!!- alzó una voz desconocida de repente.
Por la entrada de la estancia apareció un nuevo perro que se parecía mucho a Rex. Sin embargo al contrario que éste, el nuevo can aparentaba ser más anciano que él:
- ¡Maestro Bugen!- exclamó Rex.
- ¡Madre mía, qué impacientes son los jóvenes de hoy en día!- se quejó el perro anciano caminando hacia ellos- ¡Hacen todo lo que quieren sin importarles su salud!
- ¡Usted no lo entiende!- dijo el chico- ¡Erika corre peligro y no sabemos si sobrevivirá…debemos ir con ella!
El anciano lo miró y le dijo seriamente:
- Dime, muchacho...cuando llegues a su lado, ¿detendrás el veneno? ¿Crees que podrás salvarla?
Eduardo calló de repente al oír las palabras del perro. Supo que tenía razón, no contaba con ningún antídoto ni magia curativa para sanar enfermedades. El anciano can, tras ver que el chico se había calmado, suspiró y comenzó a decir:
- El veneno de los escorpiones del desierto de Geonyria no es un veneno cualquiera. Hay pocos antídotos que curan esta grave enfermedad, y sus efectos mortales acaban enseguida con todo lo que infecta- y luego añadió bastante sorprendido- me sorprende que tu amiga siga con vida después de varios días infectada con el veneno…debo ser sincero, ya que nunca había visto un caso igual.
En ese momento se acercó a Eduardo y puso una de sus patas en su frente. Ésta comenzó a brillar rodeada de una pequeña aura verde que la cubría, y el chico repentinamente sintió que el dolor se iba poco a poco. Lo estaba recuperando con la magia cura:
- Eres un joven muy valiente, chico. No hay muchas personas en el mundo que se atreven a enfrentarse a esos monstruos del desierto. Ni siquiera los valientes guerreros de nuestra aldea osan desafiar a un escorpión de Geonyria.
Eduardo miraba al anciano sorprendido mientras lo curaba:
- Sin embargo, podrías haber muerto. De hecho, casi lo estabas cuando te encontramos ¿sabes? Pasábamos por el desierto con la partida de caza cuando te vimos a ti y a Erika inconscientes en la arena, a merced de una de esas criaturas. Si hubiera sido uno sólo de nosotros no se nos hubiera ocurrido luchar siquiera contra el escorpión, pero tuvisteis suerte de que fuéramos un numeroso grupo de caza. Somos demasiado generosos y no podíamos dejar que murierais, así que enfrentamos al monstruo con fuego y os salvamos de una muerte segura.
Jack, Marina y Rex tampoco dejaban de prestar atención al perro de Kengo:
- Poco después encontramos a tus tres amigos, aquí presentes, y os llevamos con nosotros a la aldea- explicó el anciano- desde entonces, llevas dormido un par de días en este lugar. Creíamos que no despertarías nunca.
En ese momento intervino Rex:
- Maestro, ¿no deberías presentarte como es debido?
- ¡Tienes razón, qué cabeza la mía!- sonrió el otro perro- me llamo Bugen y soy el anciano sabio líder de la aldea de Kengo…- miró al chico, al que le quitó la pata de la frente y le dejó espacio- ¿y tú cómo te llamas, joven?
- Eduardo- respondió él, totalmente recuperado.
- Imagino que querrás ir a ver a Erika, ¿cierto?- preguntó Bugen.
- Más que nada en estos momentos.
- Bien, seguidme todos- indicó el anciano can- os llevaré hasta ella.
Eduardo se levantó con increíble facilidad. No podía creer la capacidad curativa de Bugen, que lo había sanado por completo en apenas unos minutos:
- Muchas gracias, Bugen- dijo él, agradecido.

El grupo salió de la pequeña cueva siguiendo al anciano, y caminaron por unos pasillos rocosos naturales. Al fijarse en las paredes, Eduardo pudo comprobar que realmente se trataban de rocas volcánicas por diferentes capas. Se sorprendió bastante al mirar por las ventanas y espacios el inmenso paisaje rocoso que los rodeaba. A lo lejos podía verse los confines desérticos de Geonyria, e imaginó que se encontraban en el Cañón Cosmo. Toda aquella estructura se había formado de manera natural por la erosión del lugar, dando lugar a una sorprendente casa montaña en la que vivía la tribu canina de Kengo.

No tardaron en llegar a una nueva entrada, en la que en el centro de la estancia estaba Erika acostada en otra cama de hojas. A su lado la acompañaba otro perro igual a Rex y Bugen, que la atendía. Era mucho más joven que el anciano, más o menos de la edad de Rex. Éste se alteró repentinamente, y al ver al otro can, dijo preocupado:
- ¡Maestro Bugen, la salud de la chica humana empeora!- exclamó- le está subiendo mucho la fiebre, más que los otros días, y su pulso cada vez es más débil.
Los demás también se alteraron al oír aquello. Corrieron a acercarse a la chica y Bugen se puso junto a ella:
- He intentado usar mi magia curativa, pero no consigo que baje la fiebre- explicó el nuevo perro- por eso le he colocado hierbas medicinales en la herida, para calmar un poco el dolor.
Tras analizar y verificar la situación, el anciano dijo también preocupado:
- Es terrible…el veneno de escorpión corre rápidamente por sus venas, y se encuentra en estado crítico. No sobrevivirá mucho tiempo más.
- ¿Qué quieres decir, Bugen?- preguntó Jack- ¿de verdad Erika va a…?
La salud de la chica empeoraba por momentos. Empezaba a quejarse y no podía soportar el intenso dolor que sentía por todo su cuerpo. El anciano can, tras ver la situación de la joven y pensarlo durante unos segundos, no lo dudó más. Sabía que no le quedaba mucho tiempo:
- Llegados a este punto, no me queda más remedio que usar la magia curativa más poderosa de todas.
Bugen puso sus patas sobre la joven y conjuró las palabras de un hechizo mágico curativo. Centrándose en la herida de su pierna derecha como origen del veneno, pronunció unas palabras en un extraño lenguaje antiquísimo para conjurar el hechizo mágico. Visiblemente pareció dar resultado, ya que Erika se calmó un poco durante unos segundos.
Sin embargo el dolor volvió, y parecía más intenso que antes. Bugen puso rápidamente una pata en la herida y la otra en la frente de Erika. Repitió el mismo proceso que había usado con el chico, pero diciendo extrañas palabras que sólo los antiguos ancestros de la tribu Kengo sabían.
Eduardo observaba la operación sin palabras. Su corazón se situaba entre dos latidos al ver a su amiga sufriendo por la enfermedad, y deseaba con todas sus fuerzas que se recuperara. El joven se quedó perplejo al ver a Bugen resplandecer con todo su cuerpo de verde, con los ojos cerrados. Diminutas estrellas brillantes del mismo color se desprendieron del cuerpo del perro y fueron a parar a la chica, a la que tras unos minutos de profunda tensión, se calmaba mientras volvía poco a poco a la normalidad. Los demás observaron que la macha negra que tenía la herida de Erika desapareció sin dejar rastro. El veneno y la fiebre habían desaparecido del cuerpo de la joven, la cual se calmó completamente y dejó de sentir dolor.
Tras finalizar la operación, Bugen dejó de brillar de verde. Apartó sus patas de Erika y miró a su aprendiz de médico diciendo:
- Lo has hecho muy bien, Koren…algún día serás un gran médico de Kengo…y salvarás a todos los que atiendas.
- Gracias, Maestro Bugen- dijo agradecido el perro.
Los demás se acercaron a Erika, preocupados. Viendo que no despertaba, pensaron que la magia del anciano no había dado resultado. Sin embargo, se alegraron al observar que la chica abría poco a poco los ojos. Con los ojos llenos de lágrimas, todos sonrieron alegremente mientras la abrazaban. Se había salvado milagrosamente de una muerte segura.

Después de varios segundos de descanso, la joven se levantó de la cama de hojas, y acudió a agradecer al anciano can su ayuda, sin la cual en aquellos momentos no estaría viva. Tras presentarse ambos, ella le dijo:
- Muchas gracias, Bugen. De no ser por ti, ahora mismo no estaría aquí.
- No hay de qué, Erika- sonrió a su vez el perro- no podía dejar morir a la elegida de la vara mágica.
Todos se sorprendieron al oír aquello. Perpleja, la chica preguntó:
- ¿Cómo sabes que soy yo?
- Puede que mis ojos no lo perciban, pero mi olfato nunca me engaña…- sonrió Bugen, que después miró a Eduardo- e imagino que tú debes de ser el elegido de la llave espada.
El chico asintió con la cabeza, y el anciano perro les dijo a los dos jóvenes:
- Desde que os vi a ambos, supe que erais los elegidos de la profecía.
- Pero sigo sin entenderlo…- dijo Eduardo, confuso- ¿cómo lo sabes?
- Digamos que…lo sé todo- sonrió Bugen pícaramente, que luego se dio la vuelta y les indicó que le siguieran- ahora, si sois tan amables, tengo que enseñaros una cosa.

Sin oposición a su petición, todo el grupo siguió al anciano can, que les llevó fuera de la estancia y salieron al exterior de la montaña rocosa. Eduardo se tapó los ojos con la mano para proteger su vista de la cegadora luz del sol que los iluminaba. Tras adaptarse a la claridad del ambiente, bajó su mano y contempló asombrado con una sonrisa de oreja a oreja a un montón de seres iguales a Rex y Bugen. Había muchos perros reunidos en pequeños grupos alrededor del gran lugar del Cañón Cosmo. Algunos conversaban entre ellos, otros se tumbaban para tomar el sol, y muchos cachorros jugaban correteando en la plaza central vigilados por sus padres un poco más lejos.
El chico observaba toda la aldea canina de Kengo asombrado y feliz. Jamás hubiera imaginado que existieran poblaciones así, todo le parecía demasiado mágico e increíble:
- ¿Y aquí sólo viven perros?- preguntó Jack por curiosidad.
- Así es- afirmó el anciano mientras caminaban- creo que sois los primeros seres humanos que visitáis esta pacífica aldea.
Se dieron cuenta de que Bugen tenía razón ya que por donde pasaban, los demás perros de Kengo no podían evitar girar la cabeza. Los miraban con asombro y perplejidad. Parecía que nunca antes habían visto humanos en su vida:
- ¿Creen que somos peligrosos?- preguntó Marina al ver a más de uno alejarse de ellos.
- Tienen miedo…es normal cuando ven o sienten algo que desconocen.
- ¿Y a qué se debe eso?- dijo Erika andando detrás de Bugen.
- Verás…es que los humanos os habéis ganado una reputación en esta aldea, y no precisamente buena que digamos.
- ¿Qué quieres decir?- preguntó Eduardo.
- Debido a la ambición de los seres humanos por conseguir el más preciado tesoro del Cañón Cosmo, los perros de Kengo han desarrollado un sentimiento de terror y odio hacia ellos. Esa es la razón por la que os tienen miedo.
- ¿Tesoro?- indicó Jack- ¿Qué tesoro?
- ¿Es que nunca habéis oído hablar de la leyenda del Cañón Cosmo?- preguntó Bugen sorprendido.
Ante las negaciones con la cabeza de los miembros del grupo, el anciano can suspiró y comenzó a decir:
- Hace muchísimos años, antes de que se formaran las primeras civilizaciones de Limaria, uno de nuestros ancestrales antepasados caninos fundó la aldea de Kengo, en este mismo cañón al que bautizó con el nombre de Cosmo. Tradicionalmente siempre se le recuerda como el perro Kengo más poderoso de la historia de nuestra especie, pues llevaba consigo la fuerza de una de las criaturas más poderosas del planeta. Un aliado que residía en una pequeña esfera roja y que ardía en llamas a su alrededor. Lo controlaba como si fuera parte de su ser, y con su fuego arrasaba todo a su paso.
- ¡Espere!- exclamó Jack, perplejo- ¿Se refiere al guardián de la fuerza Ifrit, el espíritu demoniaco del fuego?
Bugen asintió con la cabeza:
- Veo que estáis al tanto del tema, supongo que sobran las explicaciones al respecto.
El anciano continuó hablando mientras decía:
- Con el paso del tiempo, cuando murió el fundador de Kengo, la esfera del G.F desapareció misteriosamente y sin dejar rastro. Nadie conoce el paradero de su esfera en la actualidad. Se dice que el espíritu ardiente de Ifrit continúa vivo en este lugar, y que lo protege de los peligros del exterior.
- Es una analogía con el desierto de Geonyria, ¿verdad?- comentó pensativa Marina- el calor y las trampas mortales de estas tierras representan a Ifrit, que protege a los aldeanos Kengo.
- Has acertado- afirmó el can- por fortuna Geonyria es nuestra barrera de protección ante los numerosos humanos que han intentado llegar a este lugar, en busca de la esfera de invocación de Ifrit. Piensan que la tenemos nosotros escondida en el Cañón Cosmo, y por eso la consideran el mayor de los tesoros del desierto de Limaria. Muchos ahí fuera consideran el Cañón Cosmo como un lugar ancestral y legendario, lleno de míticas y fantásticas leyendas relacionadas con el guardián de la fuerza.
- Vaya, no sabía nada de esa leyenda…- dijo Erika sorprendida, que luego añadió con firmeza- por nosotros no os tenéis que preocupar, que no pensamos robaros ni tampoco hemos venido en busca de ningún tesoro.
El anciano Bugen sonrió diciendo:
- Lo sé, de lo contrario no estaríais aquí, ¿no crees?
En ese momento intervino Rex, que le dijo al otro perro:
- Maestro Bugen, ¿no se olvida de algo?
- ¡Ah sí, ya me olvidaba…qué cabeza la mía!- exclamó el can- la leyenda no acaba ahí, ni mucho menos.
- ¿Cómo?- preguntó Eduardo, confuso- ¿Es que hay más?
- Surgió como última voluntad del fundador de la aldea, y está escrito en una de las paredes del Cañón Cosmo por su propia pata. Dice así que algún día, en un futuro bien lejano o cercano, aparecerá un perro de la tribu de Kengo, que logrará encontrar la esfera del G.F y será el elegido para controlar el espíritu de fuego de Ifrit. Ese perro es el que traerá la paz y armonía próspera del resto de futuras generaciones Kengo.
- ¡Es increíble! - dijo Eduardo con asombro- ese perro seguramente será todo un prodigio en su especie.
- Estoy de acuerdo contigo, joven- dijo el anciano Bugen- sin duda, sería digno de honor tener a esa leyenda como líder de la manada Kengo. Mis padres y abuelos me contaban esa historia, que se transmite de generación en generación en esta aldea. Llevo soñando con conocer a ese perro desde que tengo uso de razón, y es el sueño de mi vida.
En ese momento bajó la cabeza y suspiró diciendo:
- Pero puede que ese elegido del poder de fuego aparezca dentro de aún muchos años, cuando ya no viva. Dentro de poco tendré que jubilarme para dejar el puesto de líder Kengo a otro, y todavía no tengo claro quién es el más adecuado para serlo.
- No digas eso, Bugen- intentó animarlo Erika- seguro que ese perro aparecerá dentro de poco tiempo, y alomejor incluso está más cerca de lo que crees. No pierdas la esperanza.
- Muchas gracias por tus palabras, jovencita- sonrió de nuevo el can- desde luego sabes cómo animar a este viejo anciano.
A partir de entonces continuaron el camino atravesando el resto de la aldea. Aún no sabían qué era exactamente lo que quería mostrarles el perro Bugen, y tampoco tardarían demasiado en saberlo.

Siguieron caminando por unas escaleras rocosas que los llevo hasta lo más alto del Cañón Cosmo, en la cual había una entrada a otra cueva. Desde allí se podía divisar toda la aldea de Kengo y en el horizonte los límites del desierto de Geonyria:
- Bienvenidos a mi humilde hogar- dijo el anciano can- no es muy grande ni cómoda, pero os aseguro que es acogedora.
Bugen los invitó a entrar y los demás aceptaron, adentrándose en ella. Caminaron por un corto pasillo hasta llegar a una nueva sala, en la que había un pequeño lago de agua cristalina en el centro de la misma:
- Esperad un momento por favor, enseguida os lo enseño.
El perro caminó hasta una palanca que había al otro lado de la sala y la accionó con los dientes. El agujero del techo por el que entraba la luz del sol se tapó con una densa capa de hojas, y la habitación en la que se encontraban quedó a oscuras.
Bugen dejó a un lado la palanca y se acercó hasta el lago del centro, en el que misteriosamente su agua brillante iluminaba la sala de diferentes tonos azules. Pronunció una serie de palabras del mismo lenguaje ancestral que había usado para recuperar a Erika, y tras unos segundos de incertidumbre, un hermoso manto de estrellas cubrió la estancia entera.
Sorprendidos y maravillados al verse rodeados e inmersos en el mapa del universo, observaban fascinados y asombrados el gigantesco sol en el centro de la sala, la vía láctea, los asteroides, las estrellas y los planetas dispersados por toda la habitación.
Eduardo contemplaba sin palabras aquel mágico mapa casi virtual, y trató de tocar con la mano un planeta, el cual atravesó como si de aire se tratara. De repente, una veloz estrella fugaz le sorprendió y sobresaltó al verla dar vueltas alrededor de él. Curioso, trató nuevamente de cogerla con las manos, pero era tan rápida que no pudo atraparla y se alejó del joven para dirigirse a la chica, un poco más lejos.
Eduardo se quedó por unos segundos atontado al ver que la estrella que perseguía fue a parar a su amiga de la infancia. Unas estrellas fugaces corrían alrededor de Erika, mientras ésta reía de felicidad intentando tocarlas con las manos. El efecto brillante de las luces, el fondo del mapa del universo y la calidez de las estrellas fugaces hacían de la escena un momento mágico que el chico no pudo evitar mirar con gran sorpresa. El corazón le latía rápidamente y supo que aquel instante quedaría grabado para siempre en su memoria.
Hipnotizado por la belleza que desprendía su amiga con las estrellas fugaces, tardó en darse cuenta que ésta lo miraba a él con una sonrisa jovial. Cuando volvió en sí, sacudió la cabeza rápidamente a ambos lados y giró su mirada, bastante colorado. Erika lo miró por un instante y sonrió cálidamente, antes de volver la mirada al anciano Bugen, que dijo en ese momento:
- Bien, a lo que íbamos…observad el sol, por favor.
Todos centraron sus miradas en la gran estrella solar. Al cabo de unos segundos de intriga, hubo una pequeña explosión en un lateral del sol, de la cual se desprendió sorprendentemente un gran trozo de asteroide. Al principio ardió en llamas, pero luego se enfrió y convirtió en un trozo rocoso aparentemente normal:
- ¿Qué es eso, Maestro Bugen?- preguntó Rex.
- Espera y lo verás- dijo sin más el anciano.
Continuaron observando a aquel asteroide corriendo lentamente por el universo, que de momento no suponía ninguna amenaza para los demás planetas del sistema solar. Sin embargo, los demás palidecieron al darse cuenta de que éste se dirigía directamente hacia un planeta muy conocido por todos:
- ¡¡Meteorito!!- exclamaron los presentes, perplejos.
- Así es…- afirmó Bugen- ese trozo de asteroide se acerca cada día más a nosotros. Limaria está sufriendo, porque sabe que se acerca su hora. Teme por su vida y la de todos los seres que habitan en ella…en ambos mundos.
- ¿Ambos mundos?- preguntó confuso Eduardo- ¿Qué quieres decir?
El grupo siguió escuchando con atención las palabras del anciano can:
- Este mundo es un universo paralelo al vuestro, al que llamáis “La Tierra”. Está firme y peligrosamente conectada a Limaria. Podemos decir que los dos mundos nacieron juntos al mismo tiempo.
- ¿¡Qué!?- exclamaron todos, sin palabras- ¿¡Es eso posible!?
Bugen asintió con la cabeza y continuó hablando:
- Desde el principio de los tiempos, ambos mundos estaban separados en diferentes dimensiones por una barrera tridimensional que impedía el contacto entre ellos. Los dioses crearon esa barrera para mantener la paz entre los dos mundos, poniendo como condición que ninguno de ellos intente destruirla. En caso de desobediencia, ellos mismos enviarán todo su poder y castigarán con la muerte a ambos mundos.
- Maestro Bugen, ¿esa es la vieja leyenda de Limaria?- preguntó Rex.
- Sí- contestó el anciano- la misma que te contaba cuando eras un cachorro.
En ese momento intervino Erika diciendo:
- ¿Quiere decir entonces que…la barrera ha sido destruida?
- Desgraciadamente sí, y aún se desconocen las razones y los medios…pero el que lo hizo nos ha condenado a todos- afirmó Bugen- como prueba de ello, Jack fue a rescataros a vuestro mundo, y vosotros ahora estáis aquí en Limaria. Ambas realidades totalmente distintas suponen un completo desequilibrio para los dos mundos, que nunca debieron encontrarse.
Fue entonces cuando Jack preguntó:
- ¿Qué pasará si Meteorito llega a Limaria?
El anciano can les indicó que observaran nuevamente al asteroide, y los demás centraron sus miradas en Meteorito. Tras unos segundos de silencio y profunda tensión, el asteroide colisionó finalmente contra el mundo de Limaria, y se produjo una gran explosión planetaria que cegó a todos.
Cuando volvieron a abrir los ojos, el miedo y el terror se reflejó en sus caras. No había ni rastro de Limaria, el planeta había desaparecido del universo.
Sin palabras para expresar el temor que sentían y viendo que habían comprendido la gravedad de la situación, el anciano Bugen susurró un par de palabras del lenguaje ancestral Kengo. De repente toda la habitación volvió a quedar a oscuras, y tras accionar el anciano nuevamente la palanca, el agujero del techo volvió a abrirse dejando iluminar la estancia rocosa con la luz del sol. Todo el lugar y sus ocupantes volvieron a la normalidad:
- Eso es lo que pasará si Meteorito llega a Limaria. La existencia tal y como la conocemos desaparecerá para siempre. Y vuestro planeta, la Tierra, lo hará con él. Ambos mundos coexisten y viven juntos, no se pueden separar…de modo que si uno desaparece, el otro también lo hará.
Eduardo y Erika no creyeron lo que oían. Acababan de comprender que si no salvaban Limaria, su mundo también sería destruido. Aquello suponía una gran responsabilidad para dos jóvenes, que perplejos y sin palabras, comenzaban a tener miedo de que fallaran. El anciano Bugen los miró a los dos:
- Sin embargo, si la profecía es cierta, los dos elegidos de la luz unirán sus fuerzas y salvarán ambos mundos de su destrucción.
Viendo que los dos jóvenes parecían tener dudas sobre sí mismos y su labor en aquella dura misión, el anciano can se acercó a ellos y les dijo con confianza en sus palabras:
- Confío plenamente en vosotros- sonrió- estoy seguro de que haréis todo lo posible en vuestras manos para salvarnos a todos. No me cabe duda.
Al cabo de unos segundos, ambos se miraron todavía confusos. No se sintieron del todo seguros hasta que Bugen les tocó las manos con su hocico y les sonrió en gesto de confianza. Los dos jóvenes sonrieron y repentinamente sintieron seguridad en sí mismos. Miraron al perro y le dieron las gracias, quien les correspondió con una sonrisa y les dijo:
- Imagino que necesitaréis descansar por el largo viaje del desierto… ¡podéis quedaros aquí esta noche, no hay ningún problema!
Los demás miembros del grupo lo miraron y, junto a Eduardo y Erika, dijeron a coro con una sonrisa:
- ¡Muchas gracias, Bugen!

Esa misma noche, la aldea de Kengo celebraba un baile en la plaza central del Cañón Cosmo, en honor a sus invitados. El anciano de la tribu les había comunicado a los demás que Jack y compañía no eran peligrosos, ni tampoco malvados. Todos los perros los habían aceptado y comprendido que, a pesar de las cosas malas que oían de los seres humanos, no todos eran tan malos como los imaginaban. En aquellos momentos bailaban alrededor de la hoguera central, representando la fuerza y resistencia del espíritu ardiente del G.F Ifrit. Con aquel baile querían transmitirles la cultura Kengo y desearles suerte a los viajeros en su larga travesía por el mundo mágico de Limaria.
Mientras Jack y Marina probaban la comida típica de la aldea Kengo rodeados de perros con los que charlaban, Erika bailaba alegre y llena de energía junto a los canes en medio de la plaza.
Eduardo observaba aquella cultura y forma de vida hasta entonces desconocida para él. Le resultaba de lo más interesante, cálida y acogedora. Había probado los más importantes platos preparados por perros de la aldea, y le sorprendió gratamente comprobar que le gustó mucho su sabor típico.
En ese momento llegó Rex, que se sentó junto al chico y observó el panorama alegre y animado de la aldea. Eduardo le comentó con una sonrisa:
- ¿Estás contento, verdad? Por fin conseguiste lo que querías.
- Sí, supongo que sí…- dijo no muy convencido.
- ¿Qué te pasa?- preguntó el chico al verlo deprimido- ¿no te alegras de volver a casa?
- Es que…pensé que durante el trayecto encontraría lo que buscaba…pero me equivoqué.
- ¿A qué te refieres?
- Llevo toda mi vida, desde que era un cachorro, con un único objetivo en mente: convertirme en el líder de la aldea Kengo. Había escuchado del maestro Bugen repetidas veces las antiguas historias del primer fundador de la tribu, y sus increíbles hazañas, que le convirtieron en una leyenda. Siempre me he maravillado con su historia, y desde pequeño jugaba a ser cómo él. Por eso, cuando crecí y me hice mayor, decidí encontrar algún día la esfera del G.F de fuego. De esa forma podría demostrar a los demás que soy digno merecedor del liderazgo de esta aldea.
- Vaya, no lo sabía…- dijo el chico, sorprendido.
- Es el mayor sueño de mi vida, y por eso aún no me siento del todo bien…no hasta que haya cumplido mi sueño…- y luego añadió tras un suspiro- puede que, después de todo, yo no sea el perro del que habla la leyenda de Kengo.
- No digas eso, Rex…- intentó animarlo el joven-he visto lo que has hecho estando con nosotros. Nos salvaste a todos en el laboratorio Muerte, y luchaste valientemente contra un escorpión de Geonyria, tú solo. Además, siempre estás ahí cuando la situación se complica, y luchas arriesgando tu vida por los demás. A pesar de lo que digas, yo te considero un gran líder, y te daría el puesto sin dudarlo.
El perro lo miró sorprendido por sus palabras, que luego sonrió y dijo agradecido:
- Gracias, Eduardo.
En ese momento el can se levantó y dijo firmemente con una sonrisa:
- ¡Decidido! ¡Encontraré la esfera de invocación de Ifrit…y le demostraré a Bugen que puedo ser un buen líder de la aldea Kengo!
Luego miró al chico y le dijo:
- Eso, si me permitís continuar el viaje con vosotros.
Eduardo sonrió diciendo:
- Claro que sí, Rex…para mí, siempre has sido uno de los nuestros.
Ambos sonrieron, y el perro asintió alegremente con la cabeza:
- Muchas gracias.
En ese momento Rex salió corriendo. Se acercó y unió al grupo de baile junto a los demás perros de la aldea. Se sentía feliz al ser aceptado por sus amigos humanos, y saber que contaba con su ayuda y apoyo para todos los peligros que se les presentaran por delante. Tenía decidido que algún día cumpliría su sueño, sin importarle los obstáculos que le aguardaran por el camino.

El chico vio alejarse a Rex y unirse al baile canino junto a la hoguera. Lo observaba bailar alegremente al ritmo de la música junto a los otros perros, y sonrió feliz al ver a sus amigos divertirse tanto con aquellos animales. En ese momento, se levantó del suelo y antes de que diera un paso, le sorprendió una voz conocida por detrás:
- Así que…lo conseguiste.
El joven se dio la vuelta y la miró, perplejo:
- Erika…
- Me salvaste la vida ahí fuera.
Entonces Eduardo supo a lo que se refería, y exclamó nervioso:
- ¡Ah, eso! ¡Yo…no podía…porque…!
- A pesar de todas las dificultades y peligros, me protegiste y cargaste conmigo todo el camino, soportando mi mal estado. Arriesgaste tu vida por la mía sin importar las consecuencias…nunca antes nadie había hecho eso por mí.
El joven empezaba a ponerse cada vez más nervioso, y su corazón a latir también a más velocidad. Pronunciaba sus palabras temblando:
- ¡No podía…dejarte, porque…simplemente…no podía…yo…!
Ella lo miró con cariño en su rostro y dijo cálidamente:
- Todavía no he podido darte las gracias.
Erika se acercó al chico y le besó dulcemente en la mejilla, el cual se puso colorado. En ese instante sintió una paz y calma que nunca antes había sentido hasta entonces. Todo le parecía tan mágico e irreal que ni él mismo se lo creía. Por un momento pensó que era un sueño, y deseó que no acabara nunca. Esperando despertar en cualquier momento, las palabras que le susurró Erika al oído le demostraron que se equivocaba. Asombrado, le escuchó decir:
- Quiero que sepas que eres mi héroe.
En ese momento la joven se separó de él y le dijo con una sonrisa:
- ¿Bailamos?- le preguntó tras dirigir su mirada al grupo de perros que bailaban danzantes, en medio de la plaza.
La sensación de tranquilidad y la seguridad que le había transmitido la chica con aquel gesto le dieron la energía necesaria al joven para apartar a un lado sus miedos y pensar que podía lograr cualquier cosa:
- ¡Sí!- respondió con una sonrisa cálida y llena de energía.
Ambos corrieron hasta mezclarse entre el numeroso grupo de perros, y comenzaron a bailar alegremente al ritmo de la música mientras reían de felicidad.
Eduardo sabía que tenían que pensar en lo que les había contado Bugen, y recapacitar sobre su importante misión. Pero tras dar algunos torpes pasos de baile, el chico prefirió apartar a un lado esos pensamientos para dejar sitio en su cabeza a la música. En aquellos momentos nada en el mundo le hubiera hecho pensar en otra cosa más que en bailar junto a su amiga de la infancia, y rodeado por los perros más simpáticos y agradables de Limaria.

Todo esto sucedía mientras una siniestra luz en forma de un punto rojo proveniente de muchos kilómetros de distancia brillaba maléficamente en el cielo estrellado de la noche.

miércoles, 9 de mayo de 2012

Avance y fecha del capítulo 14

¡Saludos, espero que esteis todos bien! Más que yo, que ando liado con deberes y trabajos de clase. Por suerte, ya va quedando menos para las vacaciones de verano. ¡Arriba el ánimo!
Como de costumbre, aquí os traigo el avance del próximo capítulo de FF:MP. Su título "El legendario Cañón Cosmo" deduce lo que os imagináis. Sin embargo, todo lugar y contexto esconde su historia. En esta ocasión le toca al aliado canino del grupo. Si queréis conocer la tribu de Kengo y la historia de nuestro perrito Rex, no os perdáis el estreno del capítulo 14 este fin de semana. Como todavía sigo escribiendo el capítulo y aún no está terminado, prefiero no determinar el día exacto, porque puedo equivocarme. Simplemente deciros que esteis pendientes este fin de semana.

sábado, 5 de mayo de 2012

Capítulo 13: Aventuras en el desierto


Capítulo XIII
AVENTURAS EN EL DESIERTO
Tras pasar una noche en la acogedora casa de Melody y Ernesto, por invitación y cortesía de estos, el grupo retomó el viaje siguiendo el largo camino que les quedaba. A la mañana siguiente se despidieron agitando los brazos a ambos lados en el aire de los criadores, mientras se alejaban de la granja de chocobos. Jack no pudo evitar sentir un poco de tristeza al separarse de Vert. A pesar de haber pasado juntos poco tiempo, el mago le había cogido cariño a la pequeña ave. Supo que en aquel lugar estaría a salvo de los peligros del mundo exterior, al menos hasta que creciera y se convirtiera en un chocobo grande y fuerte.

Su próximo objetivo era el Cañón Cosmo, lugar dónde se encontraba la aldea de Kengo y origen natal de Rex. Les quedaba de camino al templo sagrado, de modo que decidieron acompañarle hasta llegar allí.
Esta vez el destino les había llevado al extremo de la pradera, en donde acababa la vegetación y todo rastro de vida. Ante ellos imponente se hallaba el desierto, donde el horizonte no mostraba más que sol y arena. A Eduardo no le pareció un lugar muy agradable para dar un paseo:
- ¿Qué lugar es este?- preguntó el chico, confuso.
- El llamado desierto de Geonyria, la zona más desértica y menos poblada de Limaria…- contestó Rex a su pregunta- existen rumores de personas que se han adentrado en este lugar y no han vuelto. Según dice la gente, este desierto está lleno de trampas mortales y de criaturas extremadamente peligrosas…- luego añadió-…entrar aquí sin un buen equipamiento y experiencia es un suicidio.
Aquellas últimas palabras no animaron a los demás miembros del grupo, cuyos rostros se mostraron intranquilos y no muy convencidos:
- ¿No estarás pensando en cruzar este lugar, verdad?- preguntó Marina.
El can la miró y con una sonrisa dibujada en la cara, dijo:
- Es evidente, ¿no crees?
- ¿Te has vuelto loco?- exclamó Erika- ¡Si entramos ahí nos perderemos, caminaremos en círculos, no saldremos jamás y moriremos de hambre!
- No tiene por qué ser así- respondió el perro- El Cañón Cosmo se encuentra al otro lado de este desierto. Con un poco de suerte llegaremos en una semana.
- ¿Pero conoces el camino hacia el cañón?- preguntó Eduardo.
Rex rió por lo bajo, y tras unos segundos les dijo a los demás:
- La verdad es que no…siempre rodeo el desierto para evitar peligros en su interior…por eso siempre tardo más o menos un mes en ir de un sitio a otro.
El grupo no creyó lo que oía. Pensaban que el perro conocía el camino, pero vieron que se equivocaba. Las dudas asaltaron a todos, que pensativos no sabían qué hacer:
- No creo que debamos entrar ahí así, sin mapa ni brújula que nos dé un rumbo fijo…- opinó Marina- además, antes tenemos que comprobar que tenemos agua y provisiones de sobra para al menos una semana…voto por rodear el desierto y llegar sanos y salvos al Cañón Cosmo.
- Pero un mes es demasiado, no tenemos tanto tiempo- intervino Jack, que luego se agachó para registrar su mochila y dijo- tengo algo de comida, pero sólo para un par de días, ¿y vosotros?
Los demás también registraron sus mochilas, e informaron de lo que llevaban en ellas. Gracias a las provisiones que les habían dado Melody y Ernesto en la granja de chocobos, lograrían aguantar con comida y agua los días siguientes:
- Yo también tengo provisiones, y varias botellas de agua- informó Erika.
- En la mía igual, sólo que no tengo agua- dijo Eduardo.
- Yo tampoco- comentó Marina.
Jack registró la mochila que llevaba el perro a su lomo, también con comida, e hizo los cálculos para verificar si estaban en condiciones de adentrarse en Geonyria:
- Veamos…tenemos bastantes provisiones como para una semana aproximadamente…lo que falla es el agua, pues sólo contamos con tres botellas.
- Nos falta una brújula- añadió Rex.
- ¡Esperad, yo tengo una!- dijo Eduardo, que metió la mano en uno de sus bolsillos y la extrajo a la vista de los demás- siempre suelo llevarla por si alguna vez me pierdo, pero nunca creí que la usaría para cruzar un desierto.
- ¡Perfecto!- exclamó el mago- ¡ya tenemos todos los requisitos para entrar en Geonyria!
- Jack, se te olvida la experiencia…- dijo Marina- creo que ninguno de nosotros ha entrado nunca en ese lugar… no podemos ir como si todo fuera a salir bien, ¿no te parece?
El silencio se apoderó del ambiente. La chica había dado en el clavo con aquella condición, y nadie podía negárselo. La opción de no cruzar la tierra árida tenía todas las de ganar, hasta que Rex volvió a decir:
- En mi opinión, yo creo que podríamos intentarlo…estando todos juntos, con suficientes provisiones, guiados por una buena brújula, y armados para cualquier peligro que se nos presente…no deberíamos tener problemas.
Las palabras del perro convencieron y despejaron las dudas de Jack, Eduardo y Erika, que finalmente asintieron con la cabeza. Creyeron en que la unión podía lograr lo que uno sólo no. La única que no estaba de acuerdo con la idea era Marina, que con el rostro preocupado, los demás la miraron:
- ¿Vienes, Marina?- preguntó Erika.
- Es demasiado peligroso…no creo que sea una buena idea- dijo la maga.
- Vamos, no te pasará nada- intentó convencerla Jack- todos te protegeremos, igual que a los demás. Somos un equipo, ¿recuerdas?
Después de unos segundos de silencio, y al mirar los ojos de sus amigos, sintió una repentina confianza en sí misma al creer que podían lograrlo. Con una sonrisa a medias dijo:
- Está bien…podemos hacerlo.
Todos sonrieron y entonces Jack exclamó diciendo:
- Muy bien, amigos… ¡en marcha!
El grupo se adentró en el desierto con un aparente gran espíritu aventurero. A pesar de sus avivadas esperanzas y alegrías, Marina seguía creyendo que aquello no era una buena idea. Suspiró preocupada al tener una sensación de peligro en ese lugar, y sus intuiciones no le fallaban.

Al principio todo parecía marchar bien. Seguían la brújula que Eduardo siempre llevaba encima y afortunadamente no se habían encontrado con ninguna criatura extraña ni peligrosa. Sin embargo, los primeros indicios de peligro dieron la señal a las pocas horas de alejarse de la pradera, cuando la maga dijo:
- Que sed tengo…este calor me está abrasando…necesito agua…
Erika oyó sus palabras y se detuvo junto a ella. Abrió su mochila y le ofreció amistosamente una botella de agua:
- Toma Marina, puedes beber un poco.
- Gracias, Erika- sonrió la chica.
Antes de que la maga cogiera la botella, Rex se interpuso entre ambas llevándose el recipiente entre los dientes. Sorprendidas las dos, Erika exclamó:
- ¡Eh! ¿Pero qué haces? ¡Sólo iba a beber un poco!
El perro le dirigió la mirada y la reprochó de la misma manera:
- Sí claro, “sólo un poco”…- dijo con sarcasmo- déjate llevar por eso y en tres días ya no tendremos agua. Pasaremos sed y moriremos deshidratados… ¿es eso lo que quieres?
Erika calló avergonzada, sin saber qué decir. Rex tenía razón, y la chica sabía que no lo hacía con mala intención. El can le devolvió la botella a la joven en sus manos y seguidamente le dijo:
- No hago esto por molestar ni nada parecido, entiéndelo…si quieres que todos nosotros sigamos con vida, controla tus acciones…o no vivirás para contarlo.
- Está bien, lo siento…- se disculpó la chica.
- La culpa también es mía- dijo Marina- soy débil y no aguanto nada en estos retos de supervivencia.
- ¡No chicas no digáis eso, ninguna tiene la culpa!- dijo Rex con una sonrisa- a decir verdad, yo también tengo sed…pero aguanto mis ganas de beber agua pensando en todos vosotros…
Los demás lo miraron y oyeron sus palabras. A juzgar por el tono de voz dedujeron que estaba agotado:
- Sé que todos estamos cansados, y yo también lo estoy, no lo dudo…pero debemos ser fuertes y aguantar…apenas llevamos unas cuantas horas caminando y ya parece que no podemos más…todavía no nos toca la hora de beber agua…y tenemos que seguir adelante.
El perro miró a los demás miembros, también sudando y agotados, y dijo:
- Vamos, sigamos.

Pasaban los días. La comida y el agua se agotaban lenta y dolorosamente para los miembros del grupo que, debido a lo poco que comían y bebían, se sentían cada vez más cansados y agotados. Los días se hacían interminables, con un sol abrasador que derretía hasta el alma, mientras durante las noches frías, pasando tanta hambre que dificultaba el sueño, alguien se encargaba por turnos de hacer guardia. Todos deseaban llegar cuanto antes al Cañón Cosmo, que según Rex se encontraba al suroeste, atravesando el desierto de Geonyria. Cada vez lo creían más lejos de alcanzarlo, ya que lo único que veían día tras día era sol y arena.

Un día en el que el grupo seguía andando por un extenso paisaje de arena, Jack percibió un extraño ruido. Por un momento pensó que eran imaginaciones suyas, ya que últimamente todo le daba vueltas en la cabeza. Él y los demás estaban mareados del cansancio debido al hambre y la falta de sueño. Sin embargo, aquella vez era diferente. El sonido que acababa de escuchar era más fuerte. Marina detectó la preocupación de su amigo:
- ¿Qué pasa, Jack?
- Acabo de oír algo…creo que provenía de bajo tierra.
- ¿Qué?
El rostro del mago adquirió un tono pálido y preocupante. Dijo un poco asustado:
- No estoy seguro, pero…tengo un mal presentimiento.
Volvió a oírse el extraño sonido, pero esta vez más fuerte. Parecía el grito de un animal.

La inseguridad desapareció al calmarse de repente la zona, parecía que el susto había pasado. A pesar de callar repentinamente lo que gritaba, todos sabían de alguna forma que corrían peligro, así que desenfundaron sus armas y se pusieron en guardia, en formación defensiva. Mientras los demás miraban en todas las direcciones buscando su enemigo, la llave espada en manos de Eduardo no paraba de temblar. El sudor corría por su frente, y los mareos debido al calor le desequilibraban en ocasiones. Sabía que sus amigos estaban igual que él, y no se encontraban en condiciones plenas para luchar.

Los segundos de tensión fueron interminables y angustiosos para el grupo, que no sabía por dónde atacaría su enemigo. De repente, surgió de la arena una gigantesca tenaza, seguida un poco más lejos de otra igual y una larga cola con un pincho amenazante en la punta. Todos permanecieron horrorizados con la boca abierta mientras observaban cómo un cuerpo escamoso surgía de la arena. El grupo no creyó lo que veía. Un gigantesco escorpión se alzaba frente a ellos, que gritó emitiendo el sonido de antes y no parecía tener buenas intenciones. En ese momento, Jack gritó:
- ¡¡Corred!!

El grupo se dispersó en varias direcciones. El enorme arácnido corrió detrás de Rex, al que alcanzó enseguida e intentó atrapar con sus grandes tenazas. Viéndose atrapado e inútil tratar de huir, el perro lograba esquivar ágilmente los golpes continuos que lanzaba su enemigo sobre la arena. Aún a pesar de su cansancio, hacía un gran esfuerzo moviéndose de un lado a otro. Cuando tuvo la oportunidad invocó la magia hielo, de la que aparecieron cristales helados que fueron impulsados directos a la cara de la criatura.
Por un momento pareció dar resultado. El escorpión gritó y quedó ciego ante su adversario. Rex sonrió astutamente por un instante y luego palideció de nuevo, ya que de repente el arácnido comenzó a moverse rápida y bruscamente a su alrededor. Una de sus grandes tenazas alcanzó al perro, que sin darle tiempo a reaccionar, lo golpeó con fuerza y cayó herido un poco más lejos. Los demás contemplaban el combate, perplejos y preocupados:
- ¡¡Rex!!- gritaron todos.
- ¡No podemos dejarle ahí tirado!- exclamó el chico- ¡tenemos que ayudarle!
Jack pensó rápidamente y se le ocurrió un plan:
- ¡Marina y Erika, id a ver cómo se encuentra Rex! ¡Eduardo y yo trataremos de desviar su atención!
Ambas chicas asintieron con la cabeza, y corrieron a ayudar al perro:
- ¡Démonos prisa, no tenemos mucho tiempo!- dijo Jack señalando a la enorme criatura, que pareció recuperar nuevamente la vista.
Jack y Eduardo corrieron por un lado, Marina y Erika por otro. Al llegar junto a Rex, que estaba inconsciente, el escorpión se lanzó rápidamente hacia ellos con las tenazas abiertas:
- ¡¡Cuidado, ahí viene!!- gritó Erika.
Cerraron los ojos justo cuando la tenaza estuvo a punto de alcanzarlos. Sin embargo, en ese momento una fuerte ráfaga de viento hizo tumbar al arácnido, que volteó y quedó boca arriba en la arena:
- ¡¡Corred, aprovechad ahora!!- gritó Jack un poco más lejos.
Las dos magas asintieron con la cabeza. Aprovechando la breve inmovilización de la criatura, cargaron con Rex y se alejaron de la zona para ponerse a cubierto mientras lo sanaban.
El escorpión no tardó en levantarse nuevamente. Molesto, buscó con la mirada al responsable de su caída. Encontró a Jack y Eduardo un poco más lejos, desafiantes con sus armas. El enemigo corrió hacia ellos enfurecido mientras ambos se ponían en guardia, permaneciendo en su sitio hasta que la criatura llegara hasta ellos.
El escorpión abrió sus tenazas e intentó atraparlos. Eduardo logró esquivar la suya, pero Jack fue atrapado por la otra:
- ¡¡Jack!!- gritó el chico.
Eduardo observaba parado y pálido cómo Jack gritaba de dolor mientras la tenaza del enemigo le rompía todos los huesos. Pensó rápidamente en algo y su mente brilló al ver una única opción. Corrió rápidamente hacia las patas del monstruo y de una poderosa estocada le partió una de sus extremidades por la mitad.
La criatura chilló de dolor y lanzó al mago por los aires, que acabó un poco más lejos. Enfurecido y cojeando de una pata, el monstruo golpeó a Eduardo con una tenaza, que cayó herido sobre la arena.
El chico no tenía fuerzas para moverse ni tampoco podía levantarse. El cansancio de días anteriores le impedía responder a sus brazos y piernas. Palideció al ver al enorme escorpión lanzarse hacía él con sus tenazas abiertas.
Cuando todo parecía perdido, una potente y gran bola de fuego chocó contra el monstruo, que acabó chamuscado mientras chillaba de dolor y desesperación. Tras caer sobre la arena, y ya completamente muerto el arácnido, Eduardo suspiró aliviado. Se giró y descubrió a Erika corriendo hacia él. Se dio cuenta de que estaba cansada y sorprendió al mismo tiempo al saber que fue ella quién le había salvado la vida:
- Gracias, Erika- sonrió él.
- No hay de qué…- sonrió ella también, que de repente cayó de rodillas sobre la arena mientras respiraba entrecortadamente apoyada en su vara mágica.
- ¡Erika! ¿Qué te pasa?
- No, nada… es sólo que he tenido que usar mucha magia para poder lanzar ese ataque mágico…no estoy acostumbrada…- intentó tranquilizarlo la chica-…de momento estoy cansada, pero tranquilo…me recuperaré.
Eduardo respiró tranquilo al saber que no era nada grave. Su rostro cambió de semblante inesperadamente cuando vio tras su amiga la cola amenazante del escorpión apuntando hacia ellos. Todavía su enemigo no estaba del todo muerto:
- ¡¡Cuidado!!- gritó Eduardo.
La punta de la cola de la criatura se lanzó en picado hacia los dos jóvenes, y Eduardo al no poder moverse, estaba completamente a merced del ataque.
Afortunadamente, Erika apareció de nuevo. Se puso delante del chico y apartó la cola con un movimiento rápido de la vara mágica. A pesar de proteger a su amigo, la chica gritó de dolor al sentir cómo la punta de la cola rajaba parte de su pierna derecha. Con decisión, Erika usó toda la magia que le quedaba. Conjuró un hechizo y su arma sagrada liberó una lluvia de rayos que acabó finalmente y de una vez por todas con el monstruo. Aquella vez el escorpión sí que no volvió a levantarse.
La joven sintió un repentino mareo, y se desplomó agotada en la arena. Eduardo, haciendo un esfuerzo, se arrastró hasta llegar a su amiga:
- Lo has…conseguido.
- No…- negó ella-… lo hemos conseguido…juntos.
El chico se fijó en la herida que tenía Erika en su pierna derecha, y palideció al ver una siniestra mancha negra cubriendo la sangre que brotaba de ella:
- Erika…tu pierna…está…- dijo preocupado.
- No es nada…- dijo la chica con una media sonrisa- esto lo arregla la magia cura como nada.
Ambos volvieron la vista a Marina, que terminó de curar a Rex y sanaba a Jack. Esperaron su ayuda cuando de repente les azotó una fuerte ráfaga de viento. Al mirar al horizonte se vislumbró de forma clara una nube de arena que se acercaba rápidamente hacia ellos. Eduardo temió lo peor:
- Eso es…no puede ser…- dijo el chico con el terror reflejado en su rostro.
- Hay que salir de aquí enseguida…- dijo la joven al ver lo que se avecinaba.
Los dos trataron de levantarse, pero no pudieron. Estaban heridos y cansados como para moverse. Miraron a sus tres amigos, ya recuperados, y gritaron sus nombres pidiendo ayuda. Los dos magos y el perro también se dieron cuenta del peligro, y corrieron hacia los jóvenes inmovilizados un poco más lejos:
- ¡¡Erika, Eduardo!!- gritaron los tres mientras corrían para alcanzarlos.
Pero ya era demasiado tarde. La nube de tierra los envolvió y separó a todos antes de reunirse de nuevo. El grupo entero desapareció junto con la tormenta de arena.

Eduardo abrió poco a poco los ojos, seguía tumbado en la arena. Se levantó con esfuerzo apoyando sus manos. Pensó que debían de haber pasado horas desde la tormenta de arena, pues se encontraba mejor, aunque seguía un poco cansado.
Se giró en todas direcciones buscando con la mirada a sus amigos, preocupado:
- ¿Jack? ¿Marina? ¿Rex?
No obtuvo respuesta, tan sólo el soplar del viento en aquel paraje desértico. Pudo afirmar sin lugar a dudas que estaba perdido y sólo. La tormenta de arena debía de haberlo arrastrado muy lejos de sus compañeros.
En ese momento se acordó de Erika, a quién también había arrastrado la tormenta. Volvió a buscar con la mirada, esperando encontrarla. Pensó que no debía de estar muy lejos, ya que al fin y al cabo, iban juntos en la tormenta de arena.
No tardó en encontrar una pista. Sorprendido, vio un brazo inerte que sobresalía de la arena y llevaba puesta una pulsera, que reconoció al instante:
- ¡¡Erika!!
Corrió hacia ella y empezó a desenterrarla rápidamente. Deseó con todas sus fuerzas que todavía siguiera viva. Sonrió aliviado al comprobar que aún tenía pulso y respiraba entrecortadamente:
- ¡Erika, despierta!
Ella abrió poco a poco los ojos y vio el rostro de su amigo:
- Edu… ¿Qué ha…pasado? ¿Dónde…estamos?
- Hemos sido arrastrados por una tormenta de arena, y no hay señales de Jack y los demás- explicó el chico- temo lo peor, pero…creo que estamos perdidos.
Erika tardó un poco en responder. Tosió antes de decir:
- Entonces… ¿Qué vamos a hacer?
- No tenemos más remedio que andar.
Registró su bolsillo y se alegró al comprobar que su brújula aún seguía intacta. Sin embargo, al mirar en el interior de su mochila, palideció al ver que no les quedaba nada de comida. Todos sus alimentos se habían echado a perder, y aparte de eso tan sólo contaban con una pequeña botella de agua de cincuenta centilitros. La mochila de Erika había desaparecido junto con la tormenta, perdiendo gran parte de las provisiones que tenían. En aquella situación, ambos se encontraban prácticamente al límite, y con la poca agua de la que disponían no lograrían sobrevivir más de tres días.
- Edu… ¿qué pasa? ¿Te encuentras bien?- preguntó ella al notar su preocupación.
- No…no es nada…- dijo él intentando fingir las apariencias-…es que hace mucho calor, y me siento un poco mareado.
Sonrió tratando de que la chica no notara sus malos pensamientos. Suspiró al oírle decir:
- Está bien…tendremos que caminar…
Erika intentó levantarse, pero flaqueó de una pierna y cayó de nuevo sobre la arena tras un grito de dolor. El chico la sostuvo con sus brazos:
- Espera, yo te ayudo.
Al ayudarla a ponerse en pie, Eduardo se dio cuenta de su dolor. Observó pálido la pierna derecha de la chica, que tenía una grave herida y sangraba considerablemente. Una siniestra y preocupante mancha negra cubría toda la herida. Fue entonces cuando recordó el momento en que ella lo protegió del ataque del escorpión. La punta de su cola le hizo esa herida, y pensó que probablemente el veneno del arácnido ahora corría por su sangre:
- ¡Oh no!- exclamó él- ¡tu pierna!
- No es…nada…tranquilo…- dijo respirando entrecortadamente- …sigamos…
- ¿¡Pero qué dices!? ¡Así no puedes andar!
La dejó suavemente en la arena y sacó de su bolsillo el pañuelo que antiguamente la había regalado ella en la cabaña de la Tierra. Le rodeó la pierna con él y le hizo un fuerte nudo:
- Esto al menos detendrá la hemorragia.
- Edu…gracias- dijo la chica agradecida.
Él sonrió y la ayudó a ponerse en pie de nuevo. Con un brazo apoyado en su hombro y mientras el chico la sujetaba para no caerse, ambos caminaron lentamente por las dunas de arena siguiendo la brújula rumbo al suroeste. Les quedaba un largo camino por recorrer, y Eduardo deseaba que llegaran al final del desierto sin más problemas, antes de que se les acabara la poca agua que llevaban. No podía dejar de pensar en sus amigos Jack, Marina y Rex, y se preguntaba continuamente qué habría sido de ellos, y de si los estarían buscando en aquellos momentos. Deseaba con todas sus fuerzas que estuvieran vivos y a salvo de las peligrosas criaturas del desierto.

Los dos caminaban la mayor parte del día, con algún que otro descanso debido a la herida de la chica. Se sentían más exhaustos y agotados que cuando iban con el resto del grupo, y Eduardo bebía lo mínimo del agua para dejarle la mayor parte a su amiga, que empeoraba por momentos. Preocupado, se dio cuenta de que comenzaba a subirle la fiebre e incluso a desmayarse en ocasiones.
No conocía el veneno de los escorpiones de Geonyria, pero supo al ver el estado de Erika que, de no conseguir el antídoto o medicina para su cura, la chica no sobreviviría mucho tiempo más. Tampoco le quedaba magia con la que curarse. Tenía miedo de que en cualquier momento su amiga pudiera morir, pero se negaba a creerlo. Sabía que Erika era una persona fuerte, y confiaba en que ella no se dejaría vencer tan fácilmente por una enfermedad. Deseaba que aguantara hasta el final.

Durmiendo una noche, mientras el chico montaba guardia a cualquier peligro, oyó ruidos a su lado. Se dio cuenta de que Erika tenía mucha fiebre y temblaba de frío, por lo que no podía dormir. Tras pensarlo un rato, no lo dudó más. La salud de su amiga era más importante, de modo que se quitó la chaqueta y con ella arropó a la chica. Erika dejó de sentir frío y observó sorprendida la chaqueta que la cubría. Sabía que era de Eduardo, y sonrió feliz.
Se dio la vuelta y, para sorpresa del chico que se puso colorado, ella se acercó más a él buscando su calor. Sintió que Erika estaba pegada a su cuerpo, y tras dudarlo unos segundos, él la correspondió rodeándola con sus brazos. Aquella fue la primera noche que durmieron juntos, y que el chico nunca creyó que ocurriría.

Ya habían pasado tres días desde que estaban solos en Geonyria, y ambos seguían caminando por el desierto. Se encontraban cansados, sedientos y con infinitas ganas de encontrar un oasis. Ya habían terminado de beber hasta la última gota de agua que les quedaba, y ya sólo contaban con la esperanza de llegar al extremo suroeste de la tierra desértica. Todos estos pensamientos nublaban la vista de Eduardo, que caminaba tambaleándose.
De repente su amiga perdió las fuerzas que le quedaban, y se desplomó sobre la arena.
- ¡Erika!
El chico se agachó junto a ella:
- Edu…no puedo más…me siento…cansada…me duele…la herida…
El joven observó de nuevo la herida y su rostro cambió de expresión a palidez. La sangre seca rodeaba una herida negra que se extendía por la pierna. Supo que el veneno se estaba extendiendo por todo el cuerpo de la chica:
- Edu…déjame aquí…continúa…sin mí…sálvate tú…
- ¡Ni hablar!- negó él- ¡no voy a dejarte aquí!
El chico la levantó y cargó con ella a su espalda:
- Si hace falta, te llevaré a cuestas todo el camino. Te prometo que encontraremos ayuda y saldremos de esta…juntos.
A Erika le salieron lágrimas de los ojos. Apoyó con esfuerzo su cabeza en los hombros de su amigo y cerró los ojos mientras decía:
- Edu…gracias.
El chico reemprendió el camino cargando con Erika a la espalda. Fue mucho más duro que ir andando sólo, ya que soportaba un mayor peso, y ando a paso lento por las dunas de arena siguiendo el rumbo. En el estado en que se encontraba, ya no distinguía bien los marcadores de la brújula y se le nublaba la vista. Sus extremidades apenas le respondían y tenía la garganta seca de las muchas horas que llevaba sin beber agua. Sabía que ni él mismo aguantaría otro día más en Geonyria.

Después de lo que le parecieron horas caminando, oyó un extraño ruido seguido de un temblor de tierra. Al oír ese sonido tuvo un mal presentimiento, ya que reconoció que lo había oído antes. Deseó que no fuera lo que estaba pensando, pero tras ver lo que surgió ante ellos de la arena, palideció por completo diciendo:
- ¡Oh no…lo que faltaba!- dijo Eduardo.
Otro enorme escorpión igual al que se había enfrentado con sus amigos días atrás se alzaba ante ellos amenazante, con sus tenazas abiertas y su cola en alto dispuesto a atacar. El chico no estaba en condiciones de luchar, y supo que no sobrevivirían a otra batalla con una criatura de ese tamaño.
Sin darles tiempo a reaccionar, el monstruo golpeó a Eduardo con una tenaza, que rodó herido junto a Erika por una duna. Acabaron en el fondo de la una ladera de arena. Él chico ya no tenía fuerzas para levantarse ni defenderse. Con esfuerzo se arrastró junto a ella, que no respondía y permanecía inerte con los ojos cerrados, y le dijo:
- Erika, perdóname…por no…cumplir la promesa.
El escorpión corría hacia ellos mientras abría las tenazas. Parecía que aquello era el fin para ambos. Eduardo, en un último esfuerzo y con las pocas fuerzas que le quedaban, puso su mano sobre la de ella y cerró los ojos, esperando su muerte.
Lo último que vio fue al monstruo chillando de dolor y envuelto en llamas, cayendo sobre la arena.

miércoles, 2 de mayo de 2012

Pronto estreno del capítulo 13

Y aquí estamos una vez más, dispuestos a seguir adelante con esta historia. Últimamente ando algo liado haciendo deberes, trabajos y demás obligaciones que no puedo faltar de cumplir. Si a eso además le añadimos las dos horas de estudio diarias, me quedo con poco tiempo para mis aficiones libres. Se va acercando el final del curso, y eso significa más estrés con los últimos exámenes. Lo que me consuela saber es que ya falta poco para la libertad, esas ansiadas vacaciones de verano que tanto esperamos desde septiembre.
Pero tranquilos, que a pesar de todo intento seguir escribiendo lo que pueda en los ratos libres que me quedan por la tarde noche de lunes a viernes. Muchas veces me sorprende ya que ni siquiera yo mismo sé cómo lo consigo, que al final logro tener un capítulo listo todas las semanas (la regla sigue vigente, y espero que continúe siempre así). Seguramente será porque me mato a escribir los viernes y sábados, los días en que adelanto las publicaciones a paso de gigante.
El próximo capítulo llevará por título "Aventuras en el desierto", y en él nuestros héroes se adentran en un nuevo territorio lleno de trampas y peligros mortales. ¿Saldrán vivos de este nuevo desafío? Espero tener la respuesta lista este fin de semana, posiblemente para el domingo. Y ¿quién sabe? alomejor puede ser el sábado. Todo depende de cómo vaya a lo largo de la semana.
De nuevo agradezco vuestras visitas cada día, porque sé que hay alguien que le interesa este fanfic, y eso me anima a seguir adelante con este proyecto. Para acabar, a todos los que están hartos de estudiar durante horas y horas... ¡un último esfuerzo, que ya falta poco! ¡Ánimo!